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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Los problemas de andar por casa

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 14 de agosto de 2006, 21:54 h (CET)
Se dice, se comenta, nos han dicho observadores de organizaciones humanitarias y derechos humanos, que el auténtico conflicto del planeta es cómo impedir que saltemos por los aires. Al parecer, el polvorín del mundo, en cualquier momento, puede estallar y destrozarnos la vida para siempre. Pienso que esto sólo tiene una solución, coger el problema por las raíces, plantarle corazón, darle un meneo de luz y enfrentarse a la incertidumbre. Sería bueno reflexionar sobre si esas amenazas del terrorismo global, que nacen en las distintas naciones y culturas, son como consecuencia de la falta de solución a los problemas de andar por casa, de sentirnos unidos y cercanos. Sin duda, el grado de autodestrucción tiene mucha relación con la destrucción del espíritu humano, con lo irracional y cruel, generado por el odio y la venganza.

La mayor parte de los problemas del mundo se deben a la gente que quiere ser león antes que ángel, poderoso antes que insignificante, altanero antes que sencillo. Creo que deberíamos mirar más hacia dentro de nosotros mismos para adquirir conciencia sobre lo que se cuece por fuera. Pongamos un ejemplo de futuro. Nuestros adolescentes lo son. El mañana les pertenece por ley de vida. Los jóvenes no son el problema del botellón, ni la contrariedad de nuestra sociedad que ha perdido valores cívicos. La cuestión tiene otro fondo. Todavía los adultos no le ofrecen a la juventud vías de solución para desarrollarse en libertad, alternativas positivas para crecer, informaciones adecuadas para formarse. Ahí están las dificultades para una emancipación real y la precariedad laboral que, en demasiadas ocasiones, sufren en propias carnes y que han de soportar como verdaderos sufridores si quieren formar familia.

Los problemas de familia pasan a ser problemas sociales e incluso pueden llegar a ser una estrategia terrorista. Cuando todo se saca de tiesto, o sea de familia, resulta más difícil callar a los que provocan violencias. Siempre encuentran terreno abonado para la autojustificación de la lucha armada. Además, en el contexto actual, el freno a los desórdenes es más complicado, puesto que no es nada fácil cohesionar linajes de mundos distintos, donde la tensión intercultural se pone de manifiesto rápidamente, escudándose en la xenofobia y el racismo. Lo cierto es que las condiciones de vida de las personas aumentan hacia el desequilibrio. El mundo rico frente al mundo pobre se puede extrapolar a la familia. Mientras unos hogares crecen en la bonanza, otros crecen en las deudas. Los avances no han sido un juego limpio, porque no es justo el reparto ¿Dónde están esas ayudas sociales, en qué ventanilla, para contrarrestar injusticias? En cualquier caso, me parece que tomar el silencio por montera, hacer la vista larga, no es solidario, ni demócrata. Ya se sabe, cuando la equidad brilla por su ausencia, la armonía es un amor imposible.

Estos modelos de crecimiento injusto en el que los españoles nos hemos subido al carro, unos por decreto y otros por obediencia, donde cada cual va a lo suyo, generan un egoísmo endemoniado sin precedentes; un individualismo que ciega cualquier compromiso social. Con este panorama laboral, las personas se vuelven islas. La dimensión productiva no entiende de humanidad y esto habría que cambiarlo, si en verdad queremos progresar todos con todos, todos junto a todos. A juzgar por algunas conductas que se ahogan en un vaso de agua, que no saben en realidad lo que quieren, ni cómo conseguirlo, también me cabe la duda de que estemos mejor preparados que las generaciones que nos precedieron, aunque tengamos más información o más acceso a esa formación academicista, a mi juicio nada vanguardista y con pocas garantías de capacitación para acceder al mercado laboral. Cuando un joven pierde la esperanza, y nuestros jóvenes andan muy decaídos y dependientes de sus padres, mal asunto, porque es el sueño del hombre despierto. Este mundo no es para los que se duermen. O espabilas o te espabilan a golpes.

Siguiendo la estela de esos problemas reales que sobrellevamos cada uno como puede, rebota el escándalo de que una parte de la sociedad derroche a cuerpo de rey, mientras otras gentes tienen dificultades para cubrir sus necesidades básicas. Es inconcebible que la política de privilegios, a fecha de hoy, siga favoreciendo más a los poderosos que a los marginales y que todavía haya españoles que no llegan a ese mínimo suficiente para vivir con dignidad. Las ventajas, preferencias, favores, son fueros que no han desaparecido, a pesar de que se nos llene la boca de demócratas y de llevar al día los comportamientos de buen gobierno. Aunque luego no son tales, porque lo de rendir cuentas con la transparencia debida es más bien un sueño que una realidad. Precisamente, la idea de que la política deja mucho dinero al ejerciente, ha convertido a los partidos en oficinas de empleo, donde acuden los reclutas con la única obsesión de chupar poder, aunque sea dañando intereses de los que viven en precario.

Como quiera que soy de los que piensan que es absolutamente imposible encarar problema humano alguno con una mente llena de prejuicios, estoy con aquellos ciudadanos que opinan, que salen al ruedo a corazón abierto, que no se casan con poder alguno, que denuncian las arbitrariedades aunque se pierda mucho tiempo en ir de ventanilla en ventanilla, que apuestan por hacerse valer y poner en valor el valor del diálogo. Eso de que la democracia se deje a la deriva de los políticos de turno, cuando la democracia ha de ser por encima de todo participativa, en todo momento y no solamente en tiempo electoral, acomoda la gobernabilidad, facilita la corrupción y enferma las reglas de juego del sistema. Atmósfera que actualmente, por desgracia, acrecienta los problemas de andar por casa ¡Qué pena!

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