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Etiquetas:   España   Cultura   -   Sección:   Opinión

El desencanto, expresión del panorama educativo en nuestro país

El descreimiento va tomando espacio en las aulas
Pedro Luis Ibáñez Lérida
martes, 1 de octubre de 2013, 08:33 h (CET)
Recogió el premio sin dibujar o esbozar, al menos, una tibia sonrisa. La comisura de los labios delataba el gesto de contención adusto y severo. Ninguna corbata anudaba su cuello. Saludó al ministro. Éste, con esa mueca de risa batiente que recuerda a los sanitarios de una estación de ferrocarril, con la tapa siempre arriba, entregó a aquel tipo menudo el Premio Nacional de Cinematografía. Juan Antonio Bayona se convertía en el director más joven en recibirlo.

El filósofo José Antonio Marina afirma: “No sabemos cómo generamos las ideas, pero sí como educar a una parte de nuestra inteligencia para que tenga buenas ideas”. A través del discurso, tras la obtención de la distinción nacional, el flamante premiado dio crédito público a quienes profesaba su mayor reconocimiento y admiración: “Mis padres son mis héroes. Entendieron mejor que nadie que la educación no era un gasto sino una inversión”. Ambas reflexiones truenan en el contexto de la política educativa de nuestro país. El manifiesto deterioro de los servicios públicos y la progresiva desvinculación del estado en los asuntos que conciernen a su propia responsabilidad, son hitos de un camino que parece no tener retorno, y queda en las antípodas de lo que conocemos como la sociedad del bienestar. El fracaso escolar es parejo al social. Las ideas no fluyen y el marasmo continúa en este prolongado suspenso: la política educativa no deja de ser errabunda con gobiernos de diferente signo político. Las reformas puntuales llevadas a cabo hasta ahora, no han tenido repercusión práctica, salvo la de confundir y marear. No ha existido una línea definida en el tiempo con un proyecto educativo de país.


Bayona
El director cinematográfico incidió en la determinante convicción de sus ancestros. Y, en cierta manera, declinó cualquier apego a la comodidad. Aunque el esfuerzo no es siempre recompensado y penden de otros hilos, como el económico: “A mi padre también le hubiese encantado ingresar en una escuela de Bellas Artes pero sólo tuvo dinero para suscribirse a un curso de dibujo por fascículos. Al final se ganó la vida como pintor de brocha gorda, pero mi padre es un artista”. Porque educar la inteligencia no debe entenderse como un propósito individual, sin la confianza y el respaldo de la comunidad a la que pertenece. Es receptora del bien social que está educando, que está cuidando, del que se verá fortalecida, una vez el individuo culmine su trayectoria educativa. La permanente actualización es un mal de este inicio de siglo. El vértigo digital recompone incesantemente la realidad. La concentración de esfuerzos en el proyecto educativo sin la veraz decisión y apuesta trascendente de futuro, está condenado a una nueva oportunidad perdida.

Nadine Gordimer, a sus 89 años, acaba de publicar la que tal vez sea su última obra novelística, 'Mejor hoy que mañana'. La premio Nobel sudafricana e incansable luchadora contra el apartheid, elabora una trama en la que el desencanto personal y conyugal de una pareja, tras la lucha política y revolucionaria en la clandestinidad, da paso a un nuevo tiempo en el que se cuestionan su propia identidad existencial y política. ¿Era lo que ellos esperaban cuando impulsaron la consolidación de la democracia en Sudáfrica...? A ambos conflictos, se le une los sucesos que, como en nuestra sociedad, minan los principios sobre los se pretende asentar: corrupción, impunidad, tráfico de influencias, la lejanía de la política de los problemas reales...

La autora de 'La hija de Burger' reflexiona: “Tú no decides ser escritora, simplemente naces con un impulso natural que no se aprende en las escuelas. Sólo hay un camino, leer, leer, leer para que se despierte el don de la escritura”. También la educación sólo tiene un camino: ideas, ideas, ideas que alienten un proceso educativo desligado del albur político. Con aplicación del máximo rigor científico y emocional, y en el que los presupuestos económicos se ajusten a la realidad puramente educativa, sin cortapisas, y considerados como una inversión y no como un gasto. El desencanto y descreimiento van tomando espacio en las aulas. Más aún cuando el desenvolvimiento lógico del conocimiento tiene su cauce en la investigación, cuyos fondos se han visto mermados de forma y manera truculenta. Todo un despropósito.

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