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'A la deriva': aguachirri de verano
Gonzalo G. Velasco
Más que una película, A la Deriva es un tratado sobre como sacar adelante una película de la manera más segura posible. Para empezar, su argumento se retroalimenta de los hallazgos argumentales de Open Water, aquel simpático thriller acuático de hace dos años en la que una pareja de submarinistas se quedaba atrapada en pleno océano a merced de un nutrido grupo de tiburones. Si eliminamos los escualos, los sustituimos por seres humanos cabroncetes, egoístas y un tanto insoportables, añadimos un inoportuno baño en alta mar, una escalerilla de yate que nadie se ha acordado de bajar antes de zambullirse al agua, un bebé abandonado, y la comercial presunción de que todo se basa en hechos reales, ya tenemos la excusa perfecta para el parasitismo fílmico más aberrante. Tanto es así que A la Deriva ha llegado a estrenarse en algunos países como Open Water 2.
Pero no sólo eso. Aunque se trata de una producción alemana, sus responsables han querido asegurarse el favor del público mediante el inteligente recurso a un plantel de actores angloparlantes (además de jóvenes, guapos y musculosos, que eso también vende lo suyo) al tiempo que un rodaje de apenas tres localizaciones en la asequible isla de Malta reducía de manera notable cualquier tipo de riesgo presupuestario.
Surge así el principal problema del film: su exceso de blindaje, su conservadurismo, su discreción. La ausencia absoluta de atrevimiento termina por minimizar sus virtudes (el asfixiante crescendo de su segundo tramo, algunos planos subacuáticos de virtuosa factura) y subraya demasiado sus defectos (esos horribles flashbacks ralentizados, la farragosa resolución argumental, ciertos pasajes de relleno). Y es que como bien aseguraba Robert Duvall en Apocalypse Now, “sin riesgo no hay gloria”. Aún dentro de su modélica corrección general, A la Deriva lo demuestra mejor que cualquier otro título reciente. Menos mal que siempre nos quedará gente como M. Night Shyamalan, de cuya arriesgadísima y polémica La Joven del Agua tendré el placer de hablarles la próxima semana siempre y cuando no me suba a algún yate sin escalerilla a lo largo de estos días, cosa que veo tan improbable como que los sucesos de esta secuela inconfesa de Open Water hayan sucedido realmente. Los caminos de la promoción cinematográfica son inescrutables, ya saben.
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