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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Estabilidad en las riadas

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 24 de agosto de 2006, 00:39 h (CET)
Mount St. Helens situado en el estado de Washington tiene una altura de 2.950 m. Los indios lo llamaban la montaña humeante. A lo largo de los siglos ha tenido épocas de actividad, particularmente entre los años 1831 a 1857. Desde entonces, durante más de 120 años se ha mantenido inactivo. Sus alrededores convertidos en parque nacional se han transformado en un área lúdica. A la montaña también se la conoce como el “Fuji de América”, por su parecido con el famoso Fuji japonés. Los años de calma finalizaron en el año 1980 cuando el volcán se despertó de su largo sueño con resultados catastróficos.

David Crockett, fotógrafo que trabajaba para la Seattle KOMO-TV, transitaba por una pista forestal en el momento que se inició la erupción. Miró a lo alto y vio un deslizamiento de barro y rocas que caían encima de él. Afortunadamente para el periodista, la masa de barro y piedras pasó por cada lado del camino. Cegado por una nube de cenizas ardientes que convirtieron el día en noche, Crockett cayó por los suelos a la vez que su cámara fotografiaba lo que sucedía. “Dios mío, esto es el infierno. O es que ha oscurecido o estoy muerto”, exclamó. Durante 10 horas quedó medio cubierto de rocalla hasta que lo rescató un helicóptero.

Más tarde, relatando la terrible experiencia pasada, escribió: “Durante aquellas 10 horas vi como se desintegraba una montaña., vi desaparecer un bosque…Me di cuenta de que Dios es el único que es inamovible…Tuve el sentimiento de que de alguna manera se me permitía empezar de nuevo, fuese cual fuese su propósito para mí”.

Es muy posible que el lector no tenga que pasar nunca por una situación tan terrorífica como la que pasó David Crockett. Tal vez jamás nos encontraremos en medio de un incendio forestal como los que durante el año 2005 devastaron millares de hectáreas de bosque. Quizás nunca seremos protagonistas de primera fila de un tsunami como el que arrasó grandes extensiones del sudeste asiático. Es muy posible que jamás veremos como nuestras propiedades y las vidas de seres queridos desaparecen en un abrir y cerrar de ojos gracias a un furioso huracán. Si es así, jamás saldremos en televisión con expresión desencajada manifestando el profundo desespero que embarga a las personas que tienen el triste privilegio de aparecen en la pequeña pantalla.

Esta buena fortuna no nos exime de las pequeñas contrariedades de la vida que nos afectan de manera muy dura. Sea el hijo drogadicto, el cáncer que consume al esposo, la hija violada por un desalmado, el cuñado que asesina a la hermana, el pederasta que se aprovecha del pequeñuelo, encontrarse en el metro en el momento en que un terrorista hace estallar la carga explosiva mortal, o el accidente del metro de Valencia, la pérdida del trabajo debido a la remodelación que se hace en la empresa en la que se trabaja, sentirse asediado en el trabajo o en la escuela…Todas estas situaciones son como pequeños volcanes que hacen tambalear a nuestro pequeño mundo.

Una de las cosas que descubrió nuestro fotógrafo mientras recorría tranquilamente los bellos parajes que circundan Mount St. Helen a la vez que su cámara registraba la belleza del entorno que cautivaba a sus ojos observadores, ignorando la trágica experiencia que tendría en pocos segundos es: “Dios es el único que es inamovible”. Esta es una enseñanza que la Biblia se encarga de compartir con nosotros con cierta frecuencia. Una degustación para saborear: “Mas tú, Señor, permanecerás para siempre, y tu memoria de generación en generación” (Salmo,102:12). Es muy importante la inmovilidad de Dios porque aceptarla es una fuente de estabilidad en un mundo que empezando por nosotros mismos es muy inestable.

La Biblia dice que Dios “es la Roca” (Deuteronomio,32:4). El profeta Samuel declara. “El Señor es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador,, Dios mío, fortaleza mía, en El confiaré…”(2 Samuel,22:2,3).

Justo iniciado su ministerio público y como resumen del primer discurso que Jesús pronunció y que se le conoce como el “Sermón de la Montaña”, el Señor dice que quien escucha sus palabras lo compara “a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca”. Llegaron las inundaciones, soplaron los vientos que golpearon contra aquella casa y no cayó. (Mateo,7:24-27).Quien hace caso de las palabras de Jesús recibe como premio la estabilidad que no encuentra en ninguna parte.

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