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Dos situaciones palpitantes

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 7 de septiembre de 2006, 05:02 h (CET)
Sobre una y otra se oye, y se lee, casi a todas horas. Entre las dos dan tema para abrir noticieros en radio o televisión, y para cientos de editoriales y miles de artículos periodísticos. Ambas, por su palpitante actualidad, y alto interés humano, pueden ser calificadas de “candentes”. Se trata de la pacificación del conflicto de Oriente Medio, y de la permanente afluencia de inmigrantes.

La primera de ellas, consecuencia de la estúpida guerra del pasado agosto, es tan conocida como vieja para el hombre; más, presenta la novedad, quizás como consecuencia de la solidaridad global, de ofrecerse al mundo, no como participación en la conflagración, sino como algo que impida su extensión mediante bien pertrechadas fuerzas. Son ya unos cuantos los puntos de la corteza terrestre donde se desarrolla esta nueva misión de los ejércitos, a caballo entre su clásica tarea ofensiva-defensiva (Balcanes, Afganistán, etc.), y la de ONG, aportando humanitarismo donde sólo había bombas (Haití, Congo, etc). De este modo, el papel del ejército rebasa sus funciones de defensa del territorio nacional. La frontera líbano-israelí es testigo de ello con la llegada de tropas de la Unión Europea. De este modo, los Estados, con su presupuesto de Defensa, aportan medios necesarios en regiones muy remotas. Ya no es imaginable una guerra entre Alemania y Francia, pero si que se verán soldados alemanes y franceses, unificados por la boina azul, y lejos de sus respectivos países. El gasto militar se suma, de este modo, al famoso 0,7% de solidaridad internacional. Parece sensato, y, desde luego, conveniente.

La otra cuestión, el afán del ser humano por trasladarse a vivir en mejores pagos que los que le vieron nacer, también, es tan antigua como el hombre. ¿Cómo explicar su presencia en los más remotos lugares del globo? Pero, en nuestros días, tiene la connotación de no ir en búsqueda de nuevos pastos, sino de “un puesto de trabajo” en las sociedades más avanzadas y en situación de bienestar. Aquí es donde surge lo desconcertante del conflicto. Por un lado, resulta preocupante la “masiva” llegada de cayucos, pateras, o autobuses de centroeuropeos (en América el goteo diario que se arriesga a través de la frontera norte de México), y por otro, se dice que son precisos para mantener la riqueza amenazada por el desequilibrio demográfico. Esa llegada descontrolada se intenta detener con vallas (Melilla y Sur de Estados Unidos), o con vigilancia en sus puntos de salida. Es inútil, el “empuje” persiste, y siempre encontrará su medio de penetración.

La respuesta a la cuestión, de ¿por qué vienen?... encierra la solución como bien es sabido. Se afirma, que, los ocupantes de un cayuco son explotados por mafias que cobran un desproporcionado pasaje. Lo que quiere decir, que, tal vez, tenían el dinero guardado bajo una losa de la choza centroafricana en que se supone que han dejado a sus familias. Si no es así, de algún lugar sale, a menos que lo obtengan con préstamos a devolver en su futura colocación. ¿Se les podría ayudar a que en lugar de pagar el “billete”, inviertan en un “negociete” de su país (“changarros”, se dice en México), o a que reciban un crédito para poner en cultivo la tierra que rodea su poblado? ¿Quién se preocupa de esto? La aventura de invertir en marcharse, ¿tan imposible es transformarla en el desarrollo de su entorno? Se ve que tendrán que “empujar” mucho más, para que los “Planes de desarrollo”, no se diseñen, tan sólo, para territorios ya evolucionados. Lo mismo que el presupuesto de Defensa, el de Planificación y Fomento ha de comprender lugares muy alejados del perímetro nacional de los países desarrollados. –“Mire usted: Además de un plan de mejoras para la Costa Dorada, tiene que hacerme otro para Mauritania”, por ejemplo. Con los soldados ya se hace, y el mundo podría ir a mejor.

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