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Etiquetas:   Copo   -   Sección:   Opinión

Tras la muerte de Concha

José García Pérez
jueves, 17 de octubre de 2013, 08:07 h (CET)
En algo estaban todos, izquierdas y derechas, de acuerdo: en que Concha García Campoy era una mujer atractiva, risueña y que llevaba primorosamente la tertulia de no sé qué programa de una cadena de televisión, creo que era “la Cuatro”, hasta en su buen hacer con el tertuliano Arturo, el hombre del pelo blanco y que mariposeaba en la izquierda, lo introducía en una tela de araña que muy pocas, llamemos locutoras, podían realizar con eficacia.

            Un servidor era un asiduo a su programa porque a él, en uso de una auténtica pluralidad, introducía tertulianos de la siniestra y la diestra, entre los últimos al mismísimo Wert.

            Pero ya en los recalcitrantes cenáculos de la política era, la querida Concha, criticada por el ala derechona de la siempre España que atisba, ante el pluralismo, una incitación a salir del pensamiento único, una auténtica pena.

            Mas de pronto, cuando nadie se lo esperaba, Concha que era un guayabo que a todos agradaba, vio truncada su intrépida carrera como locutora por una malsana locura de enfermedad que, aunque  retirándola del plató, supo hacerle frente de frente -perdonen la redundancia- y luchó contra ella como una verdadera jabata, al modo con el que hacía del pluralismo político que concitaba una auténtica orquesta que ella llevaba con la batuta de la simpatía, serenidad y buen hacer.

            Al final, la leucemia maldita pudo con ella, y aunque hasta el último momento intentó trasladar a sus seguidores y detractores horizontes de esperanza, un día se nos fue.

            Ahora,, como ocurre casi siempre, el ministerio de Educación y Cultura le ha otorgado a título póstumo el Premio Nacional de Televisión, bien hecho, por cierto, aunque algo tarde, bastante tarde, pues no será ella la que vacíe su alegría entre nosotros, sino la empresa para la que trabajaba.

            No sé, pero tal vez llegue un día en que a los profesionales de cabo a rabo, sean de aquí o de allí, se le reconozcan sus méritos en vida para que puedan disfrutarlo de verdad.

            Bienvenido sea el reconocimiento a Concha García Campoy, pero hay que estar ojo avizor para que hubiese sido otorgado cuando nos embelesaba con su enigmática sonrisa.
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