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Enseñanzas y consecuencias del 'putch' anti-Gorbachev al cabo de 15 años

Andrey Kolesnikov
Redacción
lunes, 21 de agosto de 2006, 00:19 h (CET)
Han pasado 15 años desde que unos altos dirigentes soviéticos intentaron destituir al presidente de la URSS, Mijail Gorbachev. Es un plazo mísero para la Historia, pero ya da la impresión de que aquello sucedía en otra época. Y realmente, 19, 20 y 21 de agosto de 1991 son fechas del otro siglo. Desde aquel entonces se ha formado y entrado en la vida adulta toda una generación, la que no puede recordar las circunstancias en las que se produjo el putch. También para la mayoría de los rusos aquellos tres días calientes, que sacudieron a la Unión Soviética e hicieron constar su desintegración, ya son una historia fría de los manuales, igualmente lejana que los períodos del Gobierno de Stalin, Jruschev y Brezhnev.

Pero de seguir la famosa máxima de Deng Xiaoping de que todavía es prematuro hacer el balance de la Gran Revolución Francesa, sólo podemos valorar los resultados intermedios de aquella intentona. Sí, la Unión Soviética se deshizo precisamente en aquellos días, aunque oficialmente su desmoronamiento data de diciembre de 1991. Fue inevitable aquello que le sucedería al país: el avance hacia la economía de mercado experimentando “terapias de choque” de diversos grados de gravedad; nueva por principio situación geopolítica, la que cambiaría las nociones arraigadas del orden mundial, el caos postrrevolucionario y finalmente el período de estabilización. Pero en realidad el movimiento “de después del putch” todavía no ha concluido, el país sigue transformándose, por lo que es prematuro sacar los resultados definitivos de a dónde hemos llegado.

De pura forma, la intentona de 1991 tenía mucho parecido con el golpe “de terciopelo” dado en octubre de 1964, cuando la cúpula gobernante soviética en un Pleno del Comité Central destituyó a Nikita Jruschev. El GKChP (Comité de Estado para la Situación de Emergencia) intentó repetir aquel guión. Por lo menos en el complot participaron todas las figuras clave de la dirección del Estado: vicepresidente, primer ministro, titulares de Defensa y del Interior, presidente del KGB, presidente del parlamento, jefe del complejo industrial militar, la segunda persona del partido comunista, comandante del Ejército de Tierra, asesor del presidente del país y jefe del cuerpo de guardia de éste último... Pero el guión “a lo de Jruschev” fracasó, porque junto con un aparente parecido existían diferencias muy profundas.

Primero, en 1964 la Unión Soviética no se resquebraba por los cuatros costados, el estado de su economía no era excelente, pero tampoco catastrófico, como llegó a serlo en verano de 1991.

Segundo, quienes destituían a Jruschev podían argumentar que en su proceder había cierta legitimidad: el Comité Central del partido en una reunión plenaria destituía de cargo a su primer secretario. Y en lo que pasó en 1991 no había ninguna legitimidad. Lo reconocía siendo un jurista experimentado Anatoly Lukianov, presidente del Consejo Supremo, quien respaldó a los golpistas, pero sólo de un modo “convencional”: el 26 de agosto tenía que reunirse el parlamento soviético para confirmar o no la legitimidad de las acciones del GKChP. El Comité no era un organismo constitucional. El golpe se preparaba por el KGB con métodos propios de ese órgano de seguridad: se preveía actuar sin miramientos y en caso de necesidad con dureza. Por algo la figura casi más importante del GKChP era Vladimir Kriuchkov, presidente del KGB, quien había reunido a los golpistas ya el 5 de agosto en un lugar designado como ABC. Pero la situación empezó a desarrollarse de un modo que los golpistas no se atrevieron a recurrir a medidas extremas. Llegó a ser muy famosa la frase histórica del ministro de Defensa, Dmitry Yazov, quien dijo: “¡No permitiré disparar contra el pueblo!”

Los putchistas esperaban recibir apoyo tanto por parte de la élite conservadora anti-Gorbachev, como por la de la gente sencilla. En el Llamamiento al Pueblo Soviético se decía mucho de aquello que había que verter bálsamo sobre las almas de quienes se sentían cansados de la perestroika y de Mijail Gorbachev. “El entusiasmo y las esperanzas iniciales han dejado lugar a la falta de fe, la apatía y la desesperación. Las autoridades de todos los niveles han perdido la confianza de la población (...). El país de hecho ha tornado ingobernable (...). La inflación del poder peor que cualquier otra destruye a nuestro Estado y nuestra sociedad (...), se produce un brusco descenso del nivel de la vida, florecen la especulación y la economía sumergida (...). Si no se adoptan medidas urgentes y decisivas para estabilizar la economía, en un futuro próximo sobrevendrán el hambre y una nueva espira de depauperación (...). Sólo unos irresponsables pueden confiar en la llamada ayuda extranjera”.

Todo ello era verdad. Los altos funcionarios hacían informes al respecto unos a otros a lo largo de tres años anteriores, desde que empezaron a descomponerse la economía y el sistema financiero, el país contraería siempre mayores deudas; la inflación, antes reprimida, adquiría formas abiertas, crecía a ritmo acelerado el déficit presupuestario. Pero los altos funcionarios no se atrevían a acometer reformas, temiendo perder sus puestos. Al verlo, el pueblo no quería oír ni la verdad ni las mentiras de boca de ellos. No importaba qué decían ellos, la mayoría de la gente sentía aversión a quienes pusieron sus firmas al pie de aquel Llamamiento e intervinieron en la memorable rueda de prensa. Los confabulados representaban al poder soviético en sus peores manifestaciones. El pueblo ya no quería tener tal poder.

Además, los putchistas temieron asumir la responsabilidad. Ellos tomaron el poder. ¿Y qué podían hacer con ese poder, cuando el fisco estaba vacío, crecía el descontento popular y fracasaban las esperanzas de realizar cualesquier reforma? Dmitry Yazov no se atrevió a dar la orden de disparar contra el pueblo. El primer ministro Valentín Pavlov consumió tanto alcohol que tuvo una crisis de hipertensión. Valery Boldin, ayudante cercano de Mijail Gorbachev, que se unió a los golpistas, se enfermó y acabó ingresando en hospital. De hecho cada uno procuró proveerse de un álibi.

Mijail Gorbachev creía que los putchistas hicieron fracasar la firma del tratado “De la Unión de Estados soberanos”, fijada para el 20 de agosto, y con ello provocaron la desintegración de la URSS. Ello era y no era verdad a un mismo tiempo. Era verdad porque la Unión Soviética dejó de existir en el momento en que los confabulados anunciaron su plan y el pueblo se lanzó a la calle. Y no era verdad porque ningún tratado nuevo podía salvar del desmoronamiento a la URSS, y de la catástrofe, la economía rusa. El documento “De la Unión de Estados soberanos” era no más que una forma del divorcio más o menos civilizado, cuando se pone buena cara a mal tiempo.

Son las personas que hacen la Historia. Pero nadie puede detener su avance, ni el presidente de una gran potencia ni el todopoderoso jefe de servicios secretos. Esta es la principal enseñanza que dejó el putch, la que hasta ahora no se ha aprendido bien. En 2003, el fondo Opinión Pública realizó un sondeo, preguntando si bajo los golpistas se viviría mejor o peor. El 17 por ciento de los respondientes contestaron que mejor, el 26, que peor, pero ¡el 56 por ciento experimentaron dificultades en responder!

Las enseñanzas de la Historia no se aprenden. Esta es una triste lección que dejó la intentona fracasada, con la que se pretendió salvar a la Unión Soviética, pero no se logró sino acelerar su desintegración.

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Andrey Kolesnikov, para RIA Novosti.


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