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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

La libertad de expresión de Pepe Rubianes

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
domingo, 10 de septiembre de 2006, 19:41 h (CET)
No estoy seguro de que existan las libertades; de lo que estoy seguro es de que existe o al menos tiene que existir la Libertad. Sin Libertad no hay libertades. En la Libertad están todas las libertades, así como en el Derecho están contenidos los derechos. Las libertades consideradas una por una no existen si no existe un Régimen de Libertad que las ampara a todas y las acoge.

Dicen que va a nacer un partido de Centro. Sólo puede existir un partido de Centro si existen Derecha e Izquierda. Las libertades existen porque se compensan entre todas, se limitan y contrapesan entre todas, se engrandecen entre todas y entre todas se apoyan. Cada libertad y cada derecho existen porque existen la Libertad y el Derecho.

No existe la libertad religiosa sin más; no existe la libertad de manifestación, sin más. No existiría la libertad de pensamiento si no existiera la libertad de ejecutar aquello que se piensa. O existen todas las libertades y todos los derechos o no hay Libertad ni Derechos.

No existiría la libertad de expresión si cada uno fuésemos diciendo todo aquello que pasa por la mente, incluidas especialmente las más calenturientas, sin ninguna cortapisa, sin las limitaciones que las libertades de los demás suponen, sin el contrapeso de los derechos de los demás.

“Cagarse en los muertos” de un mal vecino, por ejemplo, no puede ser puesto como ejemplo de libertad de expresión. Que siete chavalas se paseen desnudas por una playa, se toqueteen y se besen y escandalicen no puede ser contemplado como libertad en aquella playa, puesto que existen unos cuantos cientos de bañistas que se sienten ofendidos y tienen su derecho a bañarse sin sentirse incordiados.

Nadie se atrevería a calificar como derecho de expresión a quien quisiera “cagarse en la puta Andalucía”, en el padre de todos los extremeños o en la madre de todos los habitantes de Torredonmarcelino, pueblo del que tengo la esperanza de que no exista. En caso contrario los afectados podrían sentirse justamente ofendidos, indignados y tendrían todo el derecho del mundo a entablar las acciones judiciales que un Estado democrático pone a su alcance. Y aunque he tratado de evitarlo no puedo resistirme a caer en la fácil y demagógica tentación de preguntar qué pasaría si yo saliese en un programa de tele cagándome en la puta Cataluña o la puta Euskalherría, barbaridad que no estoy dispuesto a cometer porque ambas autonomías merecen mi máxima consideración, como por otra parte es lógico e inevitable, y porque por nada del mundo quiero yo parecerme al tal Rubianes ese.

Pero los cefalópodos que quieren defender a tan genial artista aludiendo a su libertad de expresión no tienen ni pies ni cabeza. Rubianes tiene mil maneras de decir lo poco que le gusta España, alguna España o algún modo de ser de España, como después ha querido puntualizar. Se lo estamos oyendo todos los días a más de un energúmeno metido a político de campanario y nadie se escandaliza.

Si eso es libertad de expresión yo también podría ir al pueblo de enfrente a decirle que son unos hijos de puta por no haber nacido en mi honorable ciudad, a los inmigrantes podría decirles que son todos unos chorizos que vienen a robarnos y hasta me atrevería a decir que los negros son inferiores a los blancos. ¿Si yo pensara tamaña serie de disparates (¿Necesito aclarar que no las pienso ni por lo más remoto?) y en mi defensa aludiera a mi libertad de expresión, qué pensarían semejantes cefalópodos sin pies ni cabeza?

Hay cosas que no se pueden defender y además son indefendibles.

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