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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Maletas y equipajes de mano

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 27 de agosto de 2006, 04:49 h (CET)
Era media noche. Tras dos horas de un buen vuelo y un mejor aterrizaje, aplaudido por los pasajeros por la buena comandancia, que no siempre está el personal de los aeropuertos como para que les aplaudan, llegamos a la zona de recogida de equipajes. Parte del grupo se pasó del número de sala que nos habían asignado y nos vimos de lleno frente a una zona oscura donde las maletas danzaban vertiginosamente a su libre albedrío, sin una mirada que las vigilara, sin una mano que las tomara del asidero, sin un dueño que les diera sentido a la función para la que había sido inventadas.

La falta de luminosidad me hizo pensar que todas eran grises sin serlo, que todas estaban tristes en su mareante cometido, que todas estaban allí perdidas y descuidadas durante muchos vuelos. Era una sala inhóspita, como una vieja y fría sala de estación de tren de invierno. Todavía mi cinta no había comenzado a escupir maletas por su lengua dinámica, por lo que intenté acercarme a una de esas maletas grises al parecer perdidas, buscar una dirección, un teléfono, por el que alguien recuperase los recuerdos de su último viaje, pensé que así al menos alguien valoraría con ella la ropa y los enseres que albergaba, pero enseguida descarté esa idea y me retiré de la cinta de sombras; en los últimos tiempos de amenazas terroristas no están los equipajes para que nadie se meta a descubrir o adivinar de quién es lo que albergan, ni siquiera por intentar colaborar en lo que se asemeja a un caos de organización tal, que te hace suspirar hondamente cuando al fin identificas el color y volumen de tu carga y de tus pertenencias.

Se calcula que son unos 1.600 millones de dólares anuales los que se pierden en el mundo por extravío de maletas. Distintos son los sistemas utilizados para lograr que cada bulto vuelva a las manos que las depositaron en consigna, entre ellos el SATE (Sistema automatizado de tratamiento de equipaje) recientemente estrenado en la Terminal 4, modernísima terminal candidata al prestigioso premio de arquitectura inglés Stirling por su espléndidas instalaciones, pero que ha generado múltiples y graves problemas por pérdida de equipajes, pues por mucha modernidad que ofrezca, hace falta algo más que modernidad para procesar 16.000 maletas por hora a una velocidad de 90 Km./hora, después hay que repartirlas sin errores que valgan, y es por lo que cada vez surgen nuevos sistemas como el código de barras o los chips de identificación, para que en el caso de que una maleta sea extraviada o sea enviada a otra ciudad o país, por error o por la deficiente manipulación de los seres humanos que manejan los modernos sistemas, la maleta nos comunique en su mejor lenguaje de equipaje de quién es o en qué vuelo vino junto a las ganas que tiene de reencontrarse con su dueño. No es de extrañar que los viajeros abusen cada vez más de acompañarse de su propio equipaje de mano, al considerar que así se aseguran de que no se encontrarán en un país extraño con el culo al aire, sin un mal pijama de urgencia que ponerse ante un incidente de este tipo.

A pocas horas de nuestro aterrizaje se prohibieron, por amenaza terrorista, momentáneamente los equipajes de mano, casualidad que fuéramos cargados de distintos geles y líquidos que no nos fueron requisados ni intentaran hacérnoslos probar como a los antiguos probadores de veneno y cicuta de la antigua Roma. Realmente, no hemos adelantado mucho desde entonces, cierto que los aviones vuelan moderna y milagrosamente, pero algunos son presa de graves catástrofes, y eso sabemos que es probable, así lo recuerdan los auxiliares, las azafatas y los videos parlantes multilingües de cada vuelo; sin embargo, como en Roma, se siguen envenenando a los jefes políticos, hay conspiraciones y graves amenazas mundiales y, por si fuera poco, además perdemos las maletas. Si ya lo dijo el fabulista romano Fedro “El sabio viaja con poco equipaje”.

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