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Etiquetas:   Pensatientos de un hombre o medio   -   Sección:   Opinión

Este año no

Sandra García Nieto

jueves, 31 de agosto de 2006, 03:37 h (CET)
Después de un inacabable año de madrugones, broncas con los niños en el desayuno, broncas con mi mujer por los niños, broncas en los atascos, broncas a la hora de aparcar, broncas con mi jefe por el ascenso, bronca con mis compañeros por el mismo ascenso, en definitiva, después de un año más, vuelven las ansiadas vacaciones. Y este año no va a ser como todos. Así que me he alquilado un apartamento en Levante a través de Internet. Un chollazo. 2000 euros quince días. Para cinco personas. De lujo. Con todo, menos piscina y parking, pero a tan sólo 100 metros de la playa. Así que montamos todo en el coche (y cuando digo todo, quiero decir todo: sombrillas, colchonetas, balones, raquetas, piscina inchable, nevera, la abuela, la silla de la abuela, el sonotone, etc…hasta un exprimidor, que dice mi mujer que nunca suele haber en las casas de alquiler) y nos adentramos felizmente en la autovía. Eso sí, muy temprano, que yo soy un hombre previsor y no quiero encontrarme con atascos. Aunque en el km 5 nos tuvimos que parar. Y no porque nos dejáramos a la abuela, no cayó esa breva, sino porque había unas quinientas personas tan previsoras como yo. Pero eso no me amargó, este año he jurado que no. A las doce horas llegamos a nuestro destino. A la abuela hubo que sacarla en brazos, porque se le habían quedado las piernas como disecadas.. Y nos pusimos a buscar el apartamento. Por fin lo encontramos.. Cuando acabamos de subir las cosas, que costó, porque no tenía ascensor, (cosa que me dio qué pensar) mi mujer tenía la misma expresión que Ernesto de Hanover ante un zumo de piña. O sea, no sabía qué hacer. Porque no había de nada, si exceptuamos más mierda que el palo de un gallinero. Eso sí, había exprimidor. ¡Cómo ha cambiado el concepto de “lujo”! Estuve a punto de llamar al número de Internet para quejarme, pero pensé, este año no. Además recordé que no venía ningún teléfono al que quejarse.

Daba igual. Estábamos de vacaciones y en la playa. Así que dormimos como pudimos, o sea fatal. Al día siguiente me levanté temprano, quería investigar un poco el panorama. Desayunar unos churritos y comprar el periódico. Pero parece que de nuevo otros me plagiaron la idea. Así que me tuve que conformar con un café aguado y comprar el único periódico que quedaba, o sea, el local. Ese que hablaba de cosas tan interesantes como la ruta que va a seguir la patrona del pueblo, o sea la vírgen de no se qué. Y lo que se había gastado el ayuntamiento en fuegos artificiales y en preparativos religiosos varios. Daba igual. Eran las 11. Hora de ir a la playa. Cargamos de nuevo con todo: sombrilla, colchoneta, etc… y nos dirigimos a darnos un chapuzón. Cuando ya llevábamos más de diez minutos andando volví a dudar. Y aunque no soy un hombre que calcule demasiado bien las distancias a mí como que me parecía que la playa estaba a unos 100 metros muy pero que muy largos. Por fin llegamos. Y de nuevo unos trescientos mil previsores se habían adelantado. No cabía ni una alfiler. Como pudimos nos asentamos pisando a una venerable anciana que me llamó de todo menos bonito. Lo más difícil fue lo de la abuela que pensaba que aquello era una residencia , (debido a la media de edad de los bañistas) y empezó a gritar que ella no quería estar entre viejos. Todo un show. Estuve a punto de hacer una locura. Pero recapacité. Este año no. En lugar de eso dije alegremente: ¡Todos al agua!. Ya que casualmente era el único sitio que no estaba lleno. Un cartel enorme con el que tropecé me hizo comprender por qué: ¡PROHIBIDO EL BAÑO: MEDUSAS! Lo peor fue explicárselo a los niños y convencerles de que era más divertido ir a la ducha y refrescarse, pero debido a la sequía, las duchas estaban cerradas

.Miento, eso no fue lo peor. Lo peor fue que mi mujer se empeñó en que formáramos parte de una especie de corro en el que los ancianos hacían ejercicios imposibles para su edad, que allí se llamaba aerobic playa, al ritmo de un entrenador mariposón llamado James que no dejaba de gritar: ¡Vamos, vamos, con ritmo! Sentí que mis riñones se encogían. Sobre todo cuando el tal James me dio un azote en el culo diciendo: “Ese culito, más garbo”. Era intolerable. Me daban ganas de decirle tres cosas a ese “Jaimito”. Pero me contuve. Este año no. Abandoné el grupo y me dirigí al chiringito.. Una cañita fría era lo que necesitaba. Extrañamente alguien de menos de setenta años me explicó que a la una se despejaba la playa, ya que todos los jubilados se iban a comer al bufet del hotel. ¿Todos? Me pregunté un poco extrañado. Y aguanté conversaciones sobre las mejores dentaduras postizas del mercado y dónde comprar bragas para la incontinencia hasta que llegó la hora. Y como por arte de magia, la playa se despejó. Aunque ya daba igual, porque el hambre apretaba. Después de recoger todos los trastos, nos dirigimos a un restaurante recomendado por no sé quién (porque si lo supiera lo mataría con mis propias manos) Y tras una larga cola, conseguimos comernos una paella de plástico que nos dio cagalera a todos. Con lo que nos pasamos toda la tarde en casa suero fisiológico. Y sin tele. Porque la antena no funcionaba. Supongo que se imaginan el panorama. Toda la familia peleándose por entrar al baño. Lo peor fue lo de la abuela, porque nunca le daba tiempo a llegar al servicio. Todo un poema. Bueno, al menos nos sirvió para hacer eso que llaman “convivencia familiar”. O sea: jugar al parchís, al tres en raya, a las prendas, a la oca, al tócame los…en fin, ya me entienden.

Pero no quisiera ser pesimista. El resto de los días no fueron tan malos. Íbamos a la playa a las nueve y comíamos en casa, pos si acaso. Participamos en las procesiones festivas siguiendo a la susodicha virgen no se sabe bien hacia dónde e incluso fuimos a uno de esos parques acuáticos que te cobran hasta por respirar. Nos hicimos doscientas fotos, todas muy divertidas: la familia en la playa, la familia en el faro al lado de la playa, la familia en el banco enfrente de la playa, la familia en el chiringuito…el de la playa, claro. Hasta que un día, mi pequeñín se despertó lleno de granos rojos muy desagradables. El médico de urgencias, después de seis horas de espera, dijo que se trataba ni más ni menos que de “pulgas”. Y como nosotros no tenemos perro, pues nos dio que pensar. Claro que en aquella casa que hubiera pulgas era lo de menos. Si alguna mañana al despertarme me parecía ver a los mismos ácaros fregando los vasos.

Estuve a punto de denunciar a aquella casa y aquella empresa, al Internet, al google, incluso al ayuntamiento del lugar y al Ministerio de interior o del exterior en su defecto. Pero luego lo pensé detenidamente y me dije…¡qué carajo, si el veraneo ya tocaba a su fin!

Además, estas estupendas vacaciones me han servido para comprobar tal y como dicen las estadísticas que no soporto a mi familia ni mi familia me soporta a mí. Así que cuando consiga el divorcio volveré a llamar a la dirección de Internet y el año que viene me vuelvo solo. A ver si con un poco de suerte me encuentro otra vez con James. Es que he descubierto que lo que verdaderamente me gusta es el aerobic playa.

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