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Los siete pecados capitales

Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez
jueves, 7 de septiembre de 2006, 21:30 h (CET)
Hace 40 años Fernando Díaz-Plaja publicaba El español y los siete pecados capitales, libro agudo y erudito cuya lectura me resultó divertida entonces y que sigue teniendo interés aunque hayan cambiado mucho las circunstancias de nuestro país. El autor chequeaba el carácter de los españoles usando como piedra de toque los siete pecados capitales. Cada uno de tales pecados y sus virtudes contrarias le servía para ir perfilando la personalidad del español tipo, buceando con erudición en los antecedentes históricos para encontrar una constante en su comportamiento.

No sé el valor que pueda quedar de esta obra literaria pues si Díaz-Plaja daba por supuesto que todos nos sentíamos españoles, hoy tal cosa no está tan clara. Muchos han renunciado a seguir siendo españoles por creerlo incompatible con el legítimo amor a su patria chica, chica sí, porque la parte es siempre menor que el todo. Sentirse español y expresarlo abiertamente puede ser bastante incómodo si se hace en esos pedazos de España que quieren separarse para vivir por su cuenta aunque siempre exigiendo grandes trozos presupuestarios. Sólo en acontecimientos deportivos se admite la exteriorización de la españolidad y no en todos lados. Portar la bandera nacional y confesarse español puede ser peligroso, habrá quienes nos insultarán llamándonos fascistas o nos identificarán despectivamente con “la derecha”,

En cuanto a la idea de pecado, ésta ha desaparecido del mapa. Si el pecado era una transgresión de la Ley de Dios, quién va a tenerlo en cuenta si una buena parte de los españoles han dejado de creer en Dios y los que aún se manifiestan creyentes una parte importante alegarán rápidamente que no son practicantes y otros, que practican, toman de la religión lo que les parece y pocos se interesarán por la culpa y el pecado ya que casi nadie se siente pecador y necesitado de perdón. También pienso que será difícil encontrar quien sea capaz de enumerar los siete pecados capitales, salvo que sea lo suficientemente mayor para haber leído el catecismo de Ripalda.

La soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza no dejan de ser malos vicios aunque no se sea creyente. Para muchos las únicas cosas rechazables son las que aparezcan en el código penal. La razón y la conciencia pueden ser acalladas hábilmente si se manipula el lenguaje.

A la soberbia le dedica Díaz-Plaja más de ochenta páginas pues entiende que es el pecado más común entre los españoles. Si la soberbia es el afán desordenado de ser preferido a otros, éste se manifiesta en nuestra actitud cerrada de querer siempre llevar razón, de dialogar poco y odiar mucho, de considerar enemigo a quien piensa de forma distinta, a creernos siempre con derecho a todo y sin obligación alguna. Hay como una especie de imposibilidad de ponernos en el lugar del otro y tratar de comprender sus razones, posiblemente porque no tenemos claras las nuestras. Lo que ha cambiado, a mi entender, en estos cuarenta años es que cuando utilizamos la palabra soberbia ya no es un sustantivo referido a un vicio o a un pecado, sino un adjetivo que pondera algo como estupendo y superior: una casa soberbia, un coche soberbio, un negocio soberbio… Si llamamos a alguien soberbio a lo peor ni se siente ofendido sino que se reafirmará en la idea de su superioridad. Contra soberbia humildad. Una virtud bastante desconocida. Ser humilde no se lleva. Para muchos ser humilde es una desgracia.

A la avaricia apenas le dedica un par de páginas, le parece al autor que no es algo generalizado ya que el tacaño y el avaro están suficientemente estigmatizados en la sociedad y la tacañería sería incompatible con la soberbia, el orgullo y la vanidad de los españoles. Pero la avaricia no es solo tacañería sino un deseo desordenado de riquezas y esto antes y ahora está presente entre nosotros. Tener dinero, ganar dinero, conseguir un premio en alguna lotería, una licencia urbanística, una especulación oportuna… Muchos no tendrán ninguna oportunidad pero el deseo de poseer cuanto más mejor, está presente en la mayor parte de nosotros. Contra avaricia largueza se decía antes hoy quizás habría que decir contra avaricia, honradez, virtud poco valorada.

La lujuria de los españoles ha cambiado radicalmente en estos cuarenta años. El capítulo que le dedica Díaz-Plaja lo ve como una lucha entre los instintos y la censura que el español trataba de sortear. También observa una diferencia de comportamiento entre hombres y mujeres. Hoy todo eso es historia frente a un desbordamiento de la sexualidad sin responsabilidad, sin compromiso, sin diferencias entre hombres y mujeres. Si muchos fieles dejaron la Iglesia por causa de sus normas morales, hoy lo que se respira es que hay que satisfacer los instintos en el acto, sin sujetarse a moralidad alguna. La virtud de la castidad como compromiso de fidelidad en el amor tampoco tiene buena prensa.

La envidia como tristeza del bien ajeno era entonces y ahora uno de los grandes defectos de los españoles. Rara vez encontramos alguien que se alegre sinceramente de los éxitos ajenos. Casi siempre se introduce algún elemento de duda en la capacidad del que triunfa. Contra envidia caridad, pero caridad no es limosna sino amor y amistad. Compartir las alegrías y las penas de los demás con sinceridad, sin interés, limpiamente. ¿Lo hacen muchos?

La ira la encontraba el autor presente en nuestra sociedad en la que los españoles eran fáciles a enfadarse, a gritar, a insultar a los demás. Los derechos de los demás no tienen importancia, solo los míos son los que valen. Los otros, los que no piensan como yo, los que me discuten los eliminaríamos si pudiéramos cuando sufrimos un acceso de ira. Ira que puede llegar a la crueldad. Pienso que esto de airarse no ha disminuido sino que ha crecido en nuestra sociedad. Los malos tratos domésticos, incluido el asesinato, están a la orden del día. ¿Qué es esto sino ira? Contra ira paciencia. ¿Quién educa a la gente para ser paciente con los demás?

La gula y la pereza. Ni antes ni ahora nadie se siente victima del pecado de la gula. Que haya que comer y beber con moderación parece más consejo de un dietista que la práctica de la virtud de la templaza. Beber de más parece que solo es un problema si hay que conducir un automóvil. Comer demasiado puede originar un problema de obesidad. Ahora somos más conscientes que hace cuarenta años del hambre en el mundo pero ello no nos ha llevado a moderar nuestro consumo. La pereza como desgana en el trabajo o en el estudio, falta de rendimiento, absentismo laboral, retraso en realizar aquello que otros esperan de nosotros, son cosas que antes y ahora son defectos que afectan a mucha gente. La diligencia es una virtud en la que también habría que educarnos.

Los pecados capitales no lo son solo porque lo haya dicho la Iglesia. Son vicios que nos impiden ser mejores personas. Invito a meditar sobre ello y si quieren leer este viejo libro de Díaz-Plaja les aseguro que pasarán un buen rato.

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