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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

La vaca és cega

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 3 de septiembre de 2006, 04:42 h (CET)
Una de las políticas más practicadas por el gobierno socialista es la de lo ‘políticamente correcto’. La de las cotas mínimas, la de la inserción de lo minoritario en los sectores dominados por la mayoría homogénea. Las mujeres, los inmigrantes, los jóvenes. Es turno ahora de los catalanes.

Por todos los problemas que han acarreado la presidencia del socialista independiente Maragall, se vio abocado Zapatero al deber de invitar al líder del tripartito a abandonar la candidatura a la presidencia autonómica. Para la Generalitat, evidentemente, era preciso un nuevo candidato catalán.

Dejando de lado la definición de lo que catalán significa (quizás uno no es de donde nace) en la que pocos núcleos se pondrán de acuerdo, parece que Montilla -catalán de adopción- fue elegido para preparar la campaña.

Maragall no tiene destino fijo, de momento. Montilla cambia escaño azul real por posible trono parcial. Alguien debe asumir el papel de ministro de Industria, Comercio y Turismo. Y en esta adecuación a la nueva situación no es aceptable un cambio desigual.

Por desigual entiendo el cambio que se establece entre dos partes de orden distinto, aunque no necesariamente antagónico. Este gobierno que aboga por la superación de barreras sociales que separan a las personas de las personas, se basa en la política -como dije más arriba- de las cotas mínimas.

Esto es, la permuta debe ser del tipo A por A y B por B. Mujer por mujer, extremeño por extremeño, catalán por catalán. Joan Clos por José (acaso Josep) Montilla. Correcto, para escoger a los candidatos a presidente de la Generalitat, debe seleccionarse a la persona más idónea de entre los catalanes.

Para escoger el sustituto de un ministro catalán del gobierno estatal, posiblemente no sea suficiente buscar entre los catalanes. Esta lógica responde al pensamiento de quien cree que no hay repuesto más adecuado para un componente de un subconjunto, que otro componente del mismo. Y desde la base social, sigo sin apreciar diferencia alguna entre discriminación positiva y discriminación a secas.

No pongo en duda la valía política de Clos. Debemos recordar, por otra parte, que es él el alcalde del Forum, del civismo impuesto y no pedagógico, del área verde de aparcamiento y de la reconstrucción de barrios modestos en grandes guetos de alto standing.

Sí, se leyó esta semana que ‘puede hacerse más por Barcelona desde Madrid’. Alguien se aventuraría a decir que ya se ha hecho bastante por Barcelona desde Barcelona.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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