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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¿Todos los poetas están muertos?

Mariano Estrada (Alicante)
Redacción
sábado, 9 de septiembre de 2006, 19:29 h (CET)
Yo no sé si, a estas alturas del bienestar, todos los poetas están muertos o hay algunos que sólo están semimuertos, “casienterrados” , meditabundos o agonizantes. Algún matado habrá también, supongo, que de todo tiene que haber en la partida, esa que tienen los borrachos en el cementerio. E incluso puede haber algún que otro vivo y coleante, escapado de los vericuetos posmodernistas y sembrando las semillas de la posteridad. ¿Qué “ismo” venturoso va a depararnos el futuro?

Y quizás tampoco sea yo el más indicado para pronunciarme sobre este asunto, porque, bien o mal, de algún modo estoy implicado en el mismo, aunque sólo sea por nadar sin protección en aguas ocupadas por tiburones. Es decir, amén de no ser nadie, a lo mejor no soy siquiera lo suficientemente objetivo. Sin embargo, me propongo expresar lo primero que se me vaya ocurriendo, sin orden, sin concierto, sin trabas, sin censuras... Y, si me caigo de la moto, seguro que hasta sin dientes.

Sea como sea, lo que sí puedo decir es que entre la poesía y la sociedad del bienestar hay una distancia muy grande, muy grande, quizás una grieta descomunal, casi diría que un abismo. Es cierto que la sociedad del bienestar es como una muñeca rusa: hay una sociedad dentro de otra, y otra dentro de ésa y una tercera dentro de esta última… Así, de modo casi eleático, hasta llegar a un determinado número de personas a las que la poesía no les es extraña. “Aquí, la poesía” “Aquí, un amigo” Últimamente, no obstante, todas esas muñecas se van pareciendo demasiado entre sí ¿Globalización? ¿Mundialización? ¿Pensamiento único? Quizás haya sido siempre de este modo y, con las lógicas variaciones, también vaya a serlo en el futuro. Al menos hasta que la muerte nos separe. O hasta que se nos vaya simplemente la bola y nos enamoremos de un crótalo, de una lombriz o de la caca de una vaca. ¿Por qué vamos a enamorarnos siempre de un bonito del norte y encima con los ojos azules? También podemos ir a peor, como parece.

Poetas hay, desde luego. Lo que pasa es que no sé si son buenos o malos. Me refiero a que hay poetas vivos, de los que aún comen y mean y defecan. Hay muchos. Acaso más que nunca. Pero siguen olvidados, como siempre, porque la poesía también sigue olvidada. Ni siquiera sé si los poetas reconocidos son los mejores. Seguramente sí. O no, o no sabe / no contesta. Hay poetas reconocidos que han quedado anclados en las melazas de algún remoto ismo, tal vez porque se han pasado a la novela con todos sus bártulos ¿Infieles? No, pragmáticos. Y a lo mejor hay otros muy buenos, de los que nunca sabremos nada, porque se lo llevarán todo a la tumba: los cuadernos, la ilusión, los intestinos, la memoria. ¡Qué pena! Sí, qué pena, tener hambre y no tener cena. A veces, el reconocimiento oficial no le sienta bien a la poesía. Y ésta se pone mala y gritona: “¿pero es que no hay nada mejor que estas cursiladas que os atrevéis a escribir en mi nombre, o estas naderías o estas pretensiones y soberbias con las que me atormentáis constantemente e incluso me ponéis en ridículo?” Finalmente, y a pesar de los pesares, yo sí creo que hay algunos poetas buenos: reconocidos, vivos y buenos. Otra cosa es que, al estar tan distantes de la sociedad, haya niños que los han revestido ya con el halo perenne de la muerte. Claro que también hay niños que preguntan por el árbol que produce los huevos… ¿De quién es la culpa? De los niños, no, supongo.

Complicado, ¿verdad? Porque… ¿qué es la poesía, si superamos aquel romanticismo declarativo de que poesía eres tú? Yo creo en la poesía perceptible, esa que está ahí, esperándonos, como lo ha estado siempre. En los árboles, en el mar, en las mariposas, en los ojos de los que aman, en los sentimientos de los que admiran. De vez en cuando hay alguien que nos la pone delante de las narices y nos la hace ver. Y a ese alguien le llamamos poeta. Pero todo eso, como digo, está ahí, en el mundo que nos envuelve, para que la gente lo mire, lo vea, lo descubra, lo escriba, lo comunique, lo interiorice, lo sienta. Y poeta, también, es todo aquel que es capaz de mirarlo, de verlo, de interiorizarlo, de sentirlo. Aunque no lo sepa escribir.

Pues claro que hay poetas vivos. Muchos. Cada vez menos. Porque, la verdad, tal como andan las cosas, se diría que la sensibilidad se ha convertido en sensiblería y papanatismo y el sentimiento en un flash que sólo se activa con las historias del corazón que cuentan en la tele. ¿No veis como lloran algunos porque un tronco y un pendón se han puesto mutuamente los cuernos? ¿No veis ese mar de lágrimas provocado por la gresca entre un macarra y un friqui?

Un último apunte: que nadie tome en serio este escrito, y, por descontado, que nadie quiera encontrarle una lógica. Son cosas dichas a vuela pluma y sin pensarlas dos veces, que es lo mínimo que hay que hacer cuando se quiere hablar seriamente. “Papá, ¿Cuál es el árbol de los huevos?” “El pene, hijo, el pene. Que es el miembro masculino de la pena. Y el jugador más valioso”.

Lo malo es que, de estas cosas, se me hace muy cuesta arriba hablar seriamente. Porque es que, la verdad, me entra mucho la risa.

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