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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Con toda la barba

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 9 de septiembre de 2006, 19:29 h (CET)
“Este gran don Ramón de las barbas de chivo,
cuya sonrisa es la flor de su figura,
parece un viejo dios altanero y esquivo
que se animase en la frialdad de su escultura.”


Rubén Darío

Hemos hablado en alguna ocasión de lo que valen las barbas. Hoy valen muy poco, evidentemente, pero no están tan lejanos aquellos tiempos en que una buena barba le abría a su poseedor todas las puertas, y en que al hombre imberbe o lampiño no se le consideraba realmente un hombre. Entonces, cuando alguien quería un cargo, lo primero que necesitaba era una barba a propósito para desempeñarlo. Había barbas de ministro, barbas de gobernador civil, barbas de presidente de la Diputación, barbas de alcalde, etc., etc., y los altos cargos se distribuían entre las grandes barbas con el mayor espíritu de equidad y de justicia. La gente cultivaba sus barbas con toda clase de abonos, desde la fría loción de perfumería a la sopa de fideos o al rico café. Las cultivaba, las peinaba, las rizaba, las ondulaba, las planchaba y, en caso necesario, las mandaba al tinte. El Estado cuidadoso de su propio ornato, decoro y representación, necesitaba muchísimas y variadas barbas y estimulaba con toda clase de recompensas el desarrollo de las mismas.

Por desgracia aquellos tiempos acabaron ya. Hoy no hay público capaz de apreciar artísticamente una buena barba, y sólo en las zonas más frías del planeta, quedan algunos de estos aditamentos capilares a modo de bufandas o prendas de abrigo. La barba, como tal barba, ha pasado definitivamente a la historia.

El día que se haga una historia crítica de las barbas a través de los tiempos, se habrá hecho una historia del hombre y de la civilización tan perfecta como la que más. Por qué en unas épocas determinadas todo el mundo se deja la barba. Por qué en otras épocas se las afeita o las recorta. Por qué hay periodos en que todas las barbas adoptan la misma forma, y otros, como, la segunda mitad del siglo XIX, apogeo del liberalismo, en que cada ciudadano tiende a manifestar su personalidad por medio de su barba. Por qué en ciertos momentos históricos cada profesión tiene sus barbas privativas y un notario no puede usar barbas de almirante ni un juez barbas de farmacéutico... Por qué en el último periodo de nuestra reciente dictadura los ciudadanos delataban sus distintas ideologías por medio de sus barbas, lo que era de sobra conocido por la policía del régimen. Estos serán los principales temas a estudiar y a esclarecer.

Evidentemente, las barbas están en nuestros días enteramente desacreditadas en todas partes, a lo que sin duda alguna, ha contribuido de manera principalísima el uso inmoderado que se hizo de ellas en la política y el posterior acceso de la mujer a los cargos políticos. Ningún prestamista las admite ya . Ningún banco la exige a la hora de solicitar un préstamo hipotecario para la adquisición de una vivienda. Ningún Consejo de Administración las busca ni solicita para presidir sus reuniones, y hasta aquellos que antes la utilizaban como un distintivo han acabado por abandonarlas completamente. Lo que no se sabe es si este abandono será temporal o definitivo. Hay quien cree que, inventadas las máquinas eléctricas de afeitar, los hombres no volverán ya nunca a dejarse la barba, y hay quien, por el contrario, ateniéndose a otro tipo de razones, opinan que este siglo será más barbudo que un puercoespín, es decir, un siglo con toda la barba. Y es que, como dijo el poeta: “Hombre de España; ni el pasado ha muerto, / ni está el mañana -ni el ayer- escrito”.

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