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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La amistad

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 24 de agosto de 2006, 00:39 h (CET)
“A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.”


Miguel Hernández

La amistad es, por supuesto, una relación interindividual; pero, como todas, está condicionada por los usos y vigencias colectivos; y ella, a su vez, en su integra realidad, funciona como un elemento componente de las formas de vid colectiva. Y, sobre todo, junto a la amistad en sentido riguroso se den también las formas “socializadas” de ella, en peculiar interacción con sus modos más auténticos, y que son directamente un ingrediente de la sociedad.

La amistad sensu stricto se da en una zona muy precisa de nuestra vida, que es la intimidad; es un fenómeno íntimo –y en esto se asemeja al amor-; pero, por otra parte, está hecha de respeto; creo que estas dos notas son esenciales al fenómeno amistoso. Al hablar de respeto, entiéndase bien; respeto a la intimidad; el amor respeta también a la persona amada, pero no su intimidad, sino que la invade y penetra con una intrínseca violencia, todo lo dulce que se quiera, que le es esencial.

No se piense que la amistad auténtica es por algo cosa fría o a lo sumo tibia. Al contrario, para que la amistad alcance su medida justa, esto es, para henchirse y ser en forma plenaria, tiene que rebosar de un ímpetu que, precisamente porque rebosa, puede invertir parte de su empuje en refrenarse, limitarse y quedarse en amistad; cabría decir que la amistad es un sentimiento que incluye su propia frontera o dique; el punto en que termina la constituye y le hace ser precisamente amistad, ni más ni menos. Claro está que ahí reside la dificultad del fenómeno amistoso, y es la causa de su relativa infrecuencia: la mayoría de las amistades son más o menos. Es decir, bajo el nombre de amistad –como ocurre con el amor- se ocultan sus aproximaciones a modos deficientes: los llamados amigos son muchas veces simples conocidos o también amigos pretéritos, residuales.

Existe el tópico de que los amigos más antiguos son más amigos; se dice a veces: “somos amigos desde niños; amigos íntimos”. Es muy improbable que este sea verdad, porque las amistades infantiles son anteriores al nacimiento de la intimidad en los individuos; es decir, que el amigo de infancia, si no es más que eso, no es un amigo íntimo, sino probablemente trivial, familiar, inerte; para que la amistad infantil sea auténtica hay que renovarla y “revalidarla” después. El lugar natural en que se engendran las amistades es la adolescencia y la primera juventud, los años de estudio y aprendizaje.

Después de la juventud, la amistad es siempre un don inesperado, con el cual no se puede contar, y depende de las ocasiones; por tanto, de la configuración de la vida. Quiero decir que tiene condiciones que se cumplen en diversos grados y modos: holgura de tiempo –la amenaza más grave que se cierne hoy sobre la amistad-, un mínimo de holgura económica, confianza -el recelo y la suspicacia colectivos son una enfermedad social que casi imposibilita la creación de nuevas amistades y corroe las antiguas-, y, sobre todo, concordia; porque cuando una sociedad está profundamente dividida, cuando ante el prójimo se pregunta ante todo qué opina, de qué ideología política o religiosa es, la amistad queda automáticamente viciada y adulterada; se dirá que dentro del propio bando es más fácil y fuerte, pero no es así, porque la relación hecha en una y otra medida de partidismo no es propiamente amistad, justamente porque se nutre de coincidencias exteriores, públicas, y no de menudas afinidades privadas y entrañables, es decir, de intimidad; las más varias diferencias de opinión, estimación o gusto no impiden la amistad, sino que suelen estimularla, a condición de que no afecten a los últimos estratos de la persona, de que dejen una zona radical exenta y libre para la intimidad. La diferencia religiosa o la oposición política no estorban a la amistad; la desalojan de sus reductos en cambio el politicismo o el fanatismo, los cuales, dicho sea de paso, contradicen intrínsecamente a la amistad en la medida en que están constituidos temáticamente por falta de respeto. Y como dijo el poeta: “No tengo amigo ninguno. / Penas son las que yo tengo. / Con mis penitas me junto”.

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