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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

El militarismo, maniqueísmo y sectarismo

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
viernes, 18 de agosto de 2006, 19:22 h (CET)
Una de las barreras que tiene la Democracia es el militantismo, esa cerril actitud de determinadas personas que tienden a apoyar, comprender y disculpar todo aquello que provenga de un determinado partido político y a criticar, cercenar y condenar todo aquello que provenga del contrario. El militantismo es la actitud de algunos intelectuales, cuyo caso más significativo es el de Suso de Toro (escritor de cabecera de Rodríguez Zapatero, que acaba de acusar sibilinamente al PP de estar detrás de los incendios de Galicia), que son incapaces de ver la más mínima paja en el ojo del partido propio al tiempo que están dispuestos a magnificar la más leve mota de polvo que haya en el ojo del partido opuesto.

“Sectarismo” creo que sería un buen sinónimo, acaso más explícito que otras palabras. Y sectarismo y sectarios hay a raudales en los dos grandes bandos políticos. Para ellos nunca hay salvación fuera de su proyecto vital, nada existe lejos de su comprensión del mundo, nada es admisible si no proviene de sus ideólogos. Todo es necesaria y definitivamente negro o blanco, no hay colores ni siquiera escala de grises, no hay matices, no hay diferencias, todo es necesariamente malo o bueno hasta el extremo. Según de donde proceda. Son necesariamente maniqueos y del maniqueísmo y de los maniqueístas viven.

En sus planteamientos no cabe la disidencia y exigen pétreo acuerdo con firmeza inquebrantable. De los demás con ellos, claro. O te verás fuera del Paraíso, rechazado lejos de su Arcadia feliz donde sólo los elegidos son aceptados. O estás con ellos o estás necesariamente, y aunque no quieras, en contra de ellos, no hay término medio. Entran a sangre y fuego en todas las batallas, discerniendo siempre entre buenos y malos, clasificando a las multitudes según la bandería a la que parezcan pertenecer. No admiten las diferencias ni dentro de su propio bando, sólo los mejores, sólo los más fieles, los más puros, alcanzarán el Olimpo. Para ellos todo consiste en una batalla entre el bien y el mal, su partido y el odiado partido rival, enemigo de España, de los obreros o de la causa del pueblo, qué más da.

Si producen pena y vergüenza ajena estos personajes tan limitados por sus propias y complacientes anteojeras que se han otorgado a sí mismos el poder de juzgar a sus semejantes, clasificándolos según sus personales gustos y creencias, infinitamente más lamentable me parece ver gentes comunes, de las de pisar la acera todos los días, gentes de metro o autobús, gentes de hipoteca atragantante, que les siguen a pies juntillas. Cuántos oficinistas, pescaderos, maestros, secretarios siguen quizá sin saberlo sus prédicas sectarias. Siento que esa maldita intransigencia, ese borreguil militantismo está ganado las calles, siento que esa estúpida creencia de que “la salvación sólo está en mi partido y los demás que se jodan” está abriéndose camino y dominando las entretelas de una sociedad sumamente cansada de pensar por cuenta propia y que le ha cogido gusto al enfrentamiento.

La intransigencia, el catastrofismo y las dos españas están abriéndose camino en una sociedad cada vez más bipolar que se niega a sí misma la riqueza de los matices y quiere imponer la homogenización ideológica. No estoy hablando de guerracivilismo sino de malditocivilismo. Maldita la civilización que crea que para progresar hay que borrar al contrario y negarle, maldita la civilización que crea que sólo existen el día y la noche, que sólo hay dos posiciones amatorias, dos partidos, dos banderas, dos sabores, dos colores, dos tonos, dos ilusiones, dos toreros, dos deportes.

Me duele la “inteligentsia” actual, monocorde, monocromática, que no admite la riqueza del otro, de los otros, que niega a los demás sistemática y ridículamente la más mínima partícula de razón, que les condena, que se autocomplace en excluir las razones y las peculiaridades de otros, pero sobre todo me duele la pobre, estulta y generalmente infeliz infantería militante que les sigue, acompaña y besa por donde pisa.

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