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Opinión
Etiquetas:   Punto crítico  

Humanos al´ast

Raúl Tristán

martes, 15 de agosto de 2006, 23:47 h (CET)
Un 50%, ese es el incremento en el riesgo, o posibilidad, de sufrir cáncer de piel que provocan las maquinitas de hornear humanoides, esas que tan de moda se han puesto desde los años noventa y que, antes, uno sólo encontraba en contados establecimientos exclusivos y, sin embargo, ahora se hallan por doquier, tanto en forma de franquicias empresariales dedicadas a la ennoblecida tarea de tostar cuerpos urbanos, como en forma de transportables churrascadores domiciliarios a precios de ganga y con portes pagados.

España siempre ha sido un país de sol, pero lo era del Lorenzo que caía a peso muerto sobre las nucas desnudas y las espaldas encorvadas de los que doblaban el corvejón ante la inmensidad de los campos de dorado cereal. Ellos eran, junto a los calés, los únicos que “gozaban” del dudoso privilegio de lucir sus pieles curtidas, envejecidas, bronzés…

Hasta que llegó la moda de los guiris en las playas, del esquí para pudientes y de los cuerpos esculpidos en gimnasio con servicio de UVA, mala uva, de libre disposición a módico precio. El lucir la piel morena dejó de ser lo que hasta entonces había sido, cosa de plebeyos, de siervos, de gañanes, pues la Edad Media así quiso establecerlo, diferenciando a las damiselas nobles, que pasaban los días encerradas en sus torres de marfil, sin recibir el solar influjo, de las mujeronas del pueblo llano, dorada su piel, o más bien mancillada, ensuciada, por las duras horas de trabajo sufridas bajo el abrasador astro rey. La blancura del pellejo, su lunar color, su palidez y languidez eran símbolo de distinción, de alcurnia, de buena casa y escasa ocupación vil.

Ya eran más sabios en aquella época nuestros ancestros, que algunos denominan de oscuridad, que en estos tecnológicos tiempos.

Hoy, mujeres y hombres exponen sus desnudas y blandengues carrocerías al bombardeo incesante de los invisibles rayos mortales, en una incansable búsqueda de la tonalidad perfecta que muestre a los demás su belleza, su rutilancia. Estar siempre moreno es sinónimo de triunfo en la vida. No se concibe yuppie, o ejecutivo de cuello blanco en camisa de a 100 euros, que ose pasear sus prepotencias en níveo color de su cuero.
Y al final, cuando la piel, harta de soportar el exceso, se reseca hasta quedar como la de la uva pasa de Málaga, vienen las visitas continuadas a las clínicas de cirugía estética.

Todo está inventado. Poner de moda la forma de avejentarse prematuramente y, al mismo tiempo, ofrecer el remedio o cura, el milagro para recuperar la juventud perdida.

Pero lo que no pueden arreglar las factorías de falsas máscaras y de recauchutados “yolescos” son las terribles consecuencias que se ocultan sin dar la cara hasta que ya es demasiado tarde para rectificar el error: melanomas danzarines al poder, cánceres con patas que asaltan sin recato al bípedo mononeuronal.

- No digas que no te lo advertí...
¡Ah!, discúlpenme, se lo estaba diciendo al pollo al´ast que el camarero acaba de servirme en la mesa (o lo que queda de él).

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