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Cuestiones nacionales de futuro

Pascual Falces
Pascual Falces
lunes, 11 de septiembre de 2006, 21:54 h (CET)
España, como todos los seres vivos, individualmente o en colectividad, animales o vegetales, e invertebrados, vive en su presente, que, a cada instante se hace pasado, y, con ello, abre su futuro. El momento reinante, la “actualidad”, es con gran diferencia el principal motivo de casi todo lo que se habla o escribe en lo que se llaman “medios de comunicación”. Cualquier columna, o espacio, de “opinión”, está repleta, intentando la mayor corrección, de personales puntos de vista; son tantos, que se funden en un auténtico guirigay, y, dicho sea de paso, este columnista pide disculpas por su participación en ello. Pero, ¿qué se va a hacer?... entre todos, con nuestro pasado, nuestro presente, y los propósitos de futuro, se ha conformado el momento actual. Negarlo es estar fuera de este mundo.

De tal modo, con la fugacidad de cada instante transformado en pasado, se configura el porvenir de España. Un par de acontecimientos recientes contribuirán a ese perfil futuro del contenido español, porque, el territorio está configurado por la geografía: una península al sur de Europa compartida con portugueses y gibraltareños. Limitada al norte por los Pirineos –donde, según una famosa “gracieta” de W. Churchill comenzaba Africa-, y con una punta el sur, Tarifa, desde la que se distingue claramente, sin brumas, la costa marroquí según la vio el pequeño de Epifanio del Cristo Martínez en su largo y cálido verano.
La Guardia Civil, que ya no es lo que era, como se viene constatando desde hace tiempo, ha sido unificada con la Policía Nacional. ¿Se imaginan un paisaje español sin Guardia Civiles? Ya, aquello de: “Señores Guardia civiles, aquí pasó lo de siempre, murieron cuatro romanos y cinco cartagineses”, pertenece a la historiografía ibérica. Los tiempos en que resultaba tranquilizador para la gente de orden, la figura en lontananza de una pareja con capa, mosquetón y tricornio, se van. El futuro no sólo tendrá un nuevo contenido étnico, con otras razas incorporadas al fenotipo hispánico, sino que se habrá de configurar con una eficaz policía despolitizada, ¡ojalá¡ Los “civiles” dejarán de ser la pesadilla de maleantes. La sufrida “guardiacivl”, la que vestía “en invierno de paño, y en verano de dril”, será memoria histórica como el toro de Osborne en Cataluña, tan lúcidamente sustituido por el burro catalán. ¿Pasa algo?

El otro acontecimiento resulta más sordo, pero también, de singular calado. No ha sido anunciado, pero, sinuosa o rotundamente, se ha introducido en el diario acontecer. El idioma castellano, el “español”, va siendo barrido. Lugares como Cataluña, o el país vasco, no lo disimulan. En Galicia, con su melopea nacionalista, hasta las lápidas de los cementerios se pide sean redactadas en algo que no suene a español. Y, además, lo que resulta más ladino, se multiplican los concursos literarios donde en sus bases, los aspirantes pueden presentar las obras, en gallego, en vasco, en catalán, valenciano, mallorquín, o español. Al incierto panorama de recibir el galardón, generalmente adjudicado de antemano, todo concursante experimenta la sensación de que cualquier forma de expresarse, menos en castellano, tendrá prioridad. Lope, Calderón, Quevedo, o Cervantes, por no citar la más reciente generación del 98, verían sus obras pospuestas, ante el acertado manuscrito presentado por un considerado autor local en su modo de expresión materno. El futuro del idioma español, está en ¡Méjico!...

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