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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Las Furias en el Parlamento

“La cosa más ridícula en una mujer es ser un hombre”, J. de Maistre
Miguel Massanet
jueves, 10 de octubre de 2013, 06:51 h (CET)
Nacieron de la Tierra y fueron fecundadas por la sangre del Cielo. No quisieron reconocer la autoridad de los dioses olímpicos. Sus nombres fueron; Alectó, Tisífone y Mégaira y fueron conocidas como las Furias. Perseguían a sus víctimas hasta enloquecerlas. Esta es la imagen que se me formó en la mente al contemplar a estas tres muchachas, encaramadas en lo alto del Parlamento y vociferando como condenadas mientras exhibían, sin ningún pudor, unas pintadas en sus desnudos torsos rebosantes de juventud. “El aborto es sagrado”, gritaban desaforadamente mientras gesticulaban y levantaban sus puños cerrados hacia el techo de la cámara, lema que coincidía con las inscripciones que aparecían claramente legibles en sus cuerpos. Una imagen lamentable y doblemente triste para unas jóvenes que, con toda seguridad, habían sido aleccionadas por la dirección de un grupo feminista al que pertenecen, conocido como “Femen”.

Uno de estos grupos de mujeres amargadas que, en lugar de disfrutar de su juventud como lo hacen millones de mujeres modernas, que saben que los tiempos de sumisión son Historia y que ahora todo depende de su esfuerzo personal para igualarse a los hombres; han preferido mantener su rencor atávico contra el género opuesto y ya no se conforman con la igualdad, sino que reclaman la derrota y la sumisión de aquellos a los que acusan, en muchas ocasiones sin razón, de ser los culpables de que ellas no sean tan altas, tan fuertes, tan corpulentas o tan barbudas como ellos. Unos colectivos que en nada han contribuido a que acrezca el respeto por las mujeres, a que se sepan mantener, dentro de la igualdad sin renunciar a su feminidad y a aquellas señas de identidad que las han hecho ser, a través de los tiempos, la célula básica de la familia.

La consecuencia de haber renunciado a su papel de madres, de educadoras de sus hijos, de sostén de la familia y esposas amantes y fieles a sus maridos, podría explicarnos algunos de los grandes pecados que afectan a las nuevas generaciones, criadas dentro de una sociedad en la que la familia, por principio, ha sido vilipendiada, privada de los privilegios de la patria potestad que, en la mayoría de los casos, ha significado la privación del apoyo y los consejos de unos padres a los que, el afán de riqueza o de independencia, los ha impulsado a trabajar fuera de su domicilio; relegando la función educativa que les competía en su calidad de padres a favor de guarderías, colegios, abuelos o canguros que, lógicamente, carecen del interés, la competencia, la autoridad y, por supuesto, la dedicación e interés de aquellos. El vínculo familiar ha sido sustituido por la excesiva libertad y derechos que, las nuevas leyes progresistas, les han dado a los hijos, en detrimento de la potestad de los padres para imponer disciplina, orden y respeto dentro del ámbito familiar.

Por supuesto han sido muchos los factores que han propiciado este despego familiar; empezando por la labor de los sucesivos gobiernos socialistas en contra de la religión católica y el adoctrinamiento político encaminado a conseguir un proselitismo ideológico de lo que fue ejemplo aquella descerebrada asignatura, de carácter obligatorio, a la que, impropiamente, se la designó como “Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos”, un panfleto con pretensiones educativas de contenido inapropiado para aquellos jóvenes a los que iba dirigido y que tenía la particularidad de que, cada comunidad autónoma, podía darle su especial contenido; circunstancia que hizo de aquella asignatura un verdadero código de los vicios sexuales y sus desviaciones, presentados como algo natural.

El hecho constatable de que los abortos, en España, alcancen la escalofriante cifra de los 100.000 anuales, parece que no les importa a aquellas que consideran que su potestad sobre su cuerpo incluye la de poder asesinar, impunemente, al fruto de su vientre; aunque esto ocurra en los primeros estadios de su formación.Gritan, vociferan y se lamentan de que las leyes que se pretenden promulgar les impidan continuar con tan inhumana práctica, arguyendo que su presunta libertad no puede ser coartada impidiéndoles dar rienda suelta a sus instintos primarios, utilizar la sexualidad a su antojo sin tomar las más imprescindibles precauciones para evitar el embarazo ni obligar a la persona con la que practican sexo a tomar, a la vez, las suyas.

O ¿deberemos pensar que estas mujeres que tanto reclaman, que se consideran maduras para ocuparse de sus cuerpos y presumen de estar a la altura de los hombres no son capaces de conservar la serenidad de modo que antes de entregarse al desenfreno sexual no tengan un momento de sensatez para evitar el embarazo no deseado?, de modo que no se expongan, a causa de su locura lasciva, a ponerse en peligro de quedar embarazadas y verse obligadas a recurrir al asesinato de la infeliz criatura, para librarse de responsabilidades que, según declaran, no se ven capaces de asumir. ¿Son estas las mujeres sensatas que hablan del derecho “sagrado” al aborto?, ¿no se tratará más bien de esclavas luzbélicas incapaces de resistirse al acoso de aquellos a los que acusan de quererlas dominar?, ¿En qué quedamos: están a la altura de los hombres o, en cuanto se trata del sexo, continúan siendo sus esclavas sexuales, que pierden la cabeza en cuanto son acosadas por ellos? Una pregunta a la que deberían responder.

Resulta de todo punto despreciable, una ofensa para todos aquellos que la palabra sagrado tiene significado, concomitancias y carácter religioso, que para nada puede referirse a un supuesto derecho de cometer un asesinato con un ser indefenso. El uso de esta expresión ya supone de por sí un acto de desprecio hacia los sentimientos religiosos de una gran parte de la población española, que pueda tener creencias cristianas o de otras muchas religiones, como el judaísmo, en las que las prácticas abortivas se consideran un atentado contra la voluntad del Sumo Hacedor. Uno se pregunta cómo estas feministas han conseguido acceder a la tribuna de invitados del Parlamento, aunque, por los aplausos que se han producido en la bancada de la izquierda, especialmente de IU, no es difícil colegir quienes han sido los que han propiciado semejante espectáculo.

Un apunte. Supongo que las personas encargadas de expulsar a las tres furias, en pocas ocasiones se han visto obligadas a bregar con tres muchachas medio desnudas, pero la forma como alguna de ellas ha sido agarrada no es la más apropiada, por mucho que, a las feministas, poco parece que les importara exhibir sus cuerpos desnudos. Esperamos que, para otra posible ocasión, los ujieres tengan a mano unas sábanas o mantas con las que evitar el contacto directo con ciertas partes de la anatomía femenina.

Un espectáculo deprimente al que han sido sometidas, entre pasmadas y divertidas, sus señorías. Seguramente, para alguna de ellas, haya podido resultar un dulce despertar de su apacible siesta propiciada por el discurso aburrido de algún parlamentario. En todo caso, se nos ocurre que, si se quiere conservar el tono serio de la Cámara Baja, se deberían tomar medidas para que, ciertos grupos minoritarios, no se pudieran permitir desacreditar y vulgarizar la labor que se lleva a cabo en la sede de la representación popular, con este tipo de shows de mal gusto a cargo de ciertos invitados poco serios y de escasa decencia. O así es como valoro, señores, este tipo de acontecimientos.
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