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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El caudal de tiempo

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 23 de agosto de 2006, 01:45 h (CET)
“Nuestras horas son minutos
cuando esperamos saber,
y siglos cuando sabemos
lo que se puede aprender.”


Antonio Machado

El caudal de tiempo que cada hombre tiene se va invirtiendo en los quehaceres de la vida cotidiana. Una forma de vida colectiva es, entre otras cosas, una manera peculiar de consumir el tiempo de que se dispone. Y la cuantía de ese tiempo y su uso revelan la pretensión del hombre en cada sociedad. ¿Su cuantía? –se dirá-. Pero ¿no es esta invariable cada día, exactamente veinticuatro horas? Pocos ejemplos muestran más a las claras que en el hombre nada es natural –se entiende, nada es sólo natural-, sino que lo humano requiere siempre una intervención imaginativa y hace de ellos ingredientes de una vida personal.

Los hombres suelen quejarse –en nuestra época al menos- de falta de tiempo; en cambio, sabemos de otros que han sentido la penosa necesidad de “matar el tiempo” que por lo visto, les sobraba y estorbaba. Veinticuatros horas, según parece, no son siempre el mismo tiempo. Por lo pronto, no es indiferente que el tiempo esté o no cuantificado en sentido estricto: en formas de vida primitivas, el tiempo se divide en dos partes, día y noche; y la segunda apenas cuenta sino para el descanso; la primera se divide y articula , a su vez, según la altura del sol sobre el horizonte, pero muy vagamente.

La ´”hora fija”, la interferencia de las series de acciones, la necesidad de la simultaneidad, esto es lo grave. Que tenga que coincidir mi llegada a la estación con el chirrido de las bielas de la locomotora, que hayan de ser simultánea mi entrada en la oficina y la vertical del minutero del reloj; que los aplausos en el teatro tengan que preceder al paso del último autobús que me llevará a casa.

No es esto solo. Del tiempo de que dispone –más o menos cuantificado-, el hombre hace dos partes: el que considera suyo y el que le parece ajeno. El tiempo que “vende” cada uno para vivir no es “suyo” ; es tiempo “enajenado”, alienado, que se siente como perdido; el “propio” es el resto libre, del que se puede disponer para lo que se quiera. ¿En qué proporción se reparten en cada sociedad, en cada forma de vida, en cada clase? Salvo formas de trabajo excesivamente opresor –así el trabajo forzado de los esclavos, galeotes, presidiarios, o de formas económicas excepcionalmente penosas-, siempre queda un margen “libre”. Pero la decisión de si un tiempo es libre o no depende de cómo es subjetivamente vivido, es decir de la pretensión vital. Es el gran problema del “ocio” -palabra casi inservible en español; habría que preguntarse a fondo por qué-.

En nuestra época hay que tener en cuenta, entre el tiempo propio y el enajenado o vendido utilitariamente para poder subsistir, una tercera fracción que podríamos llamar el tiempo de nadie; y este absorbe una considerable tiempo que “se pierde” : por lo pronto, en desplazarse –no viajar, ni pasear, que son dos formas de “invertir” el tiempo-; las horas y horas que se consumen diariamente en los autobuses, en los metros, en los trenes suburbanos; o, lo que es peor, en esperarlos; las que desaparecen ante las taquillas de los espectáculos; los infinitos minutos desvanecidos ante el disco rojo de los cruces; las innumerables horas aniquiladas en los trámites burocráticos... Y esta es la razón de que, después de haber conseguido en todas partes la reducción de la jornada de trabajo, cuando se ha pasado del trabajo de sol a sol a las once o diez horas de labor, luego a la casi mítica jornada de ocho horas, por último a las cuarenta horas semanales o tal vez menos, se oiga una perpetua quejumbre de falta de tiempo. Y como dijo el poeta: “El tiempo que ibas contando / por años, meses y días, / por horas y por minutos, / era el tiempo que perdías”.

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