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Los años no perdonan

Pelayo López
Pelayo López
lunes, 21 de agosto de 2006, 23:54 h (CET)
Por más que nos empeñemos, hay cosas que no se pueden cambiar, que no tienen remedio. Hacernos mayores es, sin duda, uno de esos teoremas de obligado cumplimiento que, avanzando presto pero sin pausa, como una hormiguita, siempre nos alcanza. A todos, sin distinción. Esta ley de vida no entiende de condiciones. Puede que recurrir a otros tipos de “suertes” retrase su llegada, pero será solamente un deseo fatuo de la ansiada eterna juventud. La naturaleza de cada cual dictará el día y la hora. La primera, la segunda, la tercera, o vaya usted a saber qué edad, todas y cada una de ellas se van sucediendo en un ciclo continuo y combinado en el que el tiempo diseña nuestra experiencia y nuestro deceso. Ya se sabe. La vida es el camino que lleva del nacimiento a la muerte, y las etapas no son más que períodos vitales con fecha de caducidad.

Ahora bien, cada uno es libre de afrontar los últimos kilómetros de esa senda como estime conveniente. Puede decantarse por la vida contemplativa o por la actividad frenética más propia de edades pasadas. Sin embargo, como siempre también, cada decisión individual suele llevar pareja una reacción colectiva de la que no se puede, a priori y a ciencia cierta, establecer sus resultados. No obstante, mucho nos tememos que, como ocurre en cualquier otra circunstancia, la osadía de quienes no miden las consecuencias pueda pagarse con los tan temidos efectos boomerang.

La edad suele ser sinónimo de experiencia, pero esa madurez adquirida debería servir asimismo para vislumbrar con claridad los límites físicos e intelectuales propios. Evidente parece que algunos no han sido tocados por esa varita mágica. Unos no pueden pretender ser octogenarios y, al mismo tiempo, seguir ligados a un cetro de poder mientras el destino lo permita. Otros tampoco juguetear con cocos o correrse las mismas juergas a base de sexo, drogas y rock and roll que hace 30 años. Sobre todo porque los primeros juegan con la libertad de la gente, y los segundos con las ilusiones. Eso sí, en nuestras manos, simplemente en ellas, está el poner en su lugar lo que a la edad algunos no le consienten, porque la salud longeva se puede comprar con el dinero, pero sólo hasta un límite. Para nadie pasan en balde, los años no perdonan.

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