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El tiempo detenido

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 26 de agosto de 2006, 00:17 h (CET)
(El 24 de agosto del 79, Pompeya y Herculano fueron sepultadas por la lava del Vesubio)

Sobre mediodía, poco antes de comer, y en tal fecha como esta del 24 de agosto, hace exactamente 1927 años, el Vesubio, con fuerzas acumuladas lanzó, de pronto, tal cantidad de lava incandescente que cubrió un diámetro de terrenos a su alrededor de treinta kilómetros. Hoy día, entre lo excavado, se puede pasear por las calles de Pompeya y Herculano, tal estaban aquel domingo. Para los amantes de cuanto puede enseñar el pasado, es un lujo ver las cosas como eran, y sin que nadie las mediatice con interpretaciones.

La vida corriente, los comercios y negocios, la religión pagana, los bancos (es de suponer con sus cuentas de hipotecas), los bares y restaurantes, la compraventa estable de sexo, es decir, todo y lo mismo que hoy se encuentra en cualquier ciudad embebida en su trajín, se detuvo en unos instantes, y bajo las cenizas volcánicas, se quedó como en una “instantánea” para saciar la curiosidad de la continuidad de la especie humana. Cada cual que fije sus ojos entre sus casas y calles, obtendrá respuestas según sus gustos.

Más, la gran lección que proporciona es la del tiempo detenido. Sabido es que sorprendió a la gente de entonces en sus quehaceres domingueros, o a lo más, tratando de huir alocadamente de lo que se venía encima. El Creador, por esencia, no necesita del tiempo porque todo lo tiene ante sí, sin necesidad de memoria, facultad gracias a lo cual el hombre intenta mantener en presente cada segundo pasado. En Pompeya, la memoria está petrificada, nadie más que el visitante puede interpretar las cosas como estaban hasta ese inesperado momento. Provoca un escalofrío imaginar que, a cualquiera, y en el lugar donde se halle, pudiera sobrevenirle esta circunstancia.

El drama se encuentra por doquier, desde el pobre perro abandonado y tirando desesperado de la correa que lo sujeta a la puerta de una casa, hasta el padre de familia que conduce equivocadamente a los suyos, entre el polvo, para chocar contra una pared. Todos sus parientes yacen a pocos metros, y él, el único a quien también sobrevino la muerte tumbado, pero, apoyado sobre el codo y con la mirada puesta en los demás. Las investigaciones arqueológicas no han encontrado qué se llevaban, entre todos, como imprescindible, y tan inútilmente. Su tiempo de vivir acabó de modo simultáneo para todos ellos.

Algunos relojes de sol dejaron de funcionar al apagarse la luz que los alimentaba. ¿En qué hora?... tampoco se sabe, las sombras no dejan huella. Conmueve pensar cuantos los estarían mirando para saber qué hora era. El vino para vender, y no consumido, se “esbafó” en sus garrafas. El pan, la hermosa hogaza, se petrificó antes de ser el alimento de cada día. Los libros se quemaron, y las frías estatuas de marmórea consistencia, quedaron mudas para contar qué cosas servían de adorno. Y, pensar que durante siglos, se han estado haciendo agujeros en el suelo –depredando-, para profanar su milenaria oscuridad y llevarse objetos que luego, hasta los Papas, enviaban como regalo de bodas a las Cortes imperiales europeas...

¿Se puede pensar que a cualquier ciudad le pudo haber pasado? El tiempo, una necesidad humana, se detuvo, y de ahí el enorme portento de saltar sobre él para ver lo que ahora contemplamos en derredor, y que es fugaz, a menos que un volcán lo fije en su estado actual.

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