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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

La cara de Gasol

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 3 de septiembre de 2006, 04:42 h (CET)
La cara es el espejo del alma dice con razón un dicho popular, pero todos hemos observado los cambios de expresión experimentados por momentos en el rostro del invicto jugador de baloncesto, el internacional Pau Gasol desde sus inicios hasta el mismo día de ayer cuando estaba a punto de conseguir su sueño más alto internacionalmente hablando, el de llegar a la final en una copa del mundo de baloncesto.

A poco que le hayan seguido estarán de acuerdo conmigo en que la cara de Gasol al irse a Norteamérica se asemejaba al de un joven formal, cara de niño bueno con ciertos aires helénicos, buscador de aventuras o forjador de su propio destino. Sobre su rostro, se dibujaba una gran sencillez pero también la seguridad del que se sabe victorioso, del que se sabe ganador sin abandonar una ingenuidad que por ejemplo le haría sorprenderse cuando al llegar a África como Embajador de UNICEF y visitar a un grupo de niños con sida le haría decir que no suponía que allí hubiera tanta pobreza.

A través de su rostro calibramos cómo anda el baloncesto internacional ya sea por aquí, cuando participa con la selección española, o al otro lado del charco, en su adoptivo Memphis.

Cuando sale su imagen en pantalla o en la prensa notamos su extraordinario esfuerzo, sus ilusiones, sus sueños... Pero para conseguir esos altos objetivos que le llevan a ser uno de los mejores jugadores del mundo, su dulce rostro se torna a veces en un rostro duro y combativo con toda la dureza que puede expresar este jabato del siglo XXI que le lleva a parecer y a transformarse en el humano más feo y en el más bestial deportista conocido de armas tomar. Si a esa cara temible y horrorosa le sumamos su reciente y larga barba, Gasol debe llegar a dar tanto miedo en la cancha por su espíritu combativo, por lo que no nos extraña que saque esos altos parciales. A muchos nos gustaría preguntar a sus rivales qué piensan del rostro aguileño y ceñudo o si se asustan de sus ataques certeros con su imagen de cruel guerrero en hostil campo de batalla. Hace tiempo que para sus fans llegó la “gasolmanía”, ahora con postiza barba para tratar de imitar a este campeón de todos los tiempos como se hizo ayer en la sede japonesa.

Pau se transforma a cada instante cual su rostro, ora tierno, ora infantil, ora maduro, ora impasible, ora ingrato, ora guapo, ora salvaje, ora comprometido...

En el partido de semifinales contra el equipo argentino le hemos podido ver un rostro que refleja impotencia, la de no poder hacer nada en los últimos y decisivos minutos de un partido en el que cayó lesionado, salvo la tarea de aguantar estoicamente una bolsa de hielo atada a su zapato, hielo que le anunciaba un esguince de tobillo y la posibilidad, casi segura, de que no podría jugar en la deseada final del mundial campeonato.

La cara de Gasol de ese último minuto es desesperación, notablemente cardiaca, su cara llorosa expresa la emoción de un partido difícil pero victorioso, es la cara de un gran anotador de balones que teme que su penetrante mirada, desgraciadamente no se va a cruzar el domingo muy de cerca con esos otros luchadores griegos a los que físicamente tanto se parece.

Pau Gasol tenía la mirada desconsolada de los ojos de un niño de patio de colegio al que no le dejan jugar por no sé qué motivo justificado o caprichoso, tiene también la serenidad de los campeones, por supuesto físicamente le parece bastante a su hermano Marc Gasol quien juega con él codo con codo, pero nadie como él podría expresar en una cancha tantos rostros distintos y sinceros, tantos niveles de expresión humana, verdadero reflejo de sus sentimientos.

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