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Opinión
Etiquetas:   Educación   Valores  

La educación y el respeto escasean a cualquier edad

En verano, unos se relajan a costa del estrés de otros
Jose Pérez Suria
@jpesu
viernes, 12 de julio de 2013, 08:38 h (CET)
En los tiempos que corren, igual te atiende en un restaurante, terraza, o en una tienda, un ingeniero, un arquitecto, un médico, un maestro o un albañil; eso de que ciertos trabajos los desempeñan gente sin estudios es un tópico del pasado, por desgracia. Pero tampoco creo que la falta de estudios o pagar por un servicio prestado otorgue a las personas capacidad para exigir sin mesura y con descortesía, falta de educación o carencia de modales.

El verano, además, es una de esas épocas en las que todos buscan el ansiado relax. La cuestión es que algunos olvidan que para estar relajado es necesario que otros vayan como dice el refrán “de cabeza”. Y no confundan eso de que la mala educación es propia de la juventud, que también la encontraran en la madurez, la tercera edad y en cualquier idioma.


Malvarrosa
Paseo de la Malvarrosa en Valencia.
La cercanía al mar de la ciudad de Valencia, es lugar idóneo para la proliferación de terrazas, bares, chiringuitos y demás espacios para el ocio, a la vez, también reclamo turístico indiscutible. Por otro lado, el clima acompaña a disfrutar de ello en cualquier época del año, así que, siempre que puedo suelo acercarme a la playa de la Malvarrosa o la Patacona a tomar una cerveza fría en verano o un café y copa en invierno, para deleitarme a continuación con una plácida conversación mientras observo ese horizonte en el que el mar parece abrazar el cielo.

Ayer por la tarde, decidí bajar a una conocida terraza de la Malvarrosa a la que solemos ir habitualmente, como es normal en estas fechas, hay que armarse de paciencia porque a pesar del ejército de camareros que transitan las terrazas y los salones, suele convertirse en una selva de animales hambrientos y sedientos difícil de domesticar.

Nos sentamos, y tras un tiempo prudencial, llega hasta nosotros una joven alta, morena, de melena larga y amplia sonrisa, que nos pregunta con acento andaluz: ¿Qué les traigo?; tras pedir dos cervezas frías, intentamos descubrir la provincia, “de Almería” -le digo-, ella sonríe y niega con la cabeza, “de Cádiz” -pruebo suerte-, y la joven me invita a seguir mi peculiar paseo por el sur.

Entre trago y frase, me abstraigo en el paisaje, de vez en cuando se cruza por delante de mis ojos la camarera que con movimientos rápidos, milimétricos e intrépidos hace llegar las cervezas, tapas o cubatas a las mesas. Mientras tanto, algunos clientes se quejan de la lentitud del servicio, de la falta de mesas en la terraza, o simplemente, la sed que traen tras la jornada de playa y sol les ha secado la educación y exigen la bebida con inmediatez; pero ella como el resto de sus compañeros intentan respetar el orden de llegada, así también, la terraza hábilmente divida por sectores es atendida por cada uno como si de un espacio a defender se tratase. Condición necesaria para una correcta organización, aunque algunos clientes se sientan legitimados a exigir con malos modales por el hecho de estar de vacaciones o por el pago.

Aun así, nuestra amiga sureña sigue sin borrar la sonrisa de su rostro y soporta estoicamente las malas caras, los pedidos mal expresados y los desagradecimientos.

Llegado el momento, nos levantamos y tres turistas se abalanzan sobre la mesa que dejamos libre sin apenas percatarse que producen una colisión. Con los primeros pasos, nos cruzamos con la joven que tras el adiós, dice: “de Málaga”, y nos sonreímos.
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