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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El arreglo pacífico en Chechenia se ha hecho realidad pese a todo

Yuri Filippov
Redacción
lunes, 4 de septiembre de 2006, 19:37 h (CET)
Lo más inesperado es que el arreglo político en Chechenia se haya hecho realidad. Era difícil creer en el éxito de tal empresa, dado que el referéndum - en que los chechenos llamaron su república parte inseparable de la Federación de Rusia y se negaron a apoyar el separatismo – estuvo precedido por un decenio que se caracterizó por dos crueles campañas militares, el desenfreno de la delincuencia, despiadadas purgas étnicas, trata de personas y atroces atentados, muchos de los cuales, por ejemplo la toma de rehenes en un centro teatral de Moscú y la escuela de Beslán, tuvieron resonancia internacional y siguen sin tener análogos por su crueldad, atrevimiento y desatino.

Propiamente dicho, ninguna de las partes en conflicto ha conseguido lo que quería inicialmente. Los separatistas, aunque obtuvieron su “Ichkeria independiente” después de firmado el Tratado de Paz en Jasaviurt en 1996, sufrieron la plena derrota en el intento de edificar su propio Estado. El presidente de Ichkeria, Masjadov, que gozaba de prestigio como líder militar, al pasar a una relativa paz perdió por completo su influencia y resultó ser títere en manos de unos bandidos y terroristas consumados, tales como el organizador del atentado de Beslán, Shamil Basaev. La guerrilla separatista de Masjadov se deshizo rápido en muchas bandas armadas, que ganaban sus medios de subsistencia practicando la violencia, la trata, la venta de drogas y secuestros. Aunque a menudo se cree que la agresión estuvo apuntada fundamentalmente contra Rusia, en realidad la propia sociedad chechena fue el principal blanco de la criminal actividad terrorista. Por una parte, la población civil sufrió del proceder muy cruel de las autoridades federales (la mitad de Grozny hasta hoy día sigue en ruinas debido a los bombardeos). Pero por la otra, el dictado criminal por parte de los ex separatistas, quienes muy rápido se transformaron en terroristas y extremistas religiosos de tipo wahabita, era aún más insoportable. Mientras que las unidades federales venían y después se iban, los bandidos locales estaban presentes siempre. He aquí un hecho demostrativo: de miles de los secuestrados por los grupos criminales chechenos durante el último decenio, el 90% eran chechenos. A chechenos adinerados los secuestraban hasta en Moscú, después los llevaban a Chechenia, y allí exigían por su vida un rescate de millones de dólares. No es de extrañar por ello que el 96% de los participantes del referéndum sobre la Constitución de Chechenia, celebrado en 2003, se manifestaron a favor de considerar la república parte inseparable de la Federación de Rusia. Pues ello significaba el cese de la guerra y la violencia criminal y el logro de una relativa estabilidad. Conviene señalar a propósito que en 2004, en las elecciones presidenciales de toda Rusia, a Vladimir Putin, quien personificó en el conflicto a la parte federal, le dieron sus votos el 93% de los electores chechenos.

Pero el crac del proyecto separatista de “Ichkeria independiente”, que redundó para los chechenos en “guerra de todos contra todos” e hizo que la república se transformara en plaza de armas para el terrorismo islámico, tampoco llegó a ser plena e incondicional victoria de la parte federal. En diciembre de 1994, las tropas rusas entraron en Chechenia para imponer allí “orden constitucional”. Los políticos de Moscú creían (o por lo menos manifestaban en público) que se podía “apaciguar a Chechenia” muy rápido y “sin derramar mucha sangre”. En realidad, el problema checheno no podía resolverse con el empleo de la fuerza. Hace poco el presidente Putin firmó una disposición que prescribe retirar de la república durante los próximos dos años las unidades que se encuentran allí teniendo el estatuto de provisionales. Las funciones de éstas (incluidas las de la lucha antiterrorista) van a pasar a los militares y los policías chechenos. Lo más sorprendente consiste en que el núcleo de esta nueva fuerza, sobre la que se apoyan en Chechenia las autoridades federales, lo compongan los ex extremistas amnistiados o aquellos que depusieron las armas bajo fianza de las autoridades locales. El primer ministro de Chechenia, Ramzan Kadirov, eventual candidato a la presidencia de la república, combatió contra Rusia durante la primera campaña chechena. Varios participantes activos de ésta actualmente son parlamentarios. A pesar de que la guerra terminó y el estatuto constitucional de Chechenia ya no se pone en tela de juicio, la república no ha llegado a ser una entidad “como otras” de la Federación de Rusia. Durante la guerra Chechenia se islamizó en alto grado, se legalizó de facto la vendetta, sigue en estado de abandono la esfera social, los nuevos puestos de trabajo se crean sólo en estructuras administrativas e en instituciones de fuerza. Las sangrientas purgas étnicas de la década del 90 llevaron a que los empresarios rusos ya temen tener que tratar con los chechenos, en la república se experimenta una falta crónica de la mano de obra de alta calificación. Es obvio que la plena integración de Chechenia en la Federación de Rusia, a nivel de una entidad “normal” de ésta, como lo son, por ejemplo, Tartaria y Bashkiria en la región del Volga, u Osetia del Norte en el Cáucaso, está muy lejos todavía.

Desde el comienzo mismo, en el conflicto checheno estuvo presente una parte más: los principales países de Occidente, los que en más de una ocasión ofrecían su mediación a Moscú, exhortándola a sostener negociaciones con los separatistas y extremistas y viendo en Chechenia una entidad administrativa nueva, independiente de Rusia. Ni siquiera el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 le incitó a Occidente a renunciar por completo a presionar sobre Rusia en esta cuestión. Sólo en los últimos tiempos, después de que Occidente, y especialmente EEUU, chocaran con colosales y absolutamente imprevistos problemas de índole militar y política en Irak, ellos empezaron a reconocer de modo indirecto que la variante del arreglo político en Chechenia que estaban proponiendo ellos era la más utópica de todas las imaginables y, desde luego, mucho menos eficaz que el arreglo político que logró realizar Rusia en Chechenia.

La primera guerra chechena – durante la cual los separatistas respaldados por Occidente enarbolaban la bandera de la “Ichkeria independiente”, mientras que las autoridades federales pretendían imponer “orden constitucional” en la república – estalló en la época de grandes ilusiones. Eran unas ilusiones de carácter planetario, relacionadas con la fe en lo infalible de la globalización, en el carácter universal de las recetas liberales y la soberanización étnica total como porvenir luminoso de toda la Humanidad. En parte aquellas ilusiones descansaban sobre una base real. No hacía mucho que se había desintegrado la URSS, las ex repúblicas soviéticas se proclamaron Estados independientes, anunciando para todo el mundo que iban a avanzar hacia la democracia y la economía de mercado. Era reciente el ejemplo de la separación absolutamente pacífica y civilizada realizada en Checoslovaquia, y hasta las guerras que estallaban en Yugoslavia parecían ser conflictos locales, fáciles de arreglar con esfuerzos de la comunidad mundial.

Pero para Rusia, igual que para Chechenia, ese guión resultó ser absolutamente inaceptable. Se necesitaron casi diez años de la guerra, el desenfreno del terrorismo y su cruel aplastamiento, para llegar a comprender que aquí se debía buscar otras vías de coexistencia y avance conjunto. Precisamente esta comprensión constituye la medula del actual arreglo político en Chechenia. Y puesto que tal comprensión existe, se puede afirmar que el arreglo político en ésta se ha hecho realidad.

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Yuri Filippov, para RIA Novosti.


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