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Hoy las municipales, mañana el mundo

Óscar Arce
Óscar Arce
domingo, 27 de agosto de 2006, 04:49 h (CET)
Por la decisión del gobierno, se triplicará el número de inmigrantes que podrán ejercer el derecho a voto en los próximos comicios municipales.

Es cierto que quienes quieran entrar en el juego deben aceptar ciertas normas. También es cierto, como he leído esta semana en un comentario de Terricabras, que suponemos que los inmigrantes de la Unión están habituados al respeto por la elección de la mayoría y tienen una cierta idea de lo que queremos decir con Democracia, aunque nunca hayan visto una de cerca.

Lo que nos asusta enormemente es el colectivo de inmigrantes que provienen de estados en los que la democracia es (todavía) menos perfecta que la nuestra, o incluso no saben lo que es participar en una votación sin amañar o sin coacciones.

De estos últimos, nos parece temible que desmonten lo que tantos años y tanto esfuerzo ha costado implantar en la opulenta Europa. El laicismo en las instituciones, la separación de poderes, la elección popular de los representantes.

Por eso, es necesario el compromiso por parte de ambos bandos: no hay que regalar derechos gratuitos, de aquéllos que no precisan de la realización de ciertos deberes. No hay que hacerlo, simplemente porque los pactos determinan -y deben determinar- la configuración estructural de las instituciones sociales.

Dentro de esa configuración, juega un papel decisivo la figura del inmigrante. El inmigrante en constante tránsito, aquél que está en continua inmigración. El estudiante dejará de serlo, el adolescente se tornará adulto. El inmigrante no podrá abandonar el proceso y convertirse en ciudadano, habitante, o simplemente persona, si no es mediante el esfuerzo de unos y de otros.

Con estas condiciones, el voto debe ser universal para quien decida entrar de lleno en el funcionamiento institucional europeo.

Pese al probable rechazo por parte de algún sector a una medida que permita la inserción del inmigrado, ningún esfuerzo será fructífero a la hora de mantener un modelo social que se nos antoja tradicional y, por ello, establecido desde tiempos antiguos.

Lo cierto es, por el contrario, que lo tradicional no suele ser tan maduro como creemos, y que el cambio es el motor de la sociedad. Eso sí, las mutaciones se realizan de forma tan tácita que, como el movimiento de la tierra, solamente nos damos cuenta cuando nos sorprende el ocaso o empezamos a desempolvar la ropa de invierno.

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