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'In memoriam', Antonio Díaz Miguel

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 4 de septiembre de 2006, 19:37 h (CET)
Cuando uno era pequeño, decían los entendidos ― entendidos los ha habido en todas las épocas ― que el español era un ser especialmente dotado para los deportes individuales. Que de los colectivos nada de nada. Y citaban ejemplos inefables: Bahamontes, Ocaña, Santana, Mariano Haro, Ángel Nieto, Paulino Uzkudum, Pedro Carrasco, Urtain o Paquito Fernández Ochoa.

Y se tragaban sapos inmensos: la selección española de hockey sobre patines, por aquel entonces, ya ostentaba no sé cuantos entorchados mundiales y europeos, siempre en dura pugna con nuestros vecinos portugueses y en fútbol, gracias a la cabeza de Marcelino, España campeonó Europa en 1964. Pero los entendidos ya se sabe, entienden y su opinión era la oficialmente válida.

Han tenido que transcurrir un montón de años para que los deportes de equipo hayan desmontado dicha teoría y alcanzado el lugar que les corresponde en nuestro país: primero fue el balonmano, que en el 2005 se proclamó Campeón del Mundo. Hoy, 3 de septiembre de 2006, es el baloncesto, el básket como se dice ahora, el que se ha posesionado del cetro mundial de esta modalidad deportiva.

Y lo ha hecho con todo merecimiento: 17 partidos consecutivos sin perder (8 de preparación y 9 oficiales). Los ha ganado todos y, exceptuando la semifinal con Argentina, donde el pánico provocado por la lesión de Gasol pudo echar por la borda el gran trabajo realizado hasta entonces, con amplias diferencias.

En España, el básket entró allá por los años veinte de la mano de un sacerdote salesiano llegado de Cuba, el padre Eusebio Millán quien, convencido de las cualidades del deporte de la canasta, hizo de su enseñanza un segundo sacerdocio. La Copa Nacional, aunque no de manera continua, comenzó a disputarse en 1933 y la primera Liga española no se celebró hasta la temporada 1956-57, siendo su primer campeón el Real Madrid.

Desde entonces, el básket ha ido trabajando en silencio, a la sombra de ese monstruo que es el fútbol. Los colegios han sido núcleos decisivos para su difusión y desarrollo. Raro es el centro escolar que no practica o ha practicado un deporte, cuyos únicos requisitos para formar un equipo son una cancha de dimensiones reducidas y un número también corto de jugadores. Ah, y un balón. Cimentado en estos mimbres, el baloncesto profesional de nuestro país, la ACB, ha configurado una liga de élite, donde se dan cita jugadores de los cinco continentes, muchos de ellos de primerísimo nivel.

Y este 3 de septiembre, el esfuerzo anónimo y callado de la ACB, de esos árbitros, entrenadores y monitores que trabajan con la base, se ha visto recompensado con el éxito más absoluto: el título mundial, conquistado en Tokio ante Grecia, por 70-47. Me alegro horrores por la gran familia de baloncesto, me complazco y me siento enormemente satisfecho.

Pepu Hernández, anterior entrenador del Estudiantes, ha conformado un bloque, que ya venía trabajando con éxito y títulos desde las categorías inferiores. Y este hombre y su barba, que seguro le ayuda a pensar, junto con su equipo de colaboradores, ha desarrollado una labor de enorme valor. Sabiendo que su selección era deudora de un jugador de la calidad y prestigio de Pau Gasol, desde el primer momento ha vendido a sus pupilos la idea del equipo. Vender la idea de un equipo a un colectivo deportivo no es un fraude, al contrario. Es una señal de madurez y de respeto para todos sus miembros. Porque si, como ha ocurrido, en un momento determinado no puedes contar con la estrella de la que dependes, ¿qué ocurre? Que se va todo al traste. Sin embargo, con la filosofía predicada por Pepu Hernández, el equipo, la selección, en el momento de la verdad, ha dado la imagen de equipo más férrea, solidaria y firme.

Aún existe otro valor añadido en el trabajo de este técnico: la mentalidad defensiva. Pepu Hernández conocía que el balón unos días entra más y otros menos, porque la técnica se puede aprender pero el acierto no se puede garantizar, entre otras cosas porque el contrario también cuenta. Pero también sabía que un jugador profesional siempre debe aportar algo: el trabajo defensivo. La defensa es un estado mental, que requiere una voluntad de hierro, una enorme capacidad de concentración y una buena condición física. Y ése y no otro es el gran mérito del seleccionador español: la defensa (individual y en zona, las ayudas dos contra uno, las pocas faltas personales cometidas) ha brillado a una gran altura durante todo el campeonato. Que se lo pregunten a Nowitzky o a la propia Grecia, a la que han dejado en 47 puntos en la Final, la segunda menor anotación de un equipo durante todo el torneo.

Pero no puedo ni quiero terminar este artículo, sin acordarme de alguien. Alguien que durante toda una época, con su buen hacer, su enorme voluntad, sus aciertos y errores, marcó la trayectoria del baloncesto nacional y lo subió de nivel. Me refiero al fallecido técnico manchego, Antonio Díaz Miguel. Seleccionador eterno y diseñador de moda, alternando ambos oficios, difundió infatigablemente el baloncesto por medio de clínics y conferencias por todo el pentágono peninsular. Ojalá, hoy, Díaz Miguel, don Antonio, desde su tumba o desde donde se encuentre, haya saboreado este triunfo al que tanto contribuyó él con su entusiasmo denodado.

‘In memoriam’, Antonio Díaz Miguel, Campeón Mundial emérito.

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