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Una oportunidad para Mijail Gorbachev

Andrey Kolesnikov
Redacción
lunes, 28 de agosto de 2006, 01:46 h (CET)
Él ha envejecido, está un poco irritado, interrumpe al experimentado reportero a quien está concediendo la entrevista y lo trata de “tú”. No cree en que la Unión Soviética se haya desmoronado por la implacable lógica de la Historia, pero no por voluntad de los miembros del Comité de Estado para la Situación de Emergencia (GKChP), los que en agosto de 1991 intentaron destituir al presidente de la URSS. No le gustan aquellos que vinieron a relevarlo. No siente simpatías hacia Boris Yeltsin, lo pone furioso la mera mención del nombre de Yegor Gaidar, quien en la década del 80 figuró entre quienes escribían sus discursos y lo asesoraban. En cambio, explica animado por qué le gusta Vladimir Putin.

Mijail Gorbachev acaba de escribir un nuevo libro que se titula “Comprender la perestroika. Por qué importa hacerlo hoy día”. No creo que el escrito llegue a ser un bestseller. En una de las librerías grandes de Moscú oí sin quererlo una conversación que sostenían dos ancianos, al comentar el libro con irritación no menos expresa que la de él. Y lo volvieron a colocar en el estante, manifestando con desprecio casi a coro: “¡A quién le interesa él hoy día!”. Ellos creen que fue Gorbachev quien deshizo a la Unión Soviética, lo que es una lisonja para él. Es que el primero y el último presidente de la URSS no era capaz de desmoronar el imperio por mucho que se esforzase por conseguirlo. Gorbachev no hizo sino asistir a una catástrofe. El problema radicaba sólo en lo rápido y lo doloroso de su realización.

En el libro “Comprender la perestroika”, Mijail Gorbachev intenta probar lo opuesto. (Lo habrá escrito precisamente con este fin, quizás). “Parecía que todo había confluido bien en julio de 1991, al término del camino recorrido desde abril de 1985. Se creaban premisas para sacar de la crisis al país y hacer avanzar las transformaciones democráticas. Por ello el 4 de agosto me fui de vacaciones, seguro de que dentro de dos semanas en Moscú se suscribiría el Tratado de la Unión”, escribe él.

Pero al cabo de dos semanas se produjo un putch, de zarzuela por la forma y de tragedia por su esencia, que aceleró la desintegración del imperio. Del GKChP formó parte toda la cúpula gobernantes de la URSS, la que no tenía divergencias serias con Mijail Gorbachev, menos una: respecto a la permanencia de él al timón del país y los planes de firmar el Tratado de la Unión de Estados Soberanos. Ellos sostenían que el tratado en cuestión pondría fin a la existencia de la Unión Soviética. Y así era en realidad, el documento sólo podía alargar la agonía. Pero al tomar el poder, los confabulados descubrieron que no podían disfrutarlo, porque ya no había qué dirigir. No había economía ni finanzas, el país que ellos pretendían gobernar valiéndose del régimen de situación de emergencia se deshacía a ojos vistas. El ministro del Interior se pegó un tiro, el primer ministro se emborrachó, el titular de Defensa no se atrevió a dar orden a disparar contra la gente y el presidente del KGB llegó a comprender lo absurdo de su ex poderío.

Las piernas de arcilla de un país gigante, la desaparición del cual no podía predecir a finales de los años 1980 ni un servicio de inteligencia occidental, se fracturaron al recibirse sólo un empujón no muy fuerte.

Pero Mijail Gorbachev vuelve a defender siempre la misma tesis: se podía salvar a la Unión Soviética, y él había hecho todo lo que hacía falta para ello. “El putch minó las posiciones del presidente de la URSS y de las autoridades federales. Hacia aquel momento, según ya escribí antes, estábamos redactando un nuevo programa del partido y nos acercamos a la etapa de realizar profundas transformaciones”, dice él. Pero el nuevo programa del Partido Comunista difícilmente podía interesar a alguien que no figurase dentro de la nomenclatura soviética.

Y en cuanto a la etapa de profundas reformas, en otoño de 1990 Gorbachev se negó a realizar el llamado “programa Shatalin – Yavlinski”, ordenando fundirlo con otro más conservador, preparado por el Gabinete de Nikolay Rizhkov. Con ello se perdió, probablemente, la última oportunidad para acometer las transformaciones reales. El Gobierno de Valentín Pavlov (quien más tarde figuraría entre los confabulados) que llegó al poder en enero de 1991 ya no era capaz de hacer nada, sólo se limitaba a apagar el incendio financiero y tapar la brecha cada vez más grande en el presupuesto nacional. ¿De qué reformas puede tratarse si Nikolay Rizhkov y Mijail Gorbachev a partir de 1988 estaban hablando de la necesidad de realizar sin dilaciones una reforma de precios, pero no se atrevieron a hacerlo ni al cabo de dos años?

“Para mí en persona la tragedia consistió en que al asestarles a los putchistas el golpe decisivo el 18 de agosto y declinar su ultimátum, yo perdía la oportunidad de mantenerme en el poder y proseguir las reformas comenzadas”, hace constar Mijail Gorbachev. Lo de haber perdido el poder el presidente es pura verdad. En esencia, hasta la dimisión oficial, presentada por Gorbachev el 25 de diciembre de 1991, en la Unión Soviética se vivía una crisis de desgobierno, el propio país existía sólo en el papel.

Mijail Gorbachev es una figura trágica. El pretendió reformar un Sistema que no se prestaba a reformación, sólo podía deshacerse. Esto es lo que él no ha comprendido, procurando “comprender la perestroika”, la criatura de él, y tampoco ha sido comprendido por el país. Un sondeo realizado por la fundación Opinión Pública muestra que a la pregunta: ¿bajo qué dirigente vivía mejor el pueblo? , la gente responde: bajo Leonid Brezhnev (46%), Yuri Andropov (8%), Stalin (6%), Nicolás Segundo (6%), mientras que Mijail Gorbachev cierra la lista con su 2%, cediendo hasta a Boris Yeltsin y Lenin.

Es un drama de incomprensión mutua. “No me quejo de mi destino. Aunque no desearía uno igual a otras personas. Tuve pérdidas y tenía que responder por todo, hasta hoy día lo estoy pagando. Pero pese a ello considero que el destino ha sido generoso conmigo, pues me ofreció una oportunidad única”, escribe Mijail Gorbachev. Desde el punto de vista de la eternidad, Mijail Gorbachev ha aprovechado su chance.

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Andrey Kolesnikov, para RIA Novosti.


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