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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Corrupción en Miami': puñalada al mito

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
jueves, 2 de noviembre de 2006, 06:50 h (CET)
Cualquiera que haya vivido esa época tan estrambótica que fueron los ochenta, recordara con añoranza la serie de televisión Corrupción en Miami, y ante la sola mención de su título, como si de uno de esos test psiquiátricos se tratara, le vendrían a la cabeza los siguientes elementos: coches descapotables, flamencos, puestas de sol de tonalidades rosadas, hombreras, ritmos discotequeros de cuestionable gusto, lanchas motoras, clubs nocturnos, palmeras, y un cocodrilo. En una palabra: horteradas.

Pues bien, veinte años más tarde, uno de sus productores y guionistas, el director Michael Mann, que durante todo este tiempo se ha convertido en uno de los mejores realizadores contemporáneos con joyas como Heat, El Dilema y Collateral, reniega de sus orígenes y, con la excusa de reactualizar el espíritu de la serie, lo tirotea a bocajarro y sin compasión, hasta tal punto que de todos los elementos antes mencionados no sobrevive casi ninguno, y los que lo hacen, sólo se asoman a la pantalla de manera residual.

Esto es debido a que, en una decisión muy difícil de comprender, Mann ha decidido ambientar la acción no en el entorno casposo y colorista que convirtió a la serie en un objeto de culto catódico, sino en el Miami de hoy en día, más gris, anodino y seriote, como si la ciudad se hubiera hecho mayor (y lo de Miami es un decir, porque el grueso de la acción transcurre fuera de Florida). Tan sólo el peinado agitanado de Sonny Crockett (un corte de pelo que en alemania se conoce como “vokuhila”, acrónimo de “vorder kurtz, hinter lang”, o sea, “corto por delante, largo por detrás”), mantiene el tipo frente a la modernidad.

Nada de esto significa que a Michael Mann se le haya olvidado como filmar o haya entrado en el ocaso de su carrera, porque ahí sigue su incuestionable talento visual impregnando cada plano de película con esas texturas frías y metalizadas, esa cámara al hombro inquieta pero certera, ese pulso casi quirúrgico para rodar la noche de las grandes ciudades, y ese olfato natural para la puesta en escena de las secuencias de acción; sino más bien, que el realizador canadiense hubiera preferido rodar algo en la línea de Heat que un homenaje cinematográfico a la serie Corrupción En Miami. Y he ahí el principal defecto de la película, que precisamente por ello, no contentará a los fans de ninguno de los dos productos. Los unos, tal vez molestos porque Mann malgaste su talento en refritos de su propio pasado, y los otros, más quemados que la pipa de un indio debido a los tremendos errores de casting y a la ausencia del cocodrilo. “Los ochenta han muerto”, parece decirnos el director, “así que pasemos página de una vez por todas y busquemos nuevos mitos”. Tal vez tenga razón. Y nada mejor para sus objetivos que cargarse la mitología de una época apuñalándola por la espalda… En ese sentido, Corrupción en Miami cumple con creces.

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