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El desconcierto y la desorientación
Pelayo López
Desconcierto y desorientación son, quizás, las dos palabras que mejor representarían varias de las distintas circunstancias que se han producido en los últimos días, y que, al mismo tiempo, presentan coincidencias, sobre todo, en lo que a decepciones se refiere. Hace menos de una semana, el jurado del Premio Príncipe de Asturias designaba como merecedora del galardón en la categoría deportiva a nuestra selección de baloncesto, reciente vencedora del título de Campeona del Mundo. Pocas horas después, como triunfo y derrota son resultados tan cercanos como distantes, nuestro combinado de fútbol volvía a clavar la cruz deportiva, esta vez en tierras norirlandesas y de nuevo ofreciendo un bochornoso espectáculo.
Y fíjense ustedes que a un servidor ambas noticias me han dejado el mismo sabor de boca, amargo para más INRI. No me entiendan mal. Por supuesto que mi más sentido reconocimiento hacia estos jugadores de altura. Me refiero más al propio crédito de estos premios, considerados como los Premio Nobel españoles, y que, en los últimos años, están malgastando una reputación conquistada meritoriamente en su larga y consolidada trayectoria sucumbiendo a la celeridad propia del mercantilismo mediático imperante. Otros parecen no sucumbir a cuestiones más honrosas como la dignidad. Claro que si uno no lo hace, sería necesario que, en pro de la responsabilidad colectiva, aquellos que se encuentran en los escalafones superiores tomasen el toro por los cuernos. Sin embargo, la incompetencia del arrogante y la arrogancia del incompetente se dan de bruces sobre manera y sin maniobra evasiva que valga.
Lo patético de todo esto es que nada en absoluto resulta fuera de la normal. Nos hemos acostumbrado a hacer caso omiso, incluso de las leyes –basta con echarle un vistazo a las posturas encontradas entre comunidades autónomas y gobierno central sobre plazos, moratorias y sanciones respecto a la “Ley Antitabaco”-, y a tratar de ser todos distintos sin conseguirlo. La personalización del individuo –por ejemplo, nuestro país tiene el mérito honroso o el demérito enajenante de ocupar el primer puesto mundial en el ranking de descargas para móviles- nos ha conducido inexorablemente a la sociedad más “comunizada” posible. En el colmo del equilibrio más desmesurado, sin ir más lejos, aquí en Cantabria, aquellos que en su día edificaron fuera de las normas vuelven ahora a pujar en concurso público por el derribo de su obra. Simplemente, uno se queda sin palabras. La credulidad del agnóstico vive feliz en su reducto acotado por el desconcierto y la desorientación.
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