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El invierno del patriarca

Anatoly Korolev
Redacción
jueves, 31 de agosto de 2006, 03:37 h (CET)
Poca gente se habrá fijado en la escueta noticia de que en un hospital de Brasil, algunas semanas después de someterse a una operación de hernia inguinal y apenas tres meses antes de cumplir 94 años, falleció el ex dictador Alfredo Stroessner, el general que había gobernado Paraguay con mano férrea durante tres décadas y media, nada menos.

Ese período de calma chicha no tiene precedentes en Latinoamérica cuyo acontecer político es tormentoso. Se habían retirado del escenario Trujillo, Somoza y Duvalier; había empezado a tambalearse el trono bajo Pinochet; y habían pasado algunos huracanes de nombre femenino, como Evita, pero la pausada época de Stroessner, iniciada en 1954, aún seguía proyectando su sombra sobre las llanuras de Paraguay.

El secreto para allanar el relieve político de esa nación, del tamaño de un Estado mediano de EE.UU., era sencillo: se había construido una docena de campos de concentración enormes para toda clase de rebeldes, contestatarios y tontos. La existencia de esos bestiarios contribuía a moderar visiblemente los ánimos de cuantos habían tenido la suerte de quedarse en calidad de espectadores. Los guaraníes – una tribu indígena de 250.000 personas – fueron sometidos a un escarmiento ejemplar que permitió sobrevivir a unos treinta mil, los más ‘educados’. Y en ese período de ‘educación nacional’, uno podía comprarse a un niño guaraní por veinte dólares y hacer con él lo que le diese la gana.

Otra manera de calmar los ánimos era la ‘libre reelección’ del presidente querido. Las apariencias democráticas se observaban de la forma más estricta: en el país había numerosos partidos de oposición; las urnas se colocaban directamente en la calle, frente a las oficinas policiales; y nadie se preocupaba por incluir a los candidatos de la oposición en las papeletas del voto, para no despistar a la gente. ¿Para qué, si un 10 por 100 se reservaba tradicionalmente a los votos en contra, por motivos de justicia?

El papacito nazi fue reelegido en nueve ocasiones consecutivas. También estaban 5.000 policías, más 14.000 efectivos del Ejército regular, más 60.000 reservistas, más 100.000 guardias nacionales y territoriales, por si acaso, para mantener el orden dentro del desierto paraguayo.

Los éxitos de esta nación sudamericana son capaces de impresionar a cualquier turista: el ganado vacuno tras el advenimiento de Stroessner creció a seis millones de cabezas, el doble en comparación con el número de habitantes.

El clima también cambió para mejor: la canícula tropical fue cediendo el terreno a las temperaturas propias de Munich.

Centenares de adeptos de Hitler, ex altos cargos de la SS, jerarcas y militantes del partido nazi, se precipitaron hacia esta tierra bendita para reposar en la sombra del águila paraguayo y recuperarse de las vicisitudes que habían acaecido sobre el Tercer Reich.

La verdad es que en ese paraíso, de vez en cuando, también se encontraba una que otra piedrecilla en el zapato. Así, los agentes de la Mossad detectaron entre esa multitud de ‘veraneantes’ la pista del doctor Josef Mengele, empeñado en restablecer la salud después de las noches que había pasado en vela como oficial médico de Auschwitz, intentando crear siameses artificiales o inyectando sustancias en los ojos de niños para cambiar su color. En un país que Stroessner había reducido al tamaño de un estadio, la llegada de este nazi, en 1960, no podía pasar desapercibida, a pesar de que Mengele se había teñido el pelo. Es probable que precisamente Stroessner avisara a su huésped de honor de que los agentes israelíes ya estaban pisándole los talones, y le diera la oportunidad de trasladarse un año más tarde a Brasil, donde Mengele vivió tranquilamente hasta la muerte.

La obsesión por el orden, en parte, era algo que Alfredo Stroessner llevaba en la sangre. Era descendiente de una familia de cerveceros alemanes que había emigrado a Paraguay hacia mediados del siglo XIX y, tras amasar una buena fortuna, pudo pagar la educación militar para su vástago favorito. Meticuloso, displicente, implacable, perspicaz y lleno de ambiciones, Stroessner hizo carrera brillante en el Ejército paraguayo, pasando de rangos intermedios a miembro del Estado Mayor General en cuestión de seis años. Transcurridos otros seis, ascendió a Comandante en Jefe del Ejército.

La continuación fue trivial - tras uniformar el relieve de un país sudamericano a la condición de un mantel alemán, Stroessner se dedicó a la vida feliz de un particular.

El 2 de febrero de 1989 fue un día pausado y tranquilo, eso sí, un tanto frío para la primavera paraguaya. Stroessner escogió esa fecha para retirarse del poder.

Todos los detalles habían sido pensados una y otra vez: sería un golpe militar, por respeto a las tradiciones, y el cargo de presidente pasaría a Andrés Rodríguez, obviamente, un general y, además, un consuegro, casado con la hija favorita de Stroessner. A la hora del desayuno, ella había prometido al padre que se encargaría de mantener a Andrés a raya.

En la noche del 3 de febrero, Rodríguez toma las riendas del poder. Mientras, Stroessner procura dormir un poco a bordo de un avión que le lleva a Brasil. Le espera allí asilo político y reposo garantizado en una mansión con vista al Atlántico.

Parece increíble que la Fortuna pueda favorecer tanto a los dictadores.
¿Por qué viven tantos años hasta morir a raíz de una hernia banal, en vez de ahogarse en la sangre de niños guaraníes, en una oleada de ira cuya altura se mide en 250.000 víctimas inocentes?

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Anatoly Korolev, para RIA Novosti.


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