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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'El próximo oriente': de Lavapiés al fin del mundo

Pelayo López
Pelayo López
jueves, 2 de noviembre de 2006, 06:49 h (CET)
Uno de los fenómenos sociales de esta época en que vivimos es la inmigración, y nuestro país ha pasado de tener un marcado carácter emigrante a ser todo lo contrario, así que el cruce de razas y culturas es una realidad que, sobre todo, se produce en algunos lugares de nuestra geografía. El barrio de Lavapiés, en Madrid, podríamos decir que es, sin duda, el mayor exponente de esa mezcolanza. El realizador Fernando Colomo regresa ahora a esta pequeña Babel casi 20 años después de Bajarse al moro, aunque no lo hace, en esta ocasión, para reflejar los trapicheos de la droga y los primeros acercamientos al otro lado del estrecho, sino para hacer lo propio con la situación plural que se vive hoy en día. Y para hacerlo, Colomo recurre a esta tragicomedia con reminiscencias bíblicas y tintes coránicos que, entre otros aspectos, saltan a la vista con los nombres de los protagonistas: Caín y Abel por un lado, y Aisha por otro, aunque el significado de este último tendrán que descubrirlo al término del metraje entre los títulos de crédito.

Hablando de Caín y Abel, ya podemos suponer que los protagonistas son dos hermanos que no se llevan del todo bien –afortunadamente no acaba el uno con el otro, aunque casi-, y, para colmo, el centro de su enfrentamiento es Aisha, una joven a la que el segundo deja embarazada y tirada al mismo tiempo. De este modo, el protagonista, un Caín redimido alejado del asesino, tendrá que hacer frente tanto a un triangulo amoroso como a un polígono familiar sin vértices definidos. A todos estos personajes les dan vida actores poco conocidos pero que darán mucho que hablar. Caín es Javier Cifrián, actor debutante en la gran pantalla pero reconocible a través de los sketches televisivos de Agitación + Iva, y que, aunque se presenta como una promesa a seguir, lo cierto es que cuenta con unos atributos físicos cercanos a la comedia que le restan algo de credibilidad en otros momentos más serios. Abel es Asier Etxeandía, “cronista” del musical Cabaret que con su papel nos deja ni fu ni fa. Y Aisha es Nur Al Levi, actriz a la que hemos visto, entre otros títulos, en Sin vergüenza o El refugio del mal, y que es la verdadera joya de la hora y media de película, no sólo por sus facciones sino por todos los registros que llega a mostrarnos. Dos datos más sobre el elenco que llaman la atención. El primero, un recurso muy “Alleniano”, el del “coro griego”, aquí sudamericano. El segundo, el cameo del escritor Juan José Millás, no podía ser de otro modo, como profesor de literatura.

El principal acierto del director, aunque pueda parecer justamente al revés, es la visión idealizada y plenamente cinematográfica que nos ofrece, y, por tanto, seguramente a propósito, bastante alejada del panorama a pie de calle narrado por un protagonista que, para dar con él de cuerpo presente, habría que escarbar mucho. El optimismo irradia de cada fotograma para confeccionar una película cercana al costumbrismo, circunstancia que, a través del relato de tradiciones de otras religiones y culturas –en esta película la procedente de Bangladesh-, viene a pronunciar, alto y claro, informal y libremente, un mensaje a las manos tendidas y a la tolerancia. Generalizar suele suponer siempre un error, y, tal y como se recuerda en la película, no todos los musulmanes son terroristas. Garbanzos negros los hay en todas partes, y esos son los que descarta Colomo, un director optimista donde los haya si nos fijamos en algunos títulos de su filmografía: La línea del cielo, La vida alegre, Rosa Rosae o Alegre ma non troppo. Tanto los fragmentos de comedia como los de drama están conseguidos, sin embargo, es precisamente en la intersección entre unos y otros donde la cinta resbala un poco, así como algunas escenas que puede que sobrasen. La música también se agradece, porque nos recuerda que el pop no es exclusivo de occidente, y, para lograr un mayor realismo, el recurso de la cámara oculta cumple a la perfección su cometido, fundamentalmente en una escena en la que el protagonista deambula desconsolado por las calles.

Aunque la película, que también sufrió los avatares de la masacre del 11-M, no acaba de deslumbrar en su conjunto, lo que sí hace es dejarte una gratificante sensación de alivio y de la llamada “felicidad tonta”, y lo hace por su corrección, en lo cinematográfico y en lo reivindicativo, dejando aquí además un plausible apoyo al colectivo femenino que tiene un doble escollo por ser inmigrante y además mujer. Así que ya saben, el próximo oriente está en el microcosmos de Lavapiés, y de Lavapiés al fin del mundo.

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