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Etiquetas:   Disyuntiva   -   Sección:   Opinión

Gregarios y huidizos

Cuando queremos decir algo, es frecuente que estemos diciendo lo contrario con toda desfachatez
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 18 de octubre de 2013, 07:21 h (CET)
“La vida es otra cosa, sucios señores míos,/ más clara, menos turbia de folios y oficinas,/…legajos y mamotretos…/…menudencias y ruindades…”. Miguel Hernández, en “Los hombres viejos”.

El insigne poeta acierta con sus versos. ¡Tiene que ser otra cosa la vida! Evitemos la costumbre de tolerar cuantas insidias nos acechen. Y como no cesan los acosos vestidos de los más vistosos ropajes; de hombres avejentados, habituados a los desvaríos, hemos de reaccionar con nuevos impulsos particulares. No confiemos, a la espera de las mejoras promovidas por las estructuras opresoras o por las gentes aprovechadas de ellas. El poeta puso el indicador en una de las heridas lacerantes.

El lamento es de una justificación evidente. Quién no lo siente, aún sin abrir los ojos. Tal quejido, podremos efectuarlo de manera tosca o con bellos versos. Sin embargo, la PRÁCTICA entraña diferencias, es escurridiza y difícil. En aquellas vicisitudes trágicas, el mismo autor de los versos precedentes, no esboza una sola crítica dirigida a los desmanes de sus correligionarios, con la consiguiente cojera de sus acertados lamentos. Asume los criterios de unos “socialismos” dictatoriales, bien alejados de la concordia y el respeto a las personas. Es el trecho por el que su práctica escapa del significado de las palabras.

Nos evadimos hasta del sentido de las palabras. Cuando queremos decir algo, es frecuente que estemos diciendo lo contrario con toda desfachatez, y eso contribuye poco a entendernos. Nos dicen de alguien que detenta el poder en el municipio, la dirección del ente o la representación de tal institución; probablemente por que las neuronas del hablante aún no hayan captado que DETENTAR significa retener lo que no es propio u ostentar el cargo ilegítimamente. En verdad, estaríamos insultando a los aludidos, si ellos fueran gente de bien y accedieran a los puestos por méritos contrastados y buenas artes.

A pesar de lo dicho, no perdería actualidad el uso del mencionado vocablo, dada la abundancia de DETENTADORES, que huyen como nadie de las buenas maneras en la convivencia. Pienso en ellos cuando observo los flujos dinerarios administrados por Urdangarín y la Infanta, en los fastos familiares, mansiones, viajes y prebendas. Cómo catalogaríamos sino a Bárcenas, algunos sindicalistas andaluces o a los numerosos banqueros draculianos. ¿Funcionan acaso con lo suyo? Es curioso que al citar como detentadores a ciertos elementos, queriendo o sin querer, con el equívoco a cuestas, acabamos diciendo la verdad y les adjudicamos el calificativo adecuado. Pero, mucho ojo con lo que detentemos.

Desde la tierra, cada planta tiene su aire; desde la tierra, cada ser humano dispone de su ámbito. Dentro de lo natural, arraiga el amor a esa tierra natal, a la lengua materna y a esos circuitos primeros. Este es un sentido patrimonio de cada persona, pero con pocas palabras eficaces para expresarlo; de tan extenso, de perfiles tan íntimos, cuesta el hallazgo de elocuencias suficientes. La esencia de ese amor exige el RESPETO a esas querencias sentidas por los demás, cada uno con la suya. Este sí que es un fundamento básico de quienes aquí vivimos, aunque, por frágil, es un fundamente delicado.

La citada fragilidad la percibimos muy pronto. Agarrados a la memoria, coleccionamos datos en una tarea de apropiación, que comienza por dar valor absoluto a lo propio, con miradas benevolentes para las desgraciadas actuaciones de nuestros afines. La Historia es mejor cuando no la entendemos como esencia, sino como una historia más. La traición a los primeros sentimientos discurre de manera diabólica (C.S. Lewis), cuando esa memoria falseada por su parcialidad, pasa a ser esgrimida por algún desventurado personaje o grupo. Llegan, en su huída hacia delante, a la creación de PATRIAS saturadas de gregarios, en las que ya ni se mencionan los primeros hálitos, a no ser que estén adaptados a los nuevos dictámenes masificados.
 
También incurren en evasiones similares los agentes de otras áreas vitales. A mí me parece escandaloso el hecho ampliamente difundido días atrás por los medios informativos; me refiero al CAMBIO de SEXO practicado a un niño de 6 años. Las implicaciones de semejante decisión la distancian de cuantos conceptos y sentimientos constituyen la vida humana. La posición de quienes pergeñaron la intervención, queda en entredicho; evidencia protagonismos extralimitados. En cuanto al niño, serán los especialistas de diversos campos quienes delimiten las repercusiones, que incluso en los adultos son difíciles de precisar. Planean enormes responsabilidades después de tales procederes.
 
Si lo prefieren, traslademos la idea a los ambientes con precisión de consolidar la paz. Con la idea directriz de quitar razones y fuerza a los violentos. Allí no tendrían cabida las amenazas de terroristas ni las de quienes apoyaron de algún modo barbaries semejantes, tampoco de extorsionadores ni torturadores, ni de chantajistas ni de los beneficiados por los desmanes. Pues bien, admitiremos algún fallo en los esquemas, cuando esos diferentes grupúsculos son los detentadores de la orientación PACIFICADORA subvencionada con dinero público. Ocurre con Bildu y adláteres, también en otros lugares del planeta, sobre todo con mucha contumacia consentidora y escaso pluralismo. El seguidismo en estos asuntos es tendencioso.
 
Es frecuente la confusión de la vida buena por la buena vida de algunos, plena de extralimitaciones y lograda a costa de mucha gente. La calidad y mejores cualidades de la existencia humana son patentes a poco que uno quiera observarlas. No obstante, hay una DESBANDADA general. Nadie parece dispuesto a la consideración de las cualidades mencionadas. Cada abandono recurre a las mil trochas disponibles, sin reparar en escrúpulos. La codicia y el orgullo son estrellas relucientes de tal desaire; bien acompañadas de astros potentes, como la estupidez y el colaboracionismo. ¡Qué protagonistas, qué cómplices! Gran parte del futuro está diseñado por estas mayorías y los malos augurios acechan.
 
No vayamoa a caer en otro fallo gramatical muy difundido, cuando pensemos en lo irreversible del fenómeno anterior. HASTA QUE NO cesen aquellas conductas impropias. No tienen trazas de un cese próximo y si “no” cesan, mal empleada estará la locución “hasta que no”. El NO, sobra cuando explicamos al interlocutor. Hasta que me devuelvas, hasta que ceses en tus ímpetus, no resolveremos la disputa. Las palabras mejoran en su sitio.
 
Los entuertos no cesarán nunca, forman parte del inquietante patrimonio humano; lo cual no es óbice para atenuarlo con aportaciones inteligentes. Será una tarea ingente, basada en la BENEVOLENCIA en las aplicaciones para una vida en común. Sin embargo, mucho me temo, tratamos de dos términos expuestos a su desaparición en los diccionarios del futuro. Benevolencia y común, disminuyen su presencia y su significado a gran velocidad.
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