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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Niños en la sala de espera

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 24 de agosto de 2006, 23:35 h (CET)
“La canción que yo he cantado
para los niños dolientes,
misericordiosamente
¡cántame!”


Gabriela Mistral

Uno de los derechos primordiales de los menores es el de tener una familia que se responsabilice de sus necesidades materiales, que le dé afecto y apoyo social. En el caso de los menores en instituciones, se presupone que una grave carencia en uno o en todos estos aspectos ha motivado la intervención de las autoridades y que se ponga en marcha una acción educadora que restituye a los niños el derecho de crecer en un ámbito que satisfaga sus necesidades materiales y psicológicas.

Se da por sentado que la acción institucional es sustitutoria y, por lo mismo, dura un tiempo más bien escaso. ¿Cuánto tiempo? En la práctica cotidiana existe un grupo muy numeroso de estos menores para los cuales su estancia en las instituciones de acogidas se hace crónica. Las dos posibles salidas que se les promete –reintegrarse a su familia de origen o ser acogidos (adopción) por parte de una nueva familia- no se plantean con ninguna inmediatez. En cualquier caso los niños mantienen unas expectativas acumuladas que, un día o un año tras otro, se ven frustradas. Son niños que se ven permanentemente instalados en la “sala de espera”.

Es obvio que esta situación contradictoria incide negativamente en su adaptación a las instituciones que los acogen. Cuando se “está de paso” no hay necesidad ni esfuerzo por integrarse, si se “está de paso” durante mucho tiempo, la integración se descarta pues cuanto más tiempo transcurre, más cerca ha de estar el fin. Esta falta de adaptación incide particularmente en la escuela con los efectos que se pueden suponer.

Como consecuencia, los niños en esta coyuntura proceden a una especie de “evasión” imaginaria. Uno de los principales problemas que existe en la mayor parte de los que están en instituciones de acogida, es la reconstrucción fantástica que hacen de su vida. Y ello en una doble vertiente: crean un pasado inexistente e imaginan un futuro imposible. Ello se da sobre todo en los niños que están a la espera de reintegrarse con su familia originaria. Generalmente son incapaces de reconocer las causas (familiares) que están en el origen de su institucionalización y se forjan una interpretación del pasado que jamás pone en entredicho el comportamiento de sus padres; en cambio, son aquellas personas e instituciones que los acogen los “culpables” de su situación desesperadamente incierta. El futuro es contemplado por estos niños como un tiempo idealizado en que todos estos problemas dejarán de existir. Pero en el tránsito a esa otra fase de vida pocas veces, piensan ellos, va a intervenir su decisión y su esfuerzo personal sino que sobrevendrá como el final de un cuento de hadas.

En muchos casos los padres no se mantienen alejados de sus hijos: los visitan de vez en cuando o, al menos una vez por año, declaran que siguen sin poder mantenerlos (y así permanecen en la institución). Este vínculo –cuya ruptura tiene algo de “tabú”- alimenta ilusiones, expectativas de un futuro necesariamente mejor. Los padres, cuando se encuentran con los hijos, les prometen que pronto los sacarán de la institución; después siempre hay alguna razón externa, ajena a su voluntad, que se levanta como obstáculo a este “final feliz”. Nunca llega el momento idóneo para el regreso. Pero los niños se siguen aferrando, como a un clavo ardiente, a la creencia en el retorno inminente al hogar. Ello define un eje de sentido para sus vidas.

Algunos padres desencadenan sutilmente un proceso de culpabilización en sus hijos. Le transmiten el mensaje de que si no regresan es por su culpa: se portan mal, no son responsables, son malos estudiantes... Por si fuera poco, en más de una ocasión los propios educadores contribuyen a remachar el clavo. La principal consecuencia de todo ello está en que se encuentran en un callejón sin salida: no se reintegran a su familia porque se portan mal, pero se portan mal, porque ello es inherente a la vida en una institución disciplinaria. Con lo que se entra en círculo vicioso que lleva al bloqueo, al estancamiento y a un sin fin de conductas motivadas por la rabia y la impotencia.

No es de extrañar que muchos de estos niños acaben por enquistarse dentro de una “burbuja” psicológica: se alejan de la realidad, pierden toda motivación para aprender, no disfrutan de la vida y tienen una marcada tendencia al fantaseo como ensoñación estéril en oposición tanto a la imaginación como a la conciencia de la realidad.

En definitiva, una larga espera preñada de desesperanza, unida a la falta de conciencia de la propia situación y a la percepción sui generis de su realidad, constituyen un muro que se alza como barrera al desarrollo. Y como dijo el poeta: “Desde entonces viví soñando / con aquel infantil infierno / por el que tus manos de niña / me guiaban para perdernos”.

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