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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El progreso mecánico

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 1 de septiembre de 2006, 03:32 h (CET)
“Y miro y solo veo
velocidad de vicio y de locura.
Todo eléctrico: todo de momento.
Nada de serenidad, paz recogida.
Eléctrica la luz, la voz, el viento,
y eléctrica la vida.”


Miguel Hernández

Se dice que esta época es más dinámica y apresurada que todas las otras, y si lo fuese no habría en ella nada anormal; pero a mí me asalta una sospecha terrible: el que sea una época de carácter completamente sedentario, obligada por sus creaciones mecánicas a moverse de un modo vertiginoso. Ello parecerá igual. No lo es, sin embargo. No es igual inventar la flauta para expresar un sentimiento musical que inventar el sentimiento musical para darle aplicación a la flauta. No es igual, en fin, mandar a las máquinas que ser mandados por ellas.

Siempre ha habido máquinas en el mundo, y si mister Ford se imaginó haber determinado por sí mismo una revolución industrial con su automóvil, estaba muy equivocado. Esa revolución la inició hace miles de años un hombre mucho más grande que él: el inventor de la rueda. ¡La rueda, la quilla, la vela, el timón...! Siempre ha habido máquinas en el mundo, pero jamás como un fin, sino como un medio, y así como antes lo primero era un propósito a realizar y luego la máquina para realizarlo, ahora se comienza por inventar la máquina, luego se ve a qué propósito puede responder, y después se realiza este propósito como si efectivamente, fuese un propósito de alguien. Y este es el hecho monstruoso de la civilización moderna.

Hay, por ejemplo, una infinidad de personas contrarias a ver la televisión; pero una vez inventada, la cosa ya no tiene remedio. La televisión supone un progreso, y no importa que este medio haya acabado con las conversaciones familiares. La mecánica manda. Somos los esclavos de las máquinas y no podemos tener gustos contrarios a sus funciones.

Y si esto se ve claro en alguna parte, es en las grandes ciudades más que en ningunas otras. Ríanse ustedes de esa especie según la cual todo el mundo tiene en ellas siempre mucha prisa. Como los vecinos de las grandes ciudades van constantemente de prisa, parece que en efecto, tienen prisa, y hasta es posible que ellos mismos crean tenerla, de igual modo que, como sólo ven televisión, parecen que la prefieren, y acaso ellos creen preferirlas a las conversaciones familiares; pero, ¿cómo no va haber personas ociosas, desapresuradas e incluso paradas en las grandes ciudades? De mí sé decir que yo no tengo jamás prisa ninguna, pero el progreso mecánico se nos impone con tal fuerza, que yo no tomo nunca un tren lento cuando puedo tomar uno rápido, así como, pudiendo hablar por teléfono con todo el mundo desde cualquier sitio, no hablo ya directamente con casi nadie. Después de todo, amigo lector, yo soy un hombre moderno. Soy un hombre de mi época, aunque, la verdad, preferiría serlo de cualquier otra.. Y me gustaría poder decir como el poeta: “Haciendo el hortelano, / hoy en este solaz de regadío / de mi huerto me quedo. / No quiero más ciudad, que me reduce / su visión, y su mundo me da miedo”.

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