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Los católicos españoles

La minoría que se declara no-creyente o atea es la que está imponiendo su forma de pensar en nuestra sociedad
Francisco Rodríguez
viernes, 11 de octubre de 2013, 08:20 h (CET)
Según los barómetros mensuales del CIS los españoles se definían, en materia religiosa, como católicos el 78 % en el año 2005 y en septiembre de 2013 ha descendido al 72.4 %. Los que se definían como no-creyentes han pasado del 12.3 % al 15.2 % y los que se confesaban ateos han pasado del 6.2 % al 8.6 % en el mismo periodo.

Desde un punto de vista superficial podíamos decir que los católicos siguen siendo mayoría, pero si atendemos al dato que también nos ofrece el CIS respecto a la práctica religiosa de los mismos, la asistencia semanal a misa vemos que ha ido descendiendo desde el 18 % en 2005 al 13.3 % actual, y los que declaraban que no iban casi nunca a misa, han crecido del 50,8 % al 58.7 % en el mismo periodo.

Si se considera que la asistencia a la Eucaristía de cada domingo sería la práctica religiosa mínima que podía esperarse, resulta bastante desolador el panorama que se deduce de estos datos. Sin duda los que se definen católicos estarán bautizados, serán devotos de alguna advocación mariana e incluso miembros de alguna cofradía, pero lo que se percibe es el alejamiento de la iglesia y sus sacramentos por falta de una fe asumida, formada y vivida.

La minoría que se declara no-creyente o atea es la que está imponiendo su forma de pensar en nuestra sociedad. La fe religiosa se señala como algo del pasado, anacrónico, incompatible con la cultura moderna y democrática. Se le tolera siempre que se trate de algo privado, pero se rechaza que se reclame para sus valores una vigencia universal y permanente.

Desde el relativismo imperante ser o no religioso es lo mismo. La incredulidad es hoy como el sustrato común sobre el que se construye una sociedad cuyos valores se deciden en el juego político, en la influencia de los medios de comunicación, en las redes sociales, en la idolatría científica.

Dios resulta innecesario para la mayoría. Somos nosotros mismos los que nos dotamos de leyes y mandamientos, esperamos más en los avances científicos que en la ayuda de Dios, muchos que fueron educados cristianamente abandonan la fe con la sensación de sentirse liberados de preceptos y obligaciones. Siempre con la pretensión de una absoluta autonomía, vamos contra la fe y la religiosidad.

Pero nuestra sociedad va mal, nos quejamos del egoísmo, de la corrupción, de la política de este o aquel signo o de ambos. El sistema democrático, en el que tanto se confiaba, no parece capaz de generar más justicia, más equidad, más bienestar para los ciudadanos. La familia es cada vez más frágil, la población más envejecida, la natalidad no es capaz de conseguir la tasa de reposición. Hay hasta quien se atreve a decir que el aborto es sagrado.

Si realmente las tres cuartas partes de la población fuéramos cristianos, si tuviéramos fe como un grano de mostaza, si amáramos al prójimo como a nosotros mismos, no hay duda de que esto podría ir cambiando.

Pero aunque sólo seamos el 13 % que vamos a misa cada domingo, si nos lo tomáramos en serio y anunciáramos, sin miedo, el mensaje de Jesús también sería posible el milagro. Nueva evangelización, año de la fe, por favor, que no sean palabras que se lleva el viento.

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