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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El PP debe descargar lastre antes de hundirse por completo

Ya no nos consuelan las palabras, huecas y faltas de concreción
Miguel Massanet
lunes, 7 de octubre de 2013, 07:23 h (CET)
Metamorfosis. Cualquier aficionado a la naturaleza, que haya tenido una mínima curiosidad por observar los milagros que en ella se producen, habrá podido observar este complicado proceso por el que, una larva de insecto, después de un periodo de vida más o menos traumático, se somete a un cambio radical, a través de un periodo de transformación, encapsulado en la pupa, que culmina con la eclosión de un insecto adulto con los genes y apariencia de quienes lo engendraron.

Los que seguimos de cerca la evolución del PP desde que, el 20N del 2011 ganaron por amplia mayoría las elecciones legislativas, empezamos a pensar que el periodo de prueba que los simpatizantes y votantes del partido le concedió al señor Rajoy para demostrar que era capaz de sacar al país de la crisis y, a la vez, cumplir con las promesas electorales (que tantas esperanzas y optimismo habían transmitido a todos aquellos que estábamos hartos de las mentiras, engaños, errores y fiascos del señor Rodríguez Zapatero y de todo su equipo de gobierno); ha llegado a su fin y que, el balance de lo que ha sido la gestión de su Gobierno, al menos en muchos aspectos de radical importancia para los españoles, no ha conseguido contentar a todos aquellos que pusimos la fe en su habilidad, energía y valentía para darle un vuelco a la situación del país; usar su mayoría absoluta para poner en su lugar a los nacionalismos y `promulgar aquellas leyes que pusieran fin al aborto a la carta y a lo que han sido los excesos cometidos por los homosexuales, al amparo de una legislación completamente favorable a la adopción, a su equiparación con los heterosexuales y a contraer matrimonio, utilizando el término que, desde su acuñación, siempre se refirió a la unión entre personas de distinto sexo.

Si supimos entender el que no bajara los impuestos como nos había prometido; si entendimos, también, los recortes de salarios y la práctica congelación de las pensiones (algo que siempre sostuvieron que no sucedería); si fuimos capaces de apretar los dientes y encajar la subida del IVA y otros impuestos y tasas, en atención a la “herencia recibida” y nos creímos que todo ello sería provisional, como la supresión de los descuentos en el IRPF y aceptamos que, el desempleo, en lugar de disminuir fuera creciendo, colocando a la nación en una situación de difícil solución y, si pensábamos que la Deuda del Estado no aumentaría (está alcanzando límites cercanos al 100% del PIB) y parece ser que no se consigue el aumento del déficit público, a pesar de que la CE ya nos ha dado facilidades para sobrepasarlo en los ejercicios anteriores; parece, señores, que los tiempos de tolerancia, de comprensión y de paciencia han llegado a su fin y ya es hora que exijamos cambios.

Ya no nos consuelan las palabras, huecas y faltas de concreción, de la señora Vicepresidenta, cuya figura cada día se empequeñece a la vista de los que los votamos, a medida que la confianza en la gestión de este Ejecutivo, que se va desvelando que sigue demasiado condicionada por una serie de acontecimientos que han puesto al PP en una situación crítica que, quiérase o no, despierta serias dudas respecto a la actuación de algunos de los dirigentes del partido; pone en entredicho la conducta ética y moral de varias de sus principales figuras y da lugar a que, quienes los votamos y las bases de la formación, empiecen a dudar de la eficacia de quienes son sus actuales dirigentes. Por ello hemos hablado de metamorfosis, de renovación y regeneración. Creemos que existen motivos, como lo creen el señor Vidal Cuadras, la señora Esperanza Aguirre, el señor Mayor Oreja, el señor Ignacio González y muchos otras importantes personalidades del partido, que fueron dirigentes en su día y que, el equipo de Rajoy, los relegó al ostracismo pensando que podrían obstaculizar al nuevo Ejecutivo.

Frentes abiertos como el del señor Fabra en Valencia, que ahondan en la herida abierta por el juicio, cerrado en falso, del señor Camps; las sombras de sospecha sobre la alcaldesa Rita Barberá; el inacabable caso Gürtel, con sus ramificaciones y puntos oscuros; el comportamiento inconcebible con las víctimas del terrorismo; el aplazamiento de la promulgación de leyes sobre el aborto y los matrimonios homosexuales; los errores en Asturias, donde permitieron por su cerrazón que el señor Cascos tuviera que acudir solo a los comicios, facilitando la victoria del PS asturiano, perdiendo el control de dicha autonomía. Pero, sobre todos estos fiascos, el mayor sin duda y el de mayor trascendencia para España ha sido la forma con la que se ha tratado el problema catalán. Hace mucho tiempo que se viene advirtiendo al señor Rajoy de que la información que tenían en Madrid sobre el estado de la autonomía catalana era errónea. El creer que el nacionalismo era cosa de pocos y que, una mayoría de catalanes no quería la independencia, si hace unos años se podía considerar aventurada, hoy en día carece de la más mínima base cuando ya se ronda la cifra de un 60% de ciudadanos catalanes que, animados por la impasibilidad del Ejecutivo, impulsados por la propaganda secesionista llevada a cabo desde la Generalitat, unidos a la mayoría, por no decir la totalidad, de los medios informativos que residen en Catalunya, han permitido que, en unos pocos años, el balance se incline a favor de una Catalunya libre.

No han sabido imponer la ley ni han sabido exigir el cumplimiento de las sentencias de los tribunales, sistemáticamente, incumplidas por el gobierno de la Generalitat; han pretendido comprar a Mas con promesas de financiación y han recurrido a negociaciones secretas que nos han puesto sobre aviso a todos los que creemos en la unidad de España. En fin, han hecho todo lo contrario de lo que prometieron llevar a cabo y ahora, cuando debieran mostrase enérgicos y valientes, siguen agazapados temerosos de equivocarse.

Son ya numerosas las distintas camarillas que se están formando dentro del partido del señor Rajoy; las primeras intrigas provocadas por las incoherencias del gobierno, por su pusilanimidad y por su indecisión a la hora de afrontar problemas que amenazan claramente a la misma esencia de la nación española. En Baleares suenan los tambores de guerra manejados por el progresismo separatista; en Catalunya siguen avanzando en su proyecto, cada vez con más convencimiento; pero, señores, es que, en el País Vasco, ya empiezan a pedir lo mismo que solicitan los nacionalistas catalanes y, en Galicia, el BNG sigue ojo avizor esperando el momento oportuno para jugar su baza. Un problema que pueda movilizar a cuatro comunidades no es algo ante lo cual el Gobierno pueda permanece impasible, pensando que si se deja de actuar se va a solucionar por si mismo y todo va a volver a la normalidad.

Demasiados frentes abiertos, ante los cuales lo único que se hace es discursear, quitarles importancia y negar la existencia del problema. Esta, señores, no es la solución como tampoco lo es fiarlo todo en una recuperación económica que, en el mejor de los casos, los ciudadanos la vamos a empezar a percibir dentro de dos o tres años. No hay tanto tiempo que perder, señor Rajoy, porque usted lo sabe: su pedestal hace tiempo que se está tambaleando. Se impone una solución drástica, una cura de caballo, una verdadera metamorfosis de cuya pupa salga una nueva dirección, libre de los condicionamientos que tienen atenazada a la actual, que sea capaz de devolver la esperanza a los españoles y consiga vencer, de una vez, al cáncer nacionalista. O así es como pensamos, señores, los españoles que temen una situación irrecuperable de España.
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