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Etiquetas:   A pie de calle   -   Sección:   Opinión

La pequeña Sheila

Paco Milla
Paco Milla
jueves, 7 de septiembre de 2006, 05:02 h (CET)
- Collar... ¿Cuándo sube el camión de Madrid o baja hasta allí? Avísame, porque tengo un pedido, para un gimnasio y podías utilizar el mismo porte para traerlo.

- No, no utilizaré el mismo porte para tu pedido y el mío, lo haremos por separado, porque tengo que darle trabajo a este hombre .. ¡ya! Ayer precisamente estuve con él. ¡Está hecho polvo!

- Pero, ¿de quién me hablas, de “Manu” el del “trailler”?

- Sí, la tarde que pasé ayer no se la deseo a nadie. Todavía estoy con el ánimo por los suelos.

- Pero, ¿me lo vas a contar o no?

- Pues casi... no, porque me dará otro “bajón”.

- Me dejas intrigado. ¡Anda cuenta! Vamos, si se puede... y eso no supone entrar en intimidades.

- Pues verás, es que resulta que hace unos años le diagnosticaron a su hija una rara enfermedad y llevan luchando contra ella bastante tiempo. A pesar de esto y de que los médicos le desaconsejaron un embarazo, pues tuvo una niña, que se convirtió en el sol de esa casa.

Todos se alegraron y esperaban que la pequeña fuera la columna, a la que se agarrara la madre para luchar contra los “malditos microbios o bacterias”... o ¡como quieras llamarlo!

Pasaron unos años los abuelos, hija y nieta en los que todo iba viento en popa. Montaron negocio a pesar de que Manu ya tenia bastante trabajo con el camión y lo atendían ellas, pero un día la enfermedad, insistió y de nuevo dio la cara.

La pequeña Sheila no entendía que le ocurría a mamá, que cada vez pasaba mas días en el hospital.

Prácticamente la abuela se convirtió en su madre a todos los efectos, pero los ojos de la niña estaban tristes. Ya tenía la suficiente edad para entender que algo le ocurría a su madre. Hasta que finalmente... ¡murió!

Imagínate el papel de Manu y su mujer, por un lado el dolor de haber perdido a su única hija y por otro tomar la decisión de decirle algo a la pequeña o callárselo por unos días, meses,... ¡Quién sabe! El momento se podría prolongar mas o menos en el tiempo, pero forzosamente tendría que llegar... y ¡menudo trago!

Pero, por si esto no fuera suficiente, al poco de ocurrir esto la niña se empieza a encontrar mal físicamente, la llevan al medico y después de muchas pruebas le diagnostican ¡la misma enfermedad que había matado a su madre!

¿Manu?... pues yo no sé con que entereza acepto esta noticia. Lo que si sé es que cada vez que lo llamé para que “bajara” a Madrid a por máquinas, venia lo más rápido posible, cargaba y retornaba también con una rapidez anormal.

Al segundo o tercer viaje le dije: "¿pero que te pasa? No es normal que hayas cargado, hecho el viaje, descargado allí, vuelta a cargar... y que ¡ya estás aquí! ¿Estás loco?"

Y él me dijo: "¡No, no estoy loco, es que tengo que estar con mi niña".

Claro, yo no podía entender en ese momento lo que él me quería decir, pensé que hablaba de su hija y simplemente me dije: "¡Este hombre quedó trastornado!"

Pasaron unos meses, en los que aquel matrimonio vivió por y para su nieta en todos los aspectos que te puedas imaginar... pero la semana pasada... la niña empeoró.

Lo llamé para un viaje, pero me lo rechazó. Me dijo que era imposible venir y yo no pregunté mas.

Hace dos días me llamó y me dijo que la niña ¡había muerto! Estaba completamente destrozado y me pidió que le llevara al tanatorio. Ya no tenía fuerzas ni para conducir.

De tantos viajes para los que lo contraté, había surgido entre nosotros una buena amistad y a mi fue, a quien en esos terribles momentos telefoneó. Hice de tripas corazón, sabiendo lo que me esperaba y ¡chico, yo no sabía qué decirle! En esos momentos, ¿qué le dices a un hombre que en poco tiempo pierde a su hija y su nieta?

Entramos allí y la niña ya estaba en el ataúd. Él no quería acercarse a ella... ¡hasta que no pudo mas! Corrió hasta allí y se abrazo a la pequeña, llorando como un niño.

Mira, no te puedes imaginar el trago que pasé. Me fui hasta el y entre los empleados de la funeraria y yo conseguimos separarlo de la niña.

Durante la tarde me quede con él... estaba como "ido", pero en un momento dado me miró y me dijo: "Collar, por favor, consígueme un viaje a Madrid cuanto antes, necesito estar ocupado, necesito ocupar mi mente o... ¡yo me paro aquí! ¡No puedo estar en mi casa dos o tres días sin hacer nada, porque me volveré loco!"

Según me lo contaba Collar, me impresionaba mas esta historia y cuando los dos estábamos con los ojos vidriosos, uno por contar y el otro por escuchar... sonó a la entrada de la nave, el potente claxon que tantas veces habíamos oído.

Manu, con su enorme “trailer” había llegado, dispuesto a cargar. Collar se levantó, no sin antes decirme: "¡Ni se te ocurra sacar el tema con él!"

Me quedé sentado en una maquina. Manu abrió su puerta y bajó ágilmente de la cabina a pesar de sus cincuenta y tantos, levantó los toldos, quitó los esqueletos de la caja, para poder cargar. Desde mi sitio, mis ojos actuaban como el objetivo de una cámara, seguía todos sus pasos, preguntándome de donde sacaba aquel hombre las fuerzas para “continuar”.

Ahora ¿cuál era su motivación? ¿el camión? ¿su esposa, que estaría harta de llorar en casa? ¿pagar el negocio? ¿para que? Todos necesitamos objetivos por lo que luchar, ¿no?

Cuando el camión estaba preparado vi que Collar y Manu hablaban sonriendo, sin duda uno ejercía como psicólogo “motivante” y el otro pensaría... ¡mira te lo agradezco!... ¡pero déjalo! Me acerque a Manu e intenté saludarlo, como siempre, afectuosamente, sin demostrar la tristeza y la solidaridad que en este momento sentía por este buen hombre.

Y ¡maldita sea! Cuando me dirigí a la parte trasera del camión y antes de apoyarme en el enorme neumático, para subir a él... vi unas líneas trazadas en el caucho del mismo... estaban escritas con tiza y el tipo de escritura sin ninguna duda, era de quien está empezando a escribir sus primeras letras. Me distancié del camión para leer mejor: SHEILA-MANU.

La niña, unos días antes de ingresar en el hospital, había estado escribiendo en la enorme rueda, con enormes letras. Su nombre y... el de su abuelo. Manu se fijó en mi, atento a su neumático y vino a ver lo que él creía una posible avería, pero esta era tan gorda, que no pudo evitar las lágrimas ya casi agotadas de sus sonrojados ojos.

Nadie de los allí presentes se atrevió a borrarlas. Poco después Manu emprendió viaje. No podía ocurrirle nada, ya que su mejor “ángel de la guarda” posible... iba con él... en su camión, en su neumático, en sus ojos... ¡en su cerebro!

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