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Riesgos del auge de Don Tancredo

Pascual Falces
Pascual Falces
lunes, 21 de agosto de 2006, 23:54 h (CET)
El despropósito central de la política de Zapatero, la de que a la fiera si no se le provoca, no ataca, al contrario de la experiencia general de miles años de historia de la humanidad, sigue su curso, y, con los aplausos más o menos sonoros, de correligionarios, bienintencionados, y apaniguados. El deseo que se siente en todo el país –además de los residentes en el hogar vasco-, para que desaparezca por siempre el temor del tiro en la nuca o el bombazo indiscriminado, no debe confundirse con la aprobación de su fantástico planteamiento.

Ya hubo un valenciano, zapatero y fracasado novillero, Don Tancredo -tan recordado en los comienzos de esta legislatura, y por más nombre, Tancredo López-, que, permaneciendo estático, en lo alto de una plataforma, llegó a firmar buen número de corridas de toros, donde, efectivamente, la fiera corrupia lo ignoraba y correteaba por la arena cual mansa oveja. En Cuba, antes de ser soberana, se cuenta que aprendió y formó su “espectáculo”. Es sabido, por la prensa de aquellos tiempos, como terminó; el toro no le bajó del pedestal, sino, que, un enfurecido espectador de entre el vociferante “respetable”, le alcanzó la cabeza con un pesado orinal de cerámica que acabó con el innovador en la morgue del hospital. Aunque parezca una suerte rudimentaria y poco espectacular, lo cierto es que su fama fue creciendo. Tal fue, que no tardaron en salir imitadores, que, dicho sea de paso, comprobaron en muchas ocasiones que la teoría no era del todo eficaz. Hace muchos años, en Candelario (Salamanca), un émulo de Don Tancredo, que se hacía llamar “El Bejarano de la Silla”, llegó a la plaza en bicicleta con la silla atada cual alforja. y se sentó en medio del ruedo; debió moverse, porque el toro embistió al Bejarano, y la silla y él saltaron por los aires, terminando el mueble astillado y el torero, hecho unos zorros.

Alguien, a la vista de esta dispar interpretación de la suerte clásica, escribió: “Cuando un toro hace juego a Don Tancredo y no ataca, deshonra a la vaca que lo parió”. El público acude a las plazas, y paga su entrada, para ver torear; como se elige a un gobernante para que gobierne, aunque el “tancredismo” tuviera, o tenga, su tirón. Pero, a un aficionado se le atragantó y manifestó su hartazgo, y por otra parte, el animal, sacando su casta, puede no ser el colaborador ideal para esta clase de “suerte”
Otegui-ETA-Batasuna, acaban de mostrar su fiereza al estilo con que Zapatero los torea (cuanto llevan trapicheado en lo “oscurito”, que se dice en México). La pasividad ante las exigencias del terceto mencionado ha hecho crecerse a ambos interlocutores. Unos porque ya sienten cerca la solución de sus ambiciones, y los otros, porque creen asegurada la ovación pre-electoral y cortadas las orejas del cornúpeta. Más, ni una ni otra situación resiste la realidad del público reconocimiento. Tan ilusorio resulta, y con tanto riesgo, que el peón más listo de la cuadrilla, por sibilino, el inefable Rubalcaba, no está en el ajo del ensayo, y, prudentemente, se ha quedado fuera para no ser “cogido” también, o para entrar al quite si es menester.

Algunos toros, con los años, caen en la tentación de hacer ellos mismos el Tancredo, pero, con ello, deshonran “a la vaca que los parió”, que, a su vez, no ha estado “quieta”, y ha seguido pariendo nuevos becerros –en este caso, cachorros-, deseosos de mostrar su empuje. Hay que seguir viendo el “numerito” con el corazón del público en un puño, y ansioso, como está, de que todo acabe bien. Bien está lo que bien acaba, sería la moraleja más deseada.

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