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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Mari Trini o la lucha contra los elementos

Mariano Estrada (Alicante)
Redacción
jueves, 7 de septiembre de 2006, 05:02 h (CET)
Decir que Mari Trini ha sido una mujer luchadora es decir más bien poco. Venía de París con un vestido negro, una guitarra, un aire entre dulce y misterioso y, como todo romántico que se precie, un corazón desbocado. Pero no sólo quería cantar, sino también componer ¡Qué osadía! De hecho, ella ha dicho que tenía compuestas muchas canciones, pero tuvo que cantar las de otros para poder sacar un disco a la luz: Luís Eduardo Aute, Patxi Andión, Juan Carlos Calderón... Un bruto innombrable, de los que había para dar y tomar, le dijo a la cara que una mujer era incapaz de hacer canciones. Vamos, de escribirlas, de componerlas, por más que estudiara composición en la capital del glamour ¿Glamour? “Oui, c`est moi”: algo que en España no existía. Y, claro, eso no se lo pueden decir a una murciana, porque se cabrea todo el Segura. Pero ella supo esperar. El disco tuvo éxito y algunos cambiaron de opinión, aunque no todos...

Como consecuencia, y también como pudo, empezó a sacar la patita por las ranuras musicales y a meter en el mercado sus argumentos. Entonces dijo aquello de que “El amor es una barca / con dos remos en el mar”, y a partir de ahí se abrieron muchas olas que se le resistían. Hay que decir que Mari Trini, a pesar de los éxitos, nunca lo ha tenido muy fácil. Y cuando el éxito ya era imparable, algunos empezaron a decir que si aquel vestido negro escondía una pata de palo, que si esto, que si lo otro… Pero ella siguió cantando, que es una forma de luchar, y, de pronto, en las radios de todos los hogares y en la mismísima Televisión Española empezó a oírse una voz que decía “Yo no soy esa que tú te imaginas / una señorita tranquila y sencilla”, canción que le costó muchos sudores sacar al mercado porque la España de los 70, aún zaragatera y aún triste –y me refiero a la España oficial-, decía que en aquella canción había gato encerrado. Vamos, que pecaba de ambigüedad, que no era clara. Y eso, por aquel entonces, era algo que iba contra natura.

Después lo tuvo más fácil, llegando a ser declarada incluso la mejor cantante de España y obteniendo un disco de Oro, pero estoy por apostar que ni siquiera en sus mejores tiempos, entre el 70 y el 80, anduvo por un camino de rosas. Y si fueron rosas, seguro que tuvieron demasiadas espinas. Y ya en los años noventa, apagada su estrella del jardín, intentó sobreponerse con un par de discos que no contaron con el favor de los dioses. Ni del público, que si no es el que otorga las licencias, sí es el que distribuye los manjares de la suculenta comida de la música. A pesar de ello, en el 2001 obtuvo otro disco de Oro por una grabación que hizo con Los Panchos, y en el 2005 obtuvo otro premio, otorgado por la S.G.A.E., por su último recopilatorio. No obstante, esto no la devolvió a los altares en los que estuvo algunos años con todo merecimiento.

Y aunque algo parecido ha pasado también con otros cantantes y con otros grupos, en su caso es más doliente, porque su voz era buena, sus melodías también, y ella ha sido siempre una trabajadora infatigable que, acaso por ser mujer y tal vez por no ser, en lo físico, excesivamente agraciada, tuvo que luchar no sólo contra la competencia, sino también contra los elementos. Y menudos elementos, madre. Menudos elementos.

Pues bien, yo, Mariano, que fui joven con ella y que tengo recuerdos y besos inolvidables asociados a sus canciones: “Ayer”, “Amores”, “Palabras”, “Cuando me acaricias”, “Mañana”, “Ne me quitte pas”, “Me marcharé”… le deseo toda la suerte del mundo en esta nueva etapa de su vida, de la que ha dicho que la quiere tranquila. Lo que, en mi opinión, es un sabio deseo.

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