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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Agua del cielo

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 29 de agosto de 2006, 00:21 h (CET)
“Y la canción del agua
es una cosa eterna”.


Federico García Lorca

La sequía siempre ha tenido ciclos acusados en España como las inundaciones y las riadas. Siempre ha estado servido el contraste en esta tierra. El agua en las poblaciones no traía más consecuencias sino el barro o la inundación. En el campo, el agua es bendición de hierbas verdes. Y si bien el contraste no tiene por qué ser negativo en sí mismo, lo cierto es que cuando la sequía llega a esta tierra, es que llega de verdad. Lo que hace que la sequía adquiera un signo además de preocupante, peculiar, es que las restricciones casi hayan coincidido en ciertos municipios con las del año pasado.

La fuerte sequía que sufrimos ha causado ya restricciones de agua en el abastecimiento de determinados municipios; ha reducido las expectativas iniciales de producción para la mayor parte de los cultivos agrícolas y ha causado múltiples daños, al tiempo que ha puesto también de manifiesto las graves carencias con que cuenta todavía nuestro país en materia de infraestructuras hidráulicas.

Existen importantes déficits en la infraestructuras de abastecimiento urbano de recursos hídricos. Es evidente que la actual red de embalses es totalmente insuficiente. Todo ello tiene un grave repercusión económica ya que el agua es un recurso escaso y estratégico en nuestro país, de un coste cada vez mayor y del que desaprovechan, sin embargo, gran parte de sus posibilidades de reciclaje y reutilización. Las infraestructuras de saneamiento y depuración de las aguas residuales son totalmente insuficientes. En España al inicio del siglo XXI, la población servida por depuradoras sigue siendo porcentualmente inferior a la media de la OCDE.

La sequía también pone en evidencia la pertinaz desigualdad que padece nuestra tierra.

El agricultor tiene para el cielo en su desperezo de madrugada, su primera preocupación y su primera esperanza. De allí le vienen el agua que fecunda y el sol que fructifica. Para mirar el cielo el agricultor no necesita de violencias, lo encuentra a ras de las escasas tapias de sus patios, en horizonte amplio y con mirar lejano. Lo encuentra en todas sus perspectivas. Cielo y tierra se confunden en la lejanía.

En las grandes ciudades, por el contrario las perspectivas se empequeñecen, el cielo parece que ha subido más alto, no podemos mirarlo sin sentir la fatiga de la postura violenta.

Pero en el campo, muchos trabajadores de la tierra, sin embargo han dejado de mirar al cielo, aunque lo vean con sus propios ojos y en todos los horizontes, lo miran como algo extraño. Para mirar al cielo como cosa propia, para mirarlo con alegría y con amor, hace falta esperar algo de él. El cielo le resulta tan extraño a los jornaleros como la tierra que trabajan.

En Andalucía, los pocos propietarios de la tierra, esperan que baje el agua a sus tierras. Y cuando su cielo no se acuerda de enviar a tiempo el agua, a falta de un cacique que le gestione la lluvia, recurren al Patrón del pueblo, y lo pasean solemnemente a cambio de que le consiga lo que desean, no en balde le han dedicado una calle en el pueblo y le han costeado la banda de música para que no haga oídos sordos a sus peticiones.

Los jornaleros ven pasar la procesión. No tienen tierras que necesiten agua del cielo. No esperan nada del cielo. Si cae la lluvia, no encontrará una espiga de la que sean propietarios.. No tienen nada. Viven sin tierra ni cielo. No han venido al mundo más que para ser espectadores de abundancias ajenas y actores de sus propias miserias. Y como dijo el poeta gaditano: “Y grandes tierras sin riego, / con sed de siembra, con sed / de las manos del labriego”.

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