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Al Qaeda levanta cabeza

Vladímir Símonov
Redacción
lunes, 21 de agosto de 2006, 23:54 h (CET)
Si hacemos memoria, recordaremos cómo no hace tanto nos disponíamos a celebrar el ocaso de Al Qaeda. Al parecer, existían todas las razones para ello. Ya el 2 de septiembre de 2004, al intervenir en el congreso del Partido Republicano, George Bush anunció que “más de tres cuartas partes de las principales figuras de Al Qaeda fueron detenidas o liquidadas”. Se suponía que reprimir al resto era cuestión de un futuro inmediato.

Hace poco, en junio pasado, Henry Crampton, jefe de la sección antiterrorista del Departamento de Estado norteamericano, presentó al Senado el informe sobre la situación actual de Al Qaeda, matizado por el desdeño del vencedor hacia los vencidos”. Hay testimonios de que sus capitostes, incluidos Bin Laden y Aiman al-Zavahiri, se sienten desesperados por no poder ejercer de inmediato la dirección de la red”, dijo. Dio a entender que esa situación deplorable de Al Qaeda es resultado de la insistencia mostrada por EEUU en la caza de sus líderes.

No obstante, en el horizonte se vislumbró el decimoprimero día del mes, predilecto para los terroristas, pero esta vez de agosto, y el mundo se quedó pasmado al recibir la noticia de que los 22 ciudadanos británicos de origen paquistaní se confabularan para hacer caer al océano una decena de aeronaves camino de la Gran Bretaña a Estados Unidos. Se logró prevenir la muerte de centenares de seres humanos solamente gracias a la vigilancia mostrada por los servicios secretos de la Gran Bretaña, Pakistán y EEUU.

La desagradable verdad exacerba el estremecimiento motivado por ese acto. Pese a los intentos de presentar la red de Bin Laden como un horrible fantasma del pasado, ésta sigue siendo capaz de organizar atentados terroristas a escala universal. En opinión del director de la FBI, Robert Muller, el plan de los terroristas británicos lleva el sello de Al Qaeda, lo que testimonian muchos hechos.

La mera idea de organizar un atentado terrorista de amplia envergadura utilizando a estos efectos varios aviones, tiene mucho en común con la tragedia del 11 de septiembre. Lo testimonian también frecuentes viajes de los futuros terroristas a Pakistán donde, según todos los indicios, en la frontera afgana Bin Laden y sus acólitos más allegados se ocultan de la infantería norteamericana. Y, por último, la captura en la mencionada zona de Rashid Rauf, posible protagonista de la confabulación londinense, conocido por sus estrechos contactos con la cúpula de Al Qaeda.

Pero la vinculación directa de los acontecimientos británicos a Al Qaeda podrá eclipsar otras metamorfosis más temerosas que se gestan en esa universal red terrorista.

Los expertos en terrorismo casi no dudan que estos últimos años se han caracterizado por el hecho de que el núcleo de Al Qaeda transfiriera la realización práctica de sus actividades a la red de aisladas células radicales de todo pelaje dispersas por todo el orbe. Bajo la bandera de Al Qaeda se unieron grupos islamistas que antes luchaban contra los Gobiernos de sus respectivos países por conseguir separatismo y otros objetivos locales. Pues ahora los atrae un nuevo blanco más relevante a nivel internacional, sugerido por Bin Laden: EEUU y los intereses occidentales en general.

Según todas las evidencias, Al Qaeda dejó de existir como un todo único dotado de un solo centro. La organización se ha convertido en un brand internacional al estilo de “Coca-Cola”, mejor dicho, una ideología orientada a castigar al mundo de los infieles y los ricos, capaz de reclutar a legiones de adeptos e instigarlos a inventar sus propias versiones de atentados terroristas.

Bin Laden no está tan versado en química como para perfeccionar la receta de un explosivo líquido. Creo que ni tiene idea de cuándo ni de cómo tendrá que suceder algo. Está satisfecho del aura que le rodea como poderosa fuente de inspiración para los fanáticos islamistas que sueñan con obligarnos a aceptar un mundo distinto presidido por la violencia, recelos y temor permanente.

En este contexto hemos de reconocer con amargura: aunque el complot británico se vio frustrado, no obstante, los terroristas consiguieron algunos de sus objetivos. Toda la humanidad civilizada quedó sumida en la pesadilla del 11 de septiembre, al parecer, ya parcialmente echada al olvido. El espasmo de horror se apoderó de nuestras almas y quien sabe cuándo las abandonará.

Por más que califiquemos de agonizante Al Qaeda o de símbolo espiritual del terrorismo que cobra fuerza, cabe preguntar: ¿qué la habrá hecho renacer precisamente ahora?

Para dar respuesta a esa interrogante baste hojear varias páginas de la historia evidenciando que Bin Laden mantenía amistad con EEUU, cuando con ayuda de ese país luchaba contra el Ejército soviético en Afganistán. Las primeras tiradas antinorteamericanas del futuro cabecilla de Al Qaeda se remontan al año 1982, es decir, al comienzo de la primera invasión israelí al Líbano abiertamente apoyada por Estados Unidos.

“Al ver las torres destruidas del Líbano - dice citando a Bin Laden el investigador de los antecedentes históricos del terrorismo internacional, Lawrence Wright - se me ocurrió la idea de castigar al opresor”. Aquella tragedia libanesa sentó la base ideológica que señaló a los radicales musulmanes quién era el autor de sus males. Confabulación norteamericano-israelí, Estados Unidos visto como enemigo principal, asesinato de norteamericanos y sus aliados como deber de todo musulmán son algunos de los pilares de la base ideológica de los radicales musulmanes.

Desde entonces han transcurrido dos decenios. Hasta las cafeterías más pobres de las ciudades mesorientales y asiáticas tienen televisores. Y las horribles secuencias de las ruinas humeantes del Líbano no pudieron dejar de provocar el estallido del inveterado odio. Los primeros litros de explosivos líquidos fueron envasados en botellas de “Fanta”...

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Vladímir Símonov, para RIA Novosti.


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