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Interposición de la ONU

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 24 de agosto de 2006, 00:39 h (CET)
Quienes desean pasar a la historia como modelo de equilibrio diplomático y, por tanto, de ambigüedad, han redactado la resolución 1701 de la Organización de Naciones Unidas después de un mes de sangrientas refriegas entre Israel y sus vecinos de creencia musulmana (otra más). Es de comprender que no ha resultado fácil establecerla estando presente en la mesa de discusión el gran benefactor del estado judío. Un estado que se impone no sólo con la fuerza de sus armas, sino con la permanente coacción de situar a quien discrepe de sus objetivos, en el paredón del antisionismo. Más, alguien tenia que intentar una interposición en la frontera libanesa, y, solo, el lenguaje melifluo y ambiguo ha permitido que, con la faena casi concluida, el ejército de Israel haya hecho amago de retirarse hacia sus líneas.

El texto acomete una solución, de momento, para un problema que ha convertido la región en un reto permanente a la seguridad mundial; la paz entre Israel y los palestinos. Es sabido que la cadena de conflagración se extiende sin solución de continuidad, desde Palestina y Líbano, hasta Irán, pasando por Siria e Irak. El otro extremo donde duele el zapato, está en la tirante situación creada por la búsqueda iraní de armas estratégicas. El papel que han jugado los cohetes Katiusha, o “lanzaminas propulsadas a reacción" situadas sobre camiones, puede llegar a ser -en una indeseable extensión del conflicto-, balística de largo alcance con cabeza nuclear lanzadas desde territorio iraní. Y, en este lugar, se vuelve a la misma situación de la vieja lucha entre la policía israelí y los hombres bomba palestinos, solo que con repercusión en el mundo entero. Si esto llegara a ser así, realmente, se puede afirmar que el único vencedor de la estúpida guerra en el Líbano, ha sido la diplomacia internacional, aunque haya llegado tarde para israelíes y libaneses.

Israel se está haciendo la ilusión de que ha derrotado a Hezbolá, lo mismo que Hezbolá puede atribuirse la victoria sobre Israel, con el añadido de que su resistencia durante un mes al mejor ejército del mundo, puede contribuir a un aumento de adhesiones entre su apoyo electoral, y, también, con las consecuencias del cambio de opinión en la sociedad israelí de cara a los siguientes comicios. La resolución de interposición no condena a Israel, por lo cual su primer ministro Olmert, duramente criticado por una buena parte de la oposición y los medios intelectuales, puede dormir sin que le asalte ninguna pesadilla por la muerte y destrucción sembradas en Líbano. Más aún, la ONU ha venido a justificar la intervención militar israelí en la medida que exige el desarme de Hezbolá y la devolución de los dos soldados israelíes secuestrados.

El propio Líbano puede sentirse victorioso, bajo las tumbas y las ruinas de sus pueblos e infraestructuras, ya que podrá desplegar su Ejército allí donde Hezbolá había creado su propio “Estado”, y recuperar así, simbólicamente, su soberanía sobre todo el territorio. Hezbolá, a su vez, se siente vencedor moral bajo dos aspectos: por su reforzamiento como la principal fuerza política libanesa, y, sobre todo, por la necesidad de instaurar una paz global en la región que pasa por la aplicación de las numerosas resoluciones pendientes.

Ariel Sharon se dio cuenta al final de su vida política -aunque ya era demasiado tarde- de que su país nunca viviría en paz si no reconocía los derechos de los palestinos a tener un Estado soberano dentro de los territorios que ocupó en junio de 1967. De ahí su decisión de evacuar la franja de Gaza con el desmantelamiento de los asentamientos de colonos israelíes y su disposición a “aceptar nuevos sacrificios” en Cisjordania. Su sucesor hizo suyas esas ideas, pero el planteamiento se vino abajo cuando “estalló” la victoria del grupo terrorista Hamás en las elecciones palestinas, y, al no reconocerlo como interlocutor. Ésta ha sido, en realidad, la razón última de la invasión de Líbano al hacer Hamás causa común con Hezbollá, el “Partido de Dios” chiita libanés, sin duda respaldado por Irán... que sigue dispuesto a enredar más aún la situación con su negativa a renunciar al enriquecimiento de uranio, dentro de su programa nuclear. Éste será el siguiente capítulo de una crisis cada vez más generalizada, y que abarca desde el conflicto palestino a la guerra civil en Iraq pasando por el auge del radicalismo dentro y fuera de los países islámicos.

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