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La Iglesia contra Maradona

Vladimir Simonov
Redacción
martes, 15 de agosto de 2006, 23:47 h (CET)
La lista de triunfos de Madonna se ha alargado un poco. Durante el primer día de la venta de entradas para su show, los jóvenes de Moscú adquirieron en horas contadas 4 mil preciosos cartones, haciendo cola desde la noche anterior.

Las 250 toneladas de equipo destinado para el show, que están viajando en 57 camiones grandes, se descargarán en Colinas Vorobievy, donde la diva estadounidense hará su primera aparición en Rusia.

La actuación podría no realizarse, si la Iglesia Ortodoxa Rusa tuvieses aquella poderosa influencia sobre la sociedad que se le suele atribuir.

Durante las últimas semanas, los jerarcas estigmatizaban a Madonna peor que al Anticristo, persuadiendo a los creyentes a boicotear la actuación de la cantante. En opinión de Vsevolod Chaplin, vicepresidente del Departamento de Vínculos Eclesiásticos Exteriores del Patriarcado de Moscú, la cantante saturó su show de símbolos religiosos - crucifijos y estatuas de la Virgen – para justificar sus propias pasiones pecaminosas. El arzobispo le recomendó a la diva no gastar en vano el tiempo en hacer muecas y saltos, sino dirigirse lo más rápido posible al padre espiritual, pidiendo su ayuda.

Las acusaciones ya llovieron sobre Madonna de parte de todas las confesiones. El cardenal italiano Ersilio Tonini tildó de sacrílego su show. Los rabinos renombrados se indignan por su obsesión por la Cábala, esa exótica variedad del judaísmo. El Consejo de los Mufties de Rusia declaró que la mujer no debe aparecer en el escenario teniendo una imagen tan indecorosa. Se referían, por supuesto, a sus medias negras y la corona de espinas. Ataviada de esta forma, a Madonna la suben en crucifijo en cada concierto europeo organizado con el fin de hacer publicidad de su nuevo disco “Confessions on a Dance floor”. Y así se procederá también en las Colinas Vorobievy.

Es muy elocuente el hecho de que los jóvenes rusos y europeos se hayan rendido ante los encantos de su ídolo, pese a las prohibiciones de la Iglesia. Demuestra, en primer lugar, que la religión no controla el mundo espiritual de sus adeptos jóvenes. Aunque ello puede percibirse como una herejía, pero el éxito del que goza Madonna indica que la religiosidad masiva de la población del Viejo y del Nuevo Mundo, de la que gustan hablar tanto ciertos teólogos, tiene un carácter superficial.

Esta deducción es especialmente válida para las condiciones de Rusia. Tras siete decenios tenebrosos para la Iglesia Ortodoxa Rusa, durante los cuales los templos se convertían en caballerizas, vienen las ganas de declarar que por fin ha llegado la época de renacimiento de la fe.

Aparentemente, así es en realidad. Los domingos las iglesias están llenas de gente en Rusia. La Navidad ortodoxa ya es una fiesta nacional, en su celebración participan invariablemente las primeras figuras del Estado, incluido el Presidente. Según estadísticas oficiales, desde finales de la década del 80 se triplicó con creces el número de aquellos que dicen ser creyentes. En 1986 eran el 16% de la población, y actualmente son del 50 al 80%, depende de la generosidad de los organizadores de sondeos.

Pero es curioso que el número de quienes suelen comulgar y hacer confesión siga siendo el mismo que era al comienzo de la perestroika de Gorbachov: del 1,5 al 2%. De ahí podemos suponer que se trate de un cristianismo nominal, de una religiosidad con carácter de venganza por los decenios del ateísmo o de una moda mundana. En un grado mucho menor se trata de un imperativo proveniente del alma.

El propio intento de hacer perderle al joven espectador el deseo de ir a ver a Madonna produce la sensación de “deja vu” en Rusia. Todavía no hemos olvidado que las persecuciones a los artistas eran rasgo característico de la época comunista. Baste con recordar el ataque de bulldozers lanzado contra la exposición de pintores vanguardistas en Moscú o el acosamiento a Boris Pasternak, quien se atrevió a publicar su novela “Doctor Zhivago” en el exterior. La desagradable paradoja consiste en que en la historia con Madonna como una fuerza que intenta restringir la libertad de la expresión artística ya no actúa el comunismo sino la Iglesia. A muchos les parece alarmante la incursión de la religión en la vida del Estado laico, según lo define la Constitución.

Los rayos láser que hacen locuras durante el show de Madonna iluminan, probablemente, el lado débil de las actuales confesiones religiosas. La generación de Internet y telefonía móvil percibe como arcaico el lenguaje en que con ella habla la Iglesia. El rock y la música pop provocan mayor resonancia en sus almas que las monótonas prédicas. Dicho sea a propósito, lo entienden también muchas figuras relevantes de la ortodoxia rusa, por ejemplo, el metropolita Cirilo, quien gustosamente entabla vivos debates con músicos rock patrios.

De momento la ira de la Iglesia oficial no hace sino hacerle publicidad a Madonna.

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Vladimir Simonov, para RIA Novosti.


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