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'Alatriste': honroso fiasco
Gonzalo G. Velasco
Vaya por delante que el mero hecho de que en España alguien se plantee rodar una película histórica, de corte aventurero, y con vocación internacional, es sin duda una esperanzadora novedad dentro de este secarral de vocación didáctica y anticomercial en que se ha convertido nuestro cine, sin embargo, algo así no basta para redimir los pecados de una cinematografía patológicamente reñida con el espectáculo. Sobre todo cuando el resultado cojea tanto como la última película de Agustín Díaz Yanes.
Alatriste, versión cinematográfica, condensa en dos horas y media elementos aislados de los diferentes libros ideados por Arturo Pérez Reverte, cinco novelas en las que el escritor recuperaba para la ficción, con gran acierto, la atmósfera sucia y crepuscular del fin de la hegemonía española en el mundo durante el siglo XVI, a fin de enriquecer dramáticamente una serie de argumentos de capa y espada de clara inspiración clásica. Pues bien, ese mundo agónico en el que se mueve el capitán Alatriste, es análogo, en términos estrictamente cinematográficos, al marco en el que se mueve hoy en día el séptimo arte en España, con la salvedad de que en este aspecto, nuestro país nunca ha tenido una historia gloriosa. Por ello, el estupendo final de la película (tal vez lo más reivindicable del conjunto aún siendo muy poco original), con los moribundos soldados españoles de los tercios de Flandes enfrentándose ante un enemigo más poderoso sin posibilidad alguna de victoria, constituye una metáfora no buscada del destino del propio film, que al igual que estos soldados, muere con honra, pero sin gloria, en el campo de batalla del cine que nunca pasará a la historia.
Y es que Alatriste, aún beneficiándose de un dignísimo diseño de producción, unas interpretaciones muy sólidas (incluso por parte de actores que usualmente se mueven entre la mediocridad y la corrección, como Eduardo Noriega) y un exhaustivo proceso de documentación que repercute de manera más que positiva en la verosimilitud del relato, no consigue arrancar en ningún momento por culpa de lo farragoso de un guión soporífero y mal estructurado, lo anodino de la labor de dirección de Díaz Yanes, carente de todo pulso, y algunas decisiones de casting tan desconcertantes como fallidas (Blanca Portillo encarnando a un alto cargo de la inquisición, el propio Viggo Mortensen, con sus sonrojantes dificultades para disimular su acento argentino).
Desde luego, Alatriste no será la película que obre el milagro de resucitar el esclerótico cine español actual, pero al menos lo ha intentado, y sólo por ello, merece un respeto y un aplauso. A ver si al menos el ejemplo cuaja y a algún otro productor se le da por explorar el pasado histórico de nuestro país, cuya riqueza de acontecimientos épicos, consecuencia directa de una extraordinaria riqueza de fracasos, debe ser reivindicada a lo grande de una vez por todas.
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