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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El efecto dominó del secesionismo catalán

“Una vez decidida una acción no debemos reparar en el camino ni detenernos ante la objeción menor fundada. Este es el signo de un carácter fuerte, aunque a veces implique la voluntad llevada hasta la estupidez”, F.W. Nietzsche
Miguel Massanet
martes, 1 de octubre de 2013, 07:34 h (CET)
Cuesta, ciertamente, llegar a entender cómo es posible que, sólo en unos pocos años, este país haya sido devastado por sus gobernantes, de modo que para cualquier español que regresara de un viaje a las estrellas, le resultaría imposible reconocer en esta España depauperada, asolada por el desempleo, convertida en campo de batalla de los políticos y amenazada de ser desmembrada al estilo de la práctica llevada a cabo por nuestros conquistadores de allende los mares cuando, para poner en vereda a los indígenas que no aceptaban las reglas que se les imponían, se utilizaba el expeditivo método de atar cada extremidad del sujeto en cuestión a un caballo para que, una vez azuzados convenientemente, cada una de las bestias tirase por su lado. El resultado de tamaña “delicadeza” es fácilmente previsible.

Difícilmente se puede uno imaginar una panorama más deprimente, cuando escuchamos a aquellos políticos en los que el pueblo español depositó su confianza, dedicarse a la infructuosa labor de intentar destruirse los unos a los otros, mientras los ciudadanos nos hacemos cruces de que, ante un paro que no disminuye, una economía que a duras penas se mantiene y el masivo descontento de todos los españoles; estos que se arrogan estar en posesión de la verdad, que afirman buscar el bien de los ciudadanos y que se convierten en verdaderas fieras rabiosas, aferradas a sus ideas totalitarias, despreciando las verdaderas necesidades del pueblo y empujados por su egoísmo, su fanatismo, su afán de poder y el deseo de destruir, por cualquier medio, incluso la deslealtad institucional, los empeños de los legítimos gobernantes de hacer uso del mandato que les transfirieron las urnas para aplicar sus propias políticas.

Y todavía es mayor el pecado de aquellos que tuvieron el poder y que lo utilizaron para beneficiarse a sí mismos, legislar sin valorar las consecuencias de aquello sobre lo que lo hicieron y empujando a la nación a un estado tal que la amenaza de la quiebra soberana estuvo cerniéndose sobre España en más de una ocasión, la última en agosto del 2011, antes de la elecciones generales del 20N; cuando, sin asomo alguno de contrición por el mal causado a los españoles ni autocrítica por los errores cometidos, el PSOE ahora se dedica a reprochar cada acción, medida, decisión o ley emanadas del nuevo Gobierno, que intenta, precisamente, poner remedio a lo que aquellos convirtieron en una verdadera catástrofe nacional.

El caso es que, por fas o por nefas, en estos momentos el panorama al que nos enfrentamos los ciudadanos de a pie tiene visos de calamitoso, difícilmente superable y sumamente preocupante. Si, el señor Rubalcaba del PSOE, acuciado por la deblacle existente en su propio partido y empeñado en mantenerse en el candelero, ha entrado en una dinámica de guerra abierta en contra del partido en el gobierno, el PP; arremetiendo a sangre y fuego contra cualquier propuesta, decisión, medida o empresa emanada del Ejecutivo; con la particularidad de haber convertido el Parlamento en una especie de cueva de perros rabiosos donde, las izquierdas, indiferentes ante las cuestiones que interesan y preocupan a todos los españoles, como pudieran ser la deuda pública, la financiación de nuestra industria, los problemas de la Bolsa u otros cualesquiera de los innumerables temas que afectan de modo directo al trabajo, calidad de vida y bienestar de los de los ciudadanos; a los que les importa un bledo quien sea el que los saque de sus apuros pero que desean que se les informe, se les expliquen las medidas y se les tenga al tanto de los progresos ( progresos reales, no palabras huecas sin sentido) que se van consiguiendo si, de verdad, se logran alcanzar; aparecen, por otra parte, las pretensiones de los nacionalistas que, por su parte, amenazan con acabar con este país entrañable al que llamamos España.

De forma irresponsable, altamente peligrosa y de una insensatez rayana en el incumplimiento de los deberes que le corresponden a un gobierno de una nación democrática; se ha llegado, en este país, a un momento en el que el tema de los nacionalismos, la presión periférica que los independentistas están ejerciendo contra el Gobierno y el peligro inminente de que, el permanecer indiferente, pasivo y excesivamente “prudente” ante las evidentes amenazas, acciones, declaraciones y desplantes llevados a cabo desde el independentismo catalán (sin que hayan tenido el menor resultado las cesiones, flirteos, buenas palabras, subvenciones y créditos que se les han ido otorgando a los insaciables defensores de la nación catalana) que, a la vista está, se ha ido aprovechando de todos los créditos que le han arrancado al Gobierno sin que, ni en una sola ocasión, la presión haya bajado y se hayan acatado las sentencias del TS, el TC y el propio TSJC, respecto a temas tan sumamente importantes como son los de enseñanza del castellano, los derechos de los padres a que sus hijos reciban enseñanza en español, así como el de establecer con claridad que los catalanes son tan españoles como el resto de los ciudadanos pero no más que los del resto de autonomías.

Pero, señores, la pasividad de Rajoy ya ha conseguido que lo que parecía limitarse al tema catalán haya empezado a convertirse, por el efecto mimético, en un tema de mayor envergadura, cuando el País Vasco está esgrimiendo los mismos argumentos de los catalanes para exigir su propio “derecho a decidir”. Con gran habilidad los vascos han esperado a que el trabajo sucio lo haya hecho el señor Mas, para, acto seguido, salir de su mutismo para añadirse a la deriva separatista. Mis paisanos de las Baleares, obnubilados por el izquierdismo emanado de Catalunya y olvidando viejas discrepancias con los catalanes, parecen dispuestos a pedir convertirse en pancatalanistas para cambiar la nacionalidad española por la catalana, en uno de los más absurdos delirios de estupidez supina que sólo se puede atribuir a grupos que, aun que hacen mucho ruido, no son más que una parte minoritaria de mis paisanos.

Las consecuencias de semejante estado de cosas son fácilmente previsibles si consideramos que detrás está la propia Galicia y nadie está en condiciones de asegurar que, en un caso de dispersión de las mencionadas otras regiones, no optaran por seguir su ejemplo. Pero uno se plantea, ante una perspectiva tan negra, el papel que están desempeñando nuestro actual Gobierno, nuestro sistema judicial y, dejando aparte la Jefatura del Estado, a cargo de don Juan Carlos, una institución que no levanta cabeza desde hace bastante tiempo, nuestras fuerzas armadas (la única institución a la que le tienen pánico los separatistas). Evidentemente que no se puede pedir al Ejército que tome iniciativas que no le corresponden, pero si tenemos la obligación, como españoles, de exigirle al señor Rajoy y su gobierno que cumplan con lo que está escrito en nuestra Carta Magna y no permitan que, este cáncer nacionalista, entre en metástasis; porque en este caso la solución, con toda seguridad, ya no estaría en las medidas de excepción que se pudieran adoptar, sino en lo que pudiera derivarse del enfrentamiento entre españoles o como se los quiera denominar, para hacer cumplir el primer precepto de la Constitución que consiste en mantener la unidad de la nación española.

Una situación que ya no se puede solucionar con paños calientes o, así es, señores, como vemos, con temor y pena, el porvenir de nuestra nación.
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