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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

In memoriam García Lorca

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 21 de agosto de 2006, 23:54 h (CET)
Estos días se están celebrando diversos actos en homenaje al granadino Federico García Lorca. La madrugada del pasado día 18 se cumplieron setenta años de su asesinato en Viznar. Durante muchos años su voz y su figura fueron ocultadas por los mismos que callaron su asesinato o que trataron de disfrazarlo intentado incluso lanzar las culpas hacía otro lado. El literato español que junto con Cervantes ha sido traducido a más lenguas dejó de existir un día de mediados de aquel Agosto en que los campos de España comenzaban a teñirse de una sangre que, finalmente, sería una terrible riada durante casi cuarenta años. El régimen instaurado por el general Franco nació con las manos teñidas de sangre y murió de la misma manera. Desde aquellos primeros muertos de Julio del 36 a los fusilados a finales de Septiembre de 1975 fueron muchos, demasiados, los asesinatos cometidos por los sublevados contra la Republica.

A los niños de mi generación nos ocultaron muchas, demasiadas, cosas. Entre ellas la existencia de un poeta como García Lorca. Pemán era el poeta oficial de aquellos tristes y negros días de una posguerra que duró demasiados años. En mi casa, un hogar obrero con no demasiados libros, se conservaba una edición del “Romancero Gitano” editada durante los años de la República. Debía ser de alguno de mis abuelos. Pero era un libro “tabú”, no me dejaban ojearlo, y cuando alguien nombraba al poeta lo hacía en voz baja y de tapadillo, lo mismo que cuando se escuchaba cada noche “la Pirenaica” donde siempre decían que Franco iba a caer. Y tardó cuarenta años. Aquellos fueron los primeros poemas que leí del granadino. También algún verano cuando eran las fiestas del pueblo entre actuación y actuación de aspirantes a folclórica aparecía un recitador, especie muy de moda entonces, que, invariablemente, recitaba aquellos de “Yo me la llevé al río creyendo que era mozuela..” Pero en la escuela seguían sin hablarnos del fusilado por sus palabras.

En 1976 cuando hacía pocos meses que “su excremencia” había muerto rodeado de cables y tubos se intentó celebrar en Fuentevaqueros un homenaje al poeta. El lema de la convocatoria era “El cinco a las cinco”. Pero ese día y a esa hora también, como era costumbre, aparecieron los guardias, todavía vestidos de gris y con la porra presta al funcionamiento, y se produjeron algunas carreras y altercados. No pude estar en aquel homenaje pero por aquellos días había descubierto “Poeta en Nueva York” y escribí el poema que transcribo a continuación como un pequeño homenaje a Federico García Lorca.

EL CINCO A LAS CINCO

Corre Federico, corre,
que vienen por las veredas
gitanos y alguacilillos,
guardia civiles de verde
y mariquitas del Harlem
que van pidiendo socorro
entre rascacielos sordos.

Corre Federico, corre,
que Viznar ya se vislumbra,
militares con su sable,
matones de azul camisa,
poetastros envidiosos
y arzobispos con sus mitras
que también te crucifican.

Desde los puentes del Hudson
diez mil negros te contemplan,
si me pierdo que me busquen
al son de negros en Cuba
con mulatas de amplios pechos
prietas nalgas avenidas.

¡Ay Federico García!
Granada apenada llora,
las cuestas del Albaicín
rojas bajan, rojo sangre,
las riberas del Genil
de bermellón se disfrazan
y en Viznar suenan los tiros
al despuntar la mañana.

Son las cinco de la tarde
hora de miedos y muerte,
en la puerta de cuadrillas
los toreros se santiguan,
el portón negro del miedo
al burel da paso presto,
más amarillo que nunca
con la sangre se ha teñido
el albero de la plaza,
los colores rojigualda
se dibujan en el coso
diseñando la bandera
de esa España que te mata.

Corre Federico, corre,
el plomo negro de muerte
asesina madrugadas,
la razón de las palabras
sigue ganando batallas,
tu cuerpo quedo en Viznar
agotado por las balas
y renaciste a la vida
amarrado a la palabra.


Ahora tan sólo queda que treinta años después de aquel conato de homenaje los granadinos sepan estar a la altura de las circunstancias y destierren de la ciudad de la Alhambra los monumentos al fascismo que todavía se pueden ver en sus calles. Es una vergüenza que a estas alturas las calles de Granada se ornen con un monumento a José Antonio Primo de Rivera y el poeta que llevó y lleva por el mundo el nombre de la ciudad no tenga dedicada una calle a su nombre.

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