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¿Cuánto da de sí España?

Pascual Falces
Pascual Falces
martes, 29 de agosto de 2006, 00:21 h (CET)
La no interrumpida cadena de disparates del gobierno que conduce España desde que le fuera propicio el sangriento atentado del once de marzo de 2004, deja escaso lugar para el asombro. Si esto fuera posible, todavía, sin duda que el Psiquiatra General del Estado –cargo que, todavía, tampoco existe-, habría actuado de oficio contra el presidente de la Junta Islámica Española. Este audaz ciudadano, en el mencionado clima, presentó el pasado 24 de julio, en el Registro de la Consejería de Presidencia de la Junta de Andalucía una solicitud oficial. En ella, se pide el derecho preferente a la nacionalidad española de los descendientes de los moriscos expulsados tras el decreto de 1502 de Isabel la Católica. Dos siglos después, en 1609, Felipe III, firmó, otro decreto de expulsión y, como en aquel, se atendía exclusivamente a la religión y no a la raza.

La solicitud presentada aduce, que, en "este tiempo de alianza de civilizaciones ha llegado la hora de reparar este olvido histórico". Esta "alianza", insignemente promovida por Rodríguez Zapatero, podría acarrear un nuevo "efecto llamada", como el ejercido entre los africanos de raza negra cuyo sueño europeo comienza por una breve estancia en Tenerife. Ya disfrutan de tal atención los judíos sefardíes, los iberoamericanos, portugueses, filipinos, andorranos, ecuatoguineanos y gibraltareños. Es decir, a todos aquellos que han tenido alguna relación histórica o de sangre con España. Más, hasta ahora, se habían olvidado de los que habitaron Al-Andalus, y que eran tan españoles como el que más, porque nacieron y vivieron durante ocho siglos en la Península, y tan sólo hace cinco que se fueron de malas maneras. “Ha llegado la hora de reparar este olvido histórico y este agravio comparativo”, según cree oportuno el solicitante.

Si aún pudiera asombrarse la gente, sin duda, que, se le caerían “los palos del sombrajo”, es decir, llegaría al supremo desconcierto. Pero un pueblo como el español, ni se asombra, ni se avergüenza de sus ancestros. Incluso, sus ilustres descendientes en lejanas tierras, o allende los mares, que también se dice, como Carlos Fuentes -gloria de contemporánea de la literatura castellana-, presume de ser descendiente, al menos, “de árabes, judíos y cristianos (rayado, además de negro y azteca)”. Por lo tanto, no es cuestión de racismo como en los países anglosajones, sino de que “el solar patrio”, no dará más de sí como reconozca ciudadanía de derecho, a los millones que se acrediten según las leyes al uso. Otra cosa será que la deseen cambiar por la que actualmente disfrutan, pero, desde luego, aquí, ningún político se la negará.

Es muy posible que detrás de cada recién nacionalizado haya un voto agradecido; y, lo es, también, que la oferta de mano de obra siga superando a la demanda, pero esta llamada universal a la españolidad evoca el cohete que cada mañana pamplonesa, en Sanfermines, precede a la apertura del portón del ganado desbocado. Hace no muchos años, la Hispanidad era como otros fuegos artificiales que se expandían hasta donde había llegado un español aportando su idioma y cultura, más, hoy se ha convertido en la oferta de un pasaporte europeo. ¿Cómo verán los países europeos –25-, que, uno de ellos, ejerza el papel de “banderín de enganche”? ¿Saldrá de entre ellos un legado que actúe de Psiquiatra General del Estado Español?

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