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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

De Chechenia y Kondopoga

Yuri Filippov
Redacción
viernes, 8 de septiembre de 2006, 21:38 h (CET)
Las recientes colisiones en Kondopoga en Karelia donde una riña rutinaria que costó vida a varios hombres, estuvo a punto de degenerar en conflicto interétnico de grandes dimensiones entre los habitantes locales y los chechenos forasteros, han coincidido casualmente en tiempo con el aniversario de otro conflicto dramático, para arreglar el cual Rusia necesitó muchos años.

Hace quince años, en septiembre de 1991, en el territorio de Chechenia fue proclamada la “independiente República de Ichqueria”, lo que prologó un conflicto duradero y extenuativo entre los separatistas del Cáucaso del Norte y el Centro federal, y la guerra, secuela del mismo, devino en seguida continuación directa de la política.

Hoy ese conflicto entre el Centro y el sujeto rebelde de la Federación finalizó. El arreglo político en Chechenia se hizo realidad. Como resultado del referéndum fue aprobada la Constitución chechena habiendo proclamado la república parte inalienable de Rusia; en dos ocasiones, en la república, se efectuaron las elecciones presidenciales; hace poco fue elegido el parlamento checheno bicameral donde la voz cantante lleva el partido propresidencial “Rusia Unida”. Si, verbigracia, pese a las evidentes diferencias, los norteamericanos hubieran logrado realizar análogas transformaciones políticas en Irak (presidente amistoso apoyado por la población, parlamento responsable, partidos políticos formados), habrían podido declarar con pleno derecho que el problema iraquí está solucionado en lo político, y sería difícil refutarlo.

Sin embargo, tanto en Irak como en Chechenia, es imposible dar solución a todos los problemas apelando a la alta política. En el caso de Chechenia es meridianamente claro que el arreglo político entendido como la necesidad de poner la organización política formal de la república a tenor con las normas constitucionales rusas no es más que el comienzo de un nuevo camino largo y escabroso.

En general, para Rusia, la lucha contra el separatismo territorial quedó relegada al pasado. En lo fundamental, el separatismo checheno iniciado hace quince años con la proclamación de la “Ichqueria independiente” terminó en 1996-1997, cuando miles de chechenos descubrieron de súbito que les sería mucho más conveniente y ventajoso dedicarse al negocio no en su “patria chica”, repartida rápidamente entre las bandas hostiles, sino en las provincias rusas. Allí precisamente se iba desarrollando impetuosamente el capitalismo, aparecían nuevos mercados no ocupados y las formas de actividad vinculadas al negocio naciente que la población local no siempre se apresuraba a practicar.

Bien se sabe que para los habitantes de las zonas montañosas (y no sólo del Cáucaso del Norte) las migraciones a la llanura y la actividad empresarial en medio de los vecinos siempre era la alternativa más admisible que la guerra y el saqueo. Tal vez por esta razón fuera sumamente problemático dedicarse al negocio en desarrollo en las zonas montañosas. Pues, ¿de qué actividad empresarial se puede hablar en su poblado montañés natal, todos los habitantes del cual están unidos por lazos de parentesco; donde, hace mucho ya, los recursos básicos, incluidas las escasas parcelas de tierra, están repartidos y muy a menudo son de propiedad común, mientras que las tradiciones comunitarias tienen su historia milenaria. En Rusia son harto conocidos los éxitos logrados por los chechenos en el ámbito del juego de lucro. La “lotería rusa”, inventada por el empresario checheno Malik Saiduláev, gozaba de evidente aceptación, a la que hasta hace poco jugaban millones de rusos por la televisión. Procede señalar que, en principio, análoga “lotería chechena” es imposible. Cuando las autoridades chechenas decidieron liquidar en la república los brotes del juego de lucro, lo hicieron sin demora y, además, con la aprobación completa de la aplastante mayoría del pueblo.

El juego lucrativo no es más que uno de numerosos ejemplos. No es casual que las grandes corporaciones transnacionales que crean activamente sus empresas en la parte europea de Rusia, hagan caso omiso del Cáucaso del Norte. Pues, en Rusia existen ricas tradiciones y la cultura del trabajo asalariado que casi siempre brillaban por ausencia en el Cáucaso del Norte, mientras que estos últimos años, cuando se produjo un brusco descenso de la producción industrial en toda Rusia, ellas han desaparecido en la región caucásica casi por completo. Al parecer, hace poco en Chechenia comenzaron a aparecer nuevos lugares de trabajo. Pero ¿para quién? En lo fundamental, para empleados públicos y las llamadas “fuerzas del orden público”. En cambio, el trabajo en una corporación privada que para otro ciudadano ruso sería motivo de orgullo, el checheno lo tildaría de “esclavitud corporativa”. Y no se trata de una anécdota, sino de un problema cultural, social y económico complicado en extremo.

Lo dicho es suficiente como para comprender: el “éxodo” de los pueblos caucasianos a las regiones rusas, la creación allí de nuevas empresas privadas y tipos de negocio pertenecientes a los caucasianos que, además, se afincan en grupos compactos por toda la geografía del país, es absolutamente inevitable. Lo será propiciado también por las nuevas iniciativas demográficas del Estado encaminadas a elevar la tasa de natalidad. En el Cáucaso esta es tradicionalmente alta (la mayor de Rusia fue registrada en Chechenia), y será más alta aún. ¿Qué orientación adquiriera la explosión demográfica en el Caucaso del Norte? Aunque hoy las diásporas norcaucasianas crecen en Turquía, en los países europeos y hasta en EE UU, pero, principalmente, se afincan en las llanuras rusas.

La futura paz interétnica y la situación en el inmenso espacio euroasiático dependerá del cariz que tome el encuentro de las culturas y los pueblos. Hace mucho que las megapolis rusas, tales como Moscú, San Petersburgo y otras grandes ciudades aprendieron a “absorber” las más diversas diásporas e integrarlas en la economía urbana. Pero es necesario comprender la especificidad de las megapolis. Aquí casi no existen los intereses netamente locales, “regionales” ni “de barrio”. En todo caso, son demasiado insignificantes como para degenerar en conmociones de alguna importancia. Además, la composición nacional de las megapolis es muy abigarrada para que de improviso una diáspora se convierta en objeto de persecuciones. Las colisiones entre los habitantes “locales” y los “forasteros”, semejantes a las de la minúscula Kondopoga con 35 mil habitantes, no podrán estallar en las capitales. En cambio, en la provincia rusa que presta fundamental atención a los intereses locales (en total, 100 millones de habitantes dispersos por toda la geografía del país), la aparición de una diáspora absolutamente nueva de “forasteros” que pretende a la exclusividad nacional y preferencias en el negocio local, fácilmente podrá conducir al recrudecimiento de la tensión interétnica.

Naturalmente, todo esto no es fatal. Aunque la repercusión de la “colusión de las civilizaciones” se percibe no sólo en el Oriente Próximo, sino también en Europa y hasta en EEUU, en general los representantes de diversas nacionalidades saben convivir. Y la migración masiva no es un fenómeno nuevo para Rusia que ha potenciado inmensos espacios desde el Báltico hasta el Pacífico. Otra cosa es que, quizás, nunca antes allí se registraron las migraciones de grupos étnicos tan grandes como ahora que llevan consigo sus tradiciones, cultura e inevitable idiosincrasia.

Al reabordar el “problema checheno”, conviene repetir: para Rusia el separatismo político ya quedó relegado al pasado. En la agenda figura la integración cultural, económica y social. Y no sólo de los chechenos y rusos, sino, en general, de todos los pueblos. La lucha por esa integración podrá ser mucho más duradera, difícil y extenuativa que el episodio relativamente corto de la llamada “guerra chechena” finalizada con el arreglo político plenamente feliz.

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Yuri Filippov, para RIA Novosti.


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