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Etiquetas:   Carta al director  

Los falsamente auténticos

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 4 de septiembre de 2006, 19:37 h (CET)
“Mas nos busquéis disonancias;
porque, al fin, nada disuena,
siempre al son que tocan bailan.”


Antonio Machado

Hubo un tiempo en que todo el mundo estaba más o menos seguro de quién era quién. Los conservadores eran conservadores y los socialistas, socialistas. Los comunistas eran comunistas y los anarquistas, anarquistas.

Ese tiempo no fue nunca exactamente como lo pinto. Molière creó Tartufo, pero innumerables tartufos reales precedieron al literario. La hipocresía y la falsedad han existido probablemente desde los comienzos de la historia.

Sin embargo, hay hipocresía e hipocresía. Una cosa es ser hipócrita de vez en cuando y otra serlo, por decirlo así, profesionalmente. Esta última clase de hipocresía es la que parece haber sentado sus reales en la sociedad, y especialmente en sus “clases dominantes” . Hasta uno se pregunta si puede ser de otro modo. Si se es presidente de varios Consejos de Administración, ¿se puede evitar ser hipócrita?

¿Quién, siendo hipócrita, se atreverá a calificarse de tal? Unos llamarán al ser hipócritas ser “realistas” o “pragmáticos”; otros ser “prudente”: la palabra “hipócrita” no tiene buena prensa.

En Mayo del 68, alguien que en estos momentos ha pasado ya bastante la raya de los cincuenta, dijo: “Los de treinta para arriba son hipócritas y, por lo tanto, menos vivos, espontáneos, etc., que los de treinta para abajo”. Es cierto que algunos de menos de treinta años, que se comportaban como si tuvieran treinta, o más, seguían siendo poco de fiar, pero en todo caso, no había que fiarse en absoluto de nadie que tuviese más de treinta.

Llamamos a los de treinta para abajo los auténticos y a los de treinta para arriba los falsos. Los falsos solían estar instalados en el mundo y llevaban a cabo cosas de escaso interés, tales como trabajar, casarse, juzgar el prójimo, confeccionar estadísticas, discutir jugadas de fútbol, etc. Los auténticos no comulgaban con ninguna de esas ruedas de molino.

Los auténticos consideraron que el signo más inequívoco de la autenticidad era el hacer cada uno “su propia cosa” . Bien, pero, ¿no era eso justamente lo que hacían los falsos? Si el falso era falso, ¿qué más podía pedírsele? Hacía “su propia cosa” y por tanto, era auténtico. De este modo, ya no se sabía bien –de nuevo- quién era quién. ¿No serían entonces auténticamente falsos los que eran falsamente auténticos (o viceversa)?

En esta embarazosa situación, cierto número de gentes, que no eran ni falsas ni auténticas, sino simplemente cínicas, trataron de poner orden en el caos. Los cínicos era gente que sabía -¡y cómo!- lo que traían entre manos. Para empezar sospecharon que debía haber algo común a los falsos y los auténticos, y concluyeron que sería deplorable desaprovechar esta interesante situación histórica. Pusieron entonces manos a la obra. Los cínicos no se sienten cohibidos por ninguna especie de ideología. Algunos de ellos tienen más de treinta años, otros menos, y otros exactamente treinta, pero todos hacen verdaderamente “su propia cosa”, y han logrado persuadir a muchos, auténticos y falsos, a que hagan lo mismo.

¿Serán los cínicos los que ganen la partida? No parece imposible, porque esa gente no se para en barras.

Por fortuna, como dice un dicho muy bien dicho, se puede engañar a parte de la gente, todo el tiempo, y a toda la gente parte del tiempo, pero no a toda la gente todo el tiempo.

Llega un momento en que se descubre la trampa: los cínicos son, a la postre, falsos: comercializar la autenticidad es lo más hipócrita. Pero entonces, ¿cómo distinguir entre lo auténtico y lo falso? Y es que, como dijo el poeta: “Todo lo que está pasando / es lo que yo me temía / y me estaba figurando”.

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